¿ Qué principio importante acerca de la fe encuentras en Marcos 11:22-24 ?


¿Qué principio importante acerca de la fe encuentras en Marcos11:22-24?

Autor: Paulo Arieu

“Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos.

[…] Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces. Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.(Mar. 11:12-14,20-26 RVR 1960)

“Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera. Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo es que se secó en seguida la higuera? Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho. Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis.” (Mat. 21:18-46 RVR 1960)

Jesús habla aquí a una higuera, ejerciendo su autoridad sobre la naturaleza, y les enseña a los discípulos uno de los principios mas espectaculares de la fe. La confesión, la palabra hablada en autoridad.

Alfred Edesheim, comenta acerca de la importancia que tenían las higueras en Israel: (1)

«Las higueras, así como las palmeras y los olivos, eran consideradas tan valiosas, que el cortarlas, si no rendían la más mínima cantidad de fruto, era juzgado popularmente como merecedor de la muerte por la mano de Dios (Baba K. 91 b).

Los antiguos judíos dan interesantes detalles de este árbol y su cultivo. Según Josefo, en localidades favorables, el fruto maduro colgaba del árbol durante diez meses del año (Guerras iii. 10. 8), siendo los dos meses sin fruto probablemente abril y mayo, antes que la primera de las tres cosechas hubiera madurado. Los primeros higos (Phaggim. Shebh. iv. 7) maduraban hacia fines de junio o algo antes. La segunda cosecha, que eran los que se secaban y exportaban, maduraba en agosto; la tercera, que eran pequeños y relativamente de poco valor, en septiembre, y con frecuencia colgaban todo el invierno de los árboles. Una especie (la Benoth Shuach) se dice que daba fruto que tardaba tres años en madurar (Shebh. v. 1). La higuera era considerada el árbol más fructífero de todos los árboles (Shebh. i. 3). Debido a sus repetidas cosechas, no estaba sometido a la ordenanza que mandaba que debía dejarse fruto en las ramas extremas para los pobres (Peah. i. 4). La fertilización artificial de la higuera era conocida (Shebh. Ii. 5). La practica mencionada en la parábola [de la higuera estéril], de cavar alrededor del árbol y poner estiércol, se menciona con frecuencia en los escritos rabínicos, y con los mismos nombres. Es curioso que Maimónides menciona que el límite máximo de tiempo que debe esperarse para que un árbol dé fruto en la tierra de Israel (Moreh Nebhukh. iii. 37) es de tres años. Finalmente, como se consideraba que sus raíces socavaban y deterioraban el suelo (Baba B. 19 b), un árbol estéril tenía tres desventajas: no daba fruto; ocupaba un espacio valioso, que podía destinarse a otro árbol fecundo; y deterioraba el suelo sin necesidad. En consecuencia, aunque estaba prohibido destruir árboles que daban fruto (Deuteronomio 20:19; Baba K. 91 a; 92 b), por las razones antes citadas era un deber cortar un árbol “estéril” o “vacío” (llan seraq) (Kil. vi. 5).

[…] Alegóricamente, las higueras servían en el Antiguo Testamento como el emblema de la nación judía (Joel 1:7); —en el Talmud, no ya en el folklore de Israel—, y por ello, de sus líderes y personas piadosas (Ber. 57 a; Mikr. sobre Cántares 1:1)

[…]Podemos inferir, quizá, con reverencia, cómo pasó la noche después de entrada triunfal en su ciudad y el Templo el Rey de Israel. Su banquete i sería su compañía y comunión con los discípulos. Sabemos con qué frecuencia había pasado las noches en oración solitaria (Marcos 1:35; Lucas 15; Mateo 14:23; Lucas 6:12; 9:28), y sin duda no es demasiado atrevido asociar estos pensamientos con la primera noche de la semana de Pasión.

Así también, podemos más fácilmente explicar el cansancio y agotamiento y el hambre que le hizo buscar fruta en la higuera, camino de la ciudad.

Era muy temprano (de madrugada) por la mañana del segundo día de la semana de Pasión (lunes) cuando Jesús, con sus discípulos, partió de Betania. En el aire fresco de la primavera, después del cansancio de aquella che, “tuvo hambre”. Junto al camino, como ocurre con frecuencia en Oriente, había un árbol solitario, que crecía en un terreno pedregoso. Tiene que haber crecido en un promontorio, en que recibía sol y calor, porque Él lo vio “desde lejos” (Marcos), y aunque no hacía mucho que la primavera había vuelto a vestir los árboles con su follaje, se destacaba contra el cielo. «No era la temporada de los higos», pero el árbol, frondoso, atrajo la atención de Jesús. Quizá colgaría algo de fruto desde todo el invierno, o bien habría ya algunos higos primerizos, porque es bien sabido que en Palestina «el fruto aparece antes que las hojas», y que esta higuera era evidentemente precoz, como lo atestigua el hecho de que hubiera hojas, algo excepcional para este tiempo en el monte de los Olivos. El fruto de la temporada pasada habría sido comestible, naturalmente, y el nuevo, aunque no maduro, era comido, según la Mishnah y confirma el Talmud (Shebh. iv. 7; Jer. Shebh. 35 b; últimas líneas), tan pronto como asomaba el color rojizo —según se expresa, «en el campo, con pan», o, como lo entendemos, por parte de aquellos que empezaban a tener hambre cuando se hallaban en los campos, trabajando o viajando—. Pero en el caso presente no había fruto antiguo ni nuevo, “sólo hojas”. Era, evidentemente, una higuera estéril, que ocupaba terreno y que había que cortar. Nuestra mente, de modo casi instintivo, vuelve a la parábola de la higuera estéril, de la cual había hablado hacía tan poco (Luc.13:6-9). Para El, que sólo el día anterior había llorado sobre Jerusalén, que no había conocido el día de su visitación, y sobre la cual el hacha del juicio ya estaba levantada, esta higuera, con sus hojas frondosas, tiene que haberle recordado, con viveza pictórica, la escena del día anterior. Israel era aquella higuera estéril; y las hojas sólo cubrían su desnudez, como lo habían hecho para nuestros primeros padres después de la caída. Y el juicio, pronunciado simbólicamente en la parábola, tiene que ser ejecutado simbólicamente en esta higuera frondosa, estéril cuando el Maestro buscaba fruto en ella. Parece casi una necesidad interior, no sólo simbólica sino real, el que la palabra de Cristo la hubiera abatido. No podemos concebir que nadie pudiera haber comido de ella después que el Cristo hambriento hubiera buscado en vano fruto en ella. No podemos concebir que nadie pueda resistir a Cristo, y no ser eliminado. No podemos concebir que la realidad de lo que El había enseñado, cuando llegara la ocasión, no pasara a ser visible a los ojos de sus discípulos. Finalmente, nos parece sentir (con Bengel) que, como siempre, la manifestación de su verdadera humanidad, en el hambre, debería ir acompañada de su divinidad, en el poder de su palabra de sentencia (comp. Jn 11:35-44).

Con Mateo, que, por amor a la continuidad, relata este incidente después de los sucesos de aquel día (el lunes) e inmediatamente antes de los del día siguiente (Mat.21:18,22), esperamos con antelación lo que vieron los discípulos el día siguiente (Marcos 11:20). Como dice Mateo: “Al instante -se secó la higuera.” Pero, según el relato más detallado de Marcos, fue sólo al día siguiente, cuando volvieron a pasar, que notaron que la higuera se había secado desde las raíces. El espectáculo atrajo su atención, y de modo vívido recordaron las palabras de Cristo, a las cuales, el día previo, ellos, quizás, apenas habían dado importancia. Y fue lo súbito y completo del juicio que había sido pronunciado lo que ahora llamó la atención de Pedro, más bien que su significado simbólico. Fue, más bien, el milagro que su importancia espiritual y moral, la tempestad y el terremoto, más bien que el silbo delicado y apacible, lo que impresionó a los discípulos. Además, las palabras de Pedro por lo menos pueden ser interpretadas de esta manera:

Que la higuera se había secado como consecuencia de las palabras de Cristo, más bien que por medio de ellas. Pero El siempre dirige a los suyos a que se aparten de la maravilla de lo milagroso para ascender a lo más elevado (Bengel). Su respuesta, ahora, combina todo lo que han de aprender. Señala la lección-tipo de lo que había ocurrido: la necesidad de tener fe, la fe simple, la ausencia de la cual era la causa de la esterilidad frondosa de Israel, y que, de haber estado presente y sido activa, podría haberlo realizado todo, por imposible que pudiera haber parecido, considerados los medios externos.2 Y, con todo, era sólo «tener fe en Dios»; una fe como corresponde a todos los que conocen a Dios; una fe en Dios, que no busca y no tiene su fundamento en nada externo, sino que descansa sólo en El. A uno que «no tiene duda en su corazón, sino que cree que lo que dice le pasará». Y este principio general del Reino, que para el creyente devoto y reverente no requiere explicación ni limitación, recibió su aplicación posterior, especialmente para los apóstoles en su necesidad futura: “Por tanto os digo, que todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis.” Se siguen estas dos cosas: la fe da un poder absoluto a la oración, pero es también su condición moral. No hay nada, a menos que sea esto, que sea fe; y nada más que la fe, absoluta, simple, confiada, da gloria a Dios, o tiene la promesa. Esto es, por así decirlo, la aplicación por el Nuevo Testamento de la primera Tabla de la Ley, resumida en el “Amarás al Señor tu Dios”.

Pero hay otra condición moral de la oración íntimamente relacionada con la primera: una aplicación del Nuevo Testamento a la segunda tabla de la Ley, resumida en el “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Si la primera condición moral era hacia Dios, la segunda es hacia el hombre; si la primera nos vinculaba a la fe, la segunda nos vincula a la caridad, con esperanza; la expectativa de la oración contestada es el enlace que une a las dos. La oración, ilimitada en sus posibilidades, se halla a mitad de camino entre la tierra y el cielo; con una mano toca al cielo, con la otra a la tierra; en ella, la fe prepara para recibir lo que la caridad está dispuesta a dispensar. El que ora así, cree en Dios y ama al hombre; una oración así no es egoísta, no se busca a sí misma, no piensa en sí misma; y, menos que nada, no es compatible con el recordar los agravios y el espíritu no perdonador. Esta, pues, es la segunda condición de la oración, y no sólo de la oración que prevalece a todo, sino incluso de la aceptación personal en la oración. No podemos, pues, tener dudas de que Marcos informa de modo correcto a este respecto como la condición que el Señor pone a la aceptación que previamente desechemos toda falta de caridad (Mar.11:25). Recordamos que la promesa tenía una aplicación especial a los apóstoles y a los primeros discípulos; recordamos, también, lo difícil que era para ellos el aprender el pleno perdón a los ofensores y perseguidores (Mat. 18:21, 22); y, además, lo grande que era la tentación a vengar los agravios y usar el poder milagroso en la reivindicación de su autoridad (Luc.9:52-56). En estas circunstancias Pedro y sus condiscípulos, cuando se les hubo asegurado del poder ilimitado de la oración de fe, necesitaban más aún que se les recordara y advirtiera de esta segunda condición moral: la necesidad de un corazón perdonador, si tenían algo contra alguien.»

En el portal de la fe evangélica reformada, salvación eterna, encontramos la siguiente reflexión, en un documento electrónico titulado “LA MALDICIÓN DE LA HIGUERA ESTÉRIL”:

«Al igual que los antiguos profetas de Israel (Isaías, Jeremías, Ezequiel, etc.), Jesús ofrece una lección por medio de gestos, palabras, y el escenario que le brinda una higuera cerca del camino y en la que no hay sino hojas. Sería absurda la interpretación, a la manera de Voltaire, que vio en la maldición que Jesús le inflinge a la higuera un castigo como si el árbol fuera responsable de no llevar fruto. Al experimentar apetito, Jesús aprovecha para explicar una verdad profunda que tiene que ver con la temática de de estos capítulos de Mateo y el rechazo que Israel hace de su Mesías. Así, se sirve de la higuera como parábola y también a modo de parábola hay que entender las palabras de Jesús. La higuera representa a Israel y toda su religiosidad.

El mensaje es el mismo que luego encontramos en Mat.21:43, cuando el propio Jesús interpreta el significado de su enseñanza sobre el rechazo.

Allí, en Israel, había el Templo donde se ofrecían diariamente sacrificios que representaban el único sacrificio que iba a realizar el Hijo de Dios. Ahora el Hijo de Dios, el Mesías, ha llegado y se le quiere matar.

Israel tenía muchas “hojas” de religiosidad pero no daba el fruto que nace de una fe autentica”

No había sinceridad ni verdad en aquella religiosidad. Al limpiar el templo (Mat. 21:12-17) y al maldecir la higuera estéril Jesús realizo dos acciones simbólicas y proféticas sin lugar a dudas. Ambas acciones tenían un mismo propósito y significado: estaba anunciando la caída del Israel estéril. No que acabase con todos los judíos como a tales, sino que en lugar de Israel, como antiguo pueblo del Pacto, nacía ahora una nueva comunidad internacional, un Reino eterno, que no solo traerá hojas sino fruto, y ello tanto de judíos como de gentiles. Lo que cuenta no es la nacionalidad judía sino la obediencia para el Reino.

La fe que mueve montanas (vs. 21 y 22). Estos dos textos requieren una atención especial (cf. Mat.17:20 y Luc.17:6). Se ha visto en estas palabras de Jesús su énfasis en la necesidad y el poder de la oración de fe. Por supuesto que encontramos esta enseñanza, pero hay mas. Sobre todo si analizamos el texto a la luz del contexto histórico.

Erradicar árboles y trasladar montañas eran considerados dichos proverbiales en días de Jesús; la suma de los actos extraordinarios de poder. Sin embargo, la acentuación en las palabras de Jesús no recae en el elemento extraordinario del suceso. Para comprender sus palabras es de primordial importancia lo que significaba para los judíos contemporáneos de Jesús la traslación y desaparición de montañas (Is.40:4; 49:11 y esp. Zac.14:10) así como

su amontonamiento para servir de base al monte de Dios escatológico (Is.2:2; Miq. 4:1), todo lo cual era esperado firmemente por los judíos piadosos como señal escatológica final.

El Rabino Pinhas (360 d.C.) comentaba: “Un día, el Santo – bendito sea – traerá el Sinaí, el Tabor y el Carmelo para edificar el santuario sobre sus cumbres. ¿Y cual es el lugar de la Escritura que prueba esto? Is. 2:2.” (ef. J.Jeremías, Teología del N.T.,p. 197 y ss.)

Jesús promete aún a la fe más insignificante, tan pequeña como un grano de mostaza, no primordialmente la facultad de realizar milagros espectaculares, sino el ser partícipes de la consumación escatológica. En la fe escatológica, la fe del Reino, es decir: la fe en que se cumplirán los propósitos finales del Reino, a pesar de la incredulidad de Israel y de cuantos se oponen al Rey; a esta fe le será dado el contemplar como los montes son traspasados, conmovidos, para dar lugar al monte de la caca de Jehová que será establecido por cabecera de montes (Miq. 4:1). Examinemos el contexto: “Nunca jamás nazca de ti fruto” (r.19). A pesar de esta maldición, los propósitos escatológicos del Señor se llevaran a término. No por medio de Israel como nación pero sí por medio del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que anuncia el Reino de los cielos hasta el día de su consumación final.» (2)

higuera

El portal del Centro de Investigación White (CIW) de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (IASD), ubicado en la Universidad Adventista del Plata (UAP),en un documento electrónico del capitulo 64 del libro el Deseado de las Naciones, de Elena G. de White, comenta que «Toda aquella noche Jesús la pasó en oración, y por la mañana volvió al templo. Mientras iba, pasó al lado de un huerto de higueras. Tenía hambre y, “viendo de lejos una higuera que tenía hojas, se acercó, si quizá hallaría en ella algo; y como vino a ella, nada halló sino hojas; porque no era tiempo de higos.” No era tiempo de higos maduros, excepto en ciertas localidades; y acerca de las tierras altas que rodean a Jerusalén, se podía decir con acierto: “No era tiempo de higos.” Pero en el huerto al cual Jesús se acercó había un árbol que parecía más adelantado que los demás. Estaba ya cubierto de hojas. Es natural en la higuera que aparezcan los frutos antes que se abran las hojas. Por lo tanto, este árbol cubierto de hojas prometía frutos bien desarrollados. Pero su apariencia era engañosa. Al revisar sus ramas, desde la más baja hasta la más alta, Jesús no “halló sino hojas.” No era sino engañoso follaje, nada más. Cristo pronunció una maldición agostadora. “Nunca más coma nadie fruto de ti para siempre,” dijo. A la mañana siguiente, mientras el Salvador y sus discípulos volvían otra vez a la ciudad, las ramas agostadas y las hojas marchitas llamaron su atención. “Maestro –dijo Pedro,– he aquí la higuera que maldijiste, se ha secado.” El acto de Cristo, al maldecir la higuera, había asombrado a los discípulos. Les pareció muy diferente de su proceder y sus obras. Con frecuencia le habían oído declarar que no había venido para condenar al mundo, sino para que el mundo pudiese ser salvo por él. Recordaban sus palabras: “El Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas.” Había realizado sus obras maravillosas para restaurar, nunca para destruir. Los discípulos le habían conocido solamente como el Restaurador, el Sanador. Este acto era único. ¿Cuál era su propósito? se preguntaban. Dios “es amador de misericordia.” “Vivo yo, dice el Señor Jehová, que no quiero la muerte del impío.” Para él la obra de destrucción y condenación es una “extraña obra.” Pero, con misericordia y amor, alza el velo de lo futuro y revela a los hombres los resultados de una conducta pecaminosa. La maldición de la higuera era una parábola llevada a los hechos. Ese árbol estéril, que desplegaba su follaje ostentoso a la vista de Cristo, era un símbolo de la nación judía. El Salvador deseaba presentar claramente a sus discípulos la causa y la certidumbre de la suerte de Israel. Con este propósito invistió al árbol con cualidades morales y lo hizo exponente de la verdad divina. Los judíos se distinguían de todas las demás naciones porque profesaban obedecer a Dios. Habían sido favorecidos especialmente por él, y aseveraban tener más justicia que los demás pueblos. Pero estaban corrompidos por el amor del mundo y la codicia de las ganancias. Se jactaban de su conocimiento, pero ignoraban los requerimientos de Dios y estaban llenos de hipocresía. Como el árbol estéril, extendían sus ramas ostentosas, de apariencia exuberante y hermosas a la vista, pero no daban sino hojas. La religión judía, con su templo magnífico, sus altares sagrados, sus sacerdotes mitrados y ceremonias impresionantes, era hermosa en su apariencia externa, pero carente de humildad, amor y benevolencia. Ningún árbol del huerto tenía fruta, pero los árboles que no tenían hojas no despertaban expectativa ni defraudaban esperanzas. Estos árboles representaban a los gentiles. Estaban tan desprovistos de piedad como los judíos; pero no profesaban servir a Dios. No aseveraban jactanciosamente ser buenos. Estaban ciegos respecto de las obras y los caminos de Dios. Para ellos no había llegado aún el tiempo de los frutos. Estaban esperando todavía el día que les había de traer luz y esperanza. Los judíos, que habían recibido mayores bendiciones de Dios, eran responsables por el abuso que habían hecho de esos dones. Los privilegios de los que se habían jactado, no hacían sino aumentar su culpabilidad. Jesús había acudido a la higuera con hambre, para hallar alimento. Así también había venido a Israel, anhelante de hallar en él los frutos de la justicia. Les había prodigado sus dones, a fin de que pudiesen llevar frutos para beneficiar al mundo. Les había concedido toda oportunidad y privilegio, y en pago buscaba su simpatía y cooperación en su obra de gracia. Anhelaba ver en ellos abnegación y compasión, celo en servir a Dios y una profunda preocupación por la salvación de sus semejantes. Si hubiesen guardado la ley de Dios, habrían hecho la misma obra abnegada que hacía Cristo. Pero el amor hacia Dios y los hombres estaba eclipsado por el orgullo y la suficiencia propia. Se atrajeron la ruina al negarse a servir a otros. No dieron al mundo los tesoros de la verdad que Dios les había confiado. Podrían haber leído tanto su pecado como su castigo en el árbol estéril. Marchitada bajo la maldición del Salvador, allí, de pie, seca hasta la raíz, la higuera representaba lo que sería el pueblo judío cuando la gracia de Dios se apartase de él. Por cuanto se negaba a impartir bendiciones, ya no las recibiría. “Te perdiste, oh Israel,” dice el Señor. La amonestación que dio Jesús por medio de la higuera es para todos los tiempos. El acto de Cristo, al maldecir el árbol que con su propio poder había creado, se destaca como amonestación a todas las iglesias y todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de Dios sin servir a otros. Pero son muchos los que no viven la vida misericordiosa y abnegada de Cristo. Algunos de los que se creen excelentes cristianos no comprenden lo que es servir a Dios…» (3)

El portal del seminario evangélico Reina Valera “seminarioabierto.com”, nos explica los tiempos de la cosecha y otros usos en la Biblia de la higuera:

«1 Tres cosechas de higos en Palestina. Los higos tempraneros, no muchos en número, pero de tamaño grande, se maduran un mes antes que la cosecha principal; ésta se cosecha en verano y se consume en agosto y septiembre; y los higos de invierno quedan en los árboles hasta tarde en el otoño. Se mencionan en la Escritura los higos primeros como muy deseados (Os. 9:10); y lo fácil que es conseguirlos cuando se sacude el árbol (Nah. 3:12).

La cosecha de verano que no se come como fruta fresca, se pone en los techados, para usarla en los meses de invierno.

2. Un signo de la estación: La higuera muestra señal de follaje más tarde que algunos de los otros árboles frutales de Palestina. El desarrollo de las hojas y el oscurecimiento de su color, interpreta como señal de que el verano se acerca. Jesús se refirió estas ideas

“De la higuera aprended la parábola; Cuando ya su rama se enternece, y las hojas brotan, sabéis que el verano está cerca” (Mat. 24:32; Mar. 13:28).

El amante en el Cantar de los Cantares, indica que el invierno ha pasado y el verano está cerca porque

“la higuera ha echado sus higos tiernos” (Cant. 2:11-13).

3. Cristo y la Higuera: Para poder entender por qué un día Cristo maldijo a la higuera, se necesita conocer la costumbre del crecimiento de las hojas y el fruto de la higuera. El hábito normal de las higueras es que la fruta principia a formarse en el árbol pronto como aparecen las hojas. También las bojas y el fruto desaparecen al mismo tiempo. Pero se dijo de esta higuera que sus discípulos vieron en el monte de los Olivos, “porque no era tiempo de higos” (Mar. 11:13). En realidad esto no era justificación para la higuera, porque no era el tiempo para que aparecieran higos. Por la muestra de sus hojas era muy semejante a muchas gentes, que pretendían llevar fruto que en realidad no tenían, como los fariseos que profesaban ser muy religiosos, pero cuyas vidas eran infructuosas. Por eso Cristo maldijo a la higuera como una lección objetiva para todos, que no fueran hipócritas.

4. También nos relató Jesús la parábola de la Higuera

“Tenía uno una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no halló. Y dijo al viñero: He aquí tres años ha que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo: córtala, ¿por qué ocupará aún la tierra? El entonces respondiendo, le dijo, Señor, déjala aun este año, hasta que la excave y estercole: y si hiciere fruto bien; y si no, la cortarás después” (Luc.13:6-9).

He aquí una higuera que por tres años no llevó fruto, cuando su dueño esperaba encontrarlo. El viñero sugirió tener paciencia del árbol y propuso un cultivo adicional y estercolamiento para dándole otra oportunidad para dar higos. Deberá notarse que esta higuera había sido plantada en medio de la viña. Esto se hace con frecuencia en Palestina.

5. Uso de los higos en el Antiguo Testamento: Los higos fueron muy usados durante el tiempo de la historia de Israel, especialmente los higos secos.

Abigail le llevó a David doscientas marquetas de higos (I Sam. 25:18).

Una marqueta de higos se le dio al egipcio para revivirlo (I Sam. 30:12). Y

Marquetas de higos le fueron traídos a David a Hebrón en el tiempo del gran regocijo (I Cron. 12:40).

Cuando el rey Ezequías estaba enfermo, Isaías le dijo que se pusiera una cataplasma de higos en el tumor, y el Señor lo sanó (2 Re. 20:7).

Jeremías se refiere a las características del higo, pues que algunas de ellas pueden ser muy buenas, y por otro lado pueden ser muy malas. (Jer. 24:1- 2).

6. Sentarse bajo su propia higuera: Varias veces en el Antiguo Testamento se hace uso de esta expresión con la adición de la parra. Se usa de varias maneras. En el próspero reino del rey Salomón se decía:

“Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera, desde Dan hasta Beer-seba, todos los días de Salomón” (I Re. 4:25).”No alzará espada gente contra gente, ni más se ensayarán para la guerra. Y cada uno se sentará debajo de su vid y de su higuera y no habrá quien amedrente” (Miq. 4:3, 4)

Este es un cuadro en el que se disfrutan las bendiciones de paz.» (4)

Jesús maldice la higuera

Dibujo: © José Vicente Fernández Martín

«“Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!» Y sus discípulos oían esto. Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: “¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca.”» (5)

Esta enseñanza, nos muestra la importancia y trascendencia de la confesión de fe en la palabra de Dios

“Y respondiendo Jesús, les dijo: “Tened fe de Dios. En verdad os digo, que cualquiera que dijere a este monte: ‘Levántate, y échate en el mar’; y no dudare en su corazón, mas creyere que se hará cuanto dijere, todo le será hecho. Por tanto os digo, que todas las cosas que pidiereis orando, creed que las recibiréis, y os vendrán. Y cuando estuviereis para orar, si tenéis alguna cosa contra alguno, perdonadle, para que vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone también vuestros pecados. Porque si vosotros no perdonareis, tampoco vuestro Padre, que está en los cielos, os perdonará vuestros pecados”. (Mar. 11:22-26 versión Padre Scío)

Acá hay varios puntos importantes a considerar:

  1. El primero es la fe en Dios. Esa es la fe correcta, y no la fe en la fe. Dios es el que hace los milagros, el que responde las oraciones, que pobra de acuerdo a su voluntad, el que provoca el querer y el hacer por su propia voluntad, etc.
  2. Segundo, que no debemos dudar de lo que pedimos, ya que el que duda, no recibe

Prácticamente aquí esta la clave de todo. Uno puede tener fe en Dios, hablar al problema que salga de su vida y esperar que salga. Pero, sí en el fondo de su corazón, en lo íntimo de su espíritu, de su ser, hay dudas Dios no obra. Dudar en el corazón es una declaración interior de que realmente no creemos en aquello que estamos haciendo. La mente puede estar muy bien sugestionada de todas las formas posibles, pero, si nuestro corazón duda, no iremos a recibir nada.

 

Hay muchos comentaristas que dicen que Jesucristo se entristeció y lloró frente a la tumba de Lázaro, cuando vio a quienes estaban desanimados tras haber utilizado medios humanos por resolver sus problemas como producto de la incredulidad en el poder de Jesucristo. Hasta el momento en que Jesucristo llegó a la tumba de Lázaro, él tuvo que luchar contra la incredulidad de la gente.

 

Cuando Jesús llego al velorio de Lázaro su amigo, que hacia ya 4 dias estaba muerto, y ya esta repodrido, lo primero que le dijo Marta a Jesús al encontrárselo fue, “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.” Marta varias veces había visto a Jesús sanar las muchas enfermedades. Por ende, ella creía que su hermano no habría muerto si Jesús le hubiera venido a ver mientras estaba enfermo. Claro, Marta creía que Jesús tenía la capacidad de sanar la enfermedad de Lázaro, pero su fe no estaba completa con eso. Ella creía que Jesús podía sanar enfermedades, pero no creyó que Jesús pudiera volver al Lázaro que hedía ya y llevaba cuatro días de muerto. Esta era exactamente la incredulidad que Jesús quería cambiar dentro del corazón de Marta. Jesús sabía que Dios levantaría a Lázaro de entre los muertos. Pero se conmovió dentro de su ser ante la incredulidad de Marta. Por eso, Jesús le dijo a Marta, “Tu hermano resucitará.” Marta

escuchó lo que Jesús le dijo, luego el Señor le siguió diciendo que Dios se iba a glorificar con ese suceso. “Esta enfermedad no es para muerte, si para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” A pesar de que ella no tenía la fe de que Jesús pudiera resucitar a Lázaro a la vida., ella no aceptó la Palabra del Señor con fe. Mas bien, manifestó su incredulidad al decir, “Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.” Jesús le volvió a decir a Marta, “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. ¿Crees esto?” Si Marta hubiera creído lo que Jesús le dijo, significa que también habría creído que Lázaro volvería a vivir aunque ya llevaba 4 días de muerto. Sin embargo, Marta le dijo al Señor, “Si, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.” Marta creyó que Jesús era el Hijo de Dios, el Cristo venido al mundo. Además creyó que Jesús podría haber sanado la enfermedad de Lázaro si hubiera estado allí antes que Lázaro muriera. Desafortunadamente no pudo creer en ese momento que Jesucristo también traer a Lázaro a vida, aunque llevara tiempo de muerto. Finalmente el Señor, por su misericordia y amor, resucitó a Lázaro, pero como le costo a Marta creer.

 

Jesús oró al Padre y dijo “Padre, gracias te doy por haberme oído.” Yo sabía que siempre me oyes…” Jesucristo creía que Dios siempre le escucharía y le contestaría a pesar de la situación en que se encontrara. Cuando clamó a gran voz diciendo, “¡Lázaro, ven fuera!”, esa maravillosa palabra del Señor hizo traer la poderosa obra de Dios de darle vida a Lázaro quien se descomponía dentro de la tumba, y quitó la incredulidad que había en el corazón de Marta, María y los pocos que estaban allí. Marta y María ya no se podían confinar más bajo la incredulidad, tras mirar a su hermano volver a la vida. Los judíos dejaron de llorar amargamente y comenzaron a sorprenderse, ante tremendo milagro. El pensar de todos los presentes cambió por la obra de Jesucristo, por la obra de resurrección. Nuestro amado Señor Jesucristo rescató a Lázaro de la tumba, y sacó la incredulidad de todos los que estaban allí. Por fin sembró la fe en Dios dentro de sus corazones, y muchos se convirtieron. Para la gloria del Señor.

Santiago bien dijo que se “pida en fe, no dudando nada; porque el que duda, es semejante a la onda del mar, que es movida del viento, y es echada de una parte a otra. Ciertamente no piense el tal hombre que recibirá ninguna cosa del Señor. El hombre de doble ánimo, es inconstante en todos sus caminos.” (Stgo. 1:5-8 RVR 2000)

“Y venido a su tierra, les enseñó en la sinagoga de ellos, [de tal manera] que ellos estaban fuera de sí, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría, y [estas] maravillas? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo y José, y Simón, y Judas? ¿Y no están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todo esto? Y se escandalizaban en él. Mas Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su tierra y en su casa. Y no hizo allí muchas maravillas, a causa de la incredulidad de ellos.” (Mat. 13:54-58 RVR 2000)

 

Vemos que en este pasaje, se cumplió lo que dijo Jesús, que nadie es profeta en su tierra, ya que no creían en él, y por esa incredulidad, no pudo hacer mas maravillas. La incredulidad detiene la manifestación del Señor.

Luego de la resurrección milagrosa de Jesús, A la tercera vez que se les apareció a los discípulos, ellos habían estado toda la noche tratando de pescar algo, y no habían podido encontrar nada. De repente Jesús se les aparece, y les ordena echar la red. Ellos creyeron, tuvieron fe y pescaron una gran cantidad de peces.

“Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada. Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de

peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: !!Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar. Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar. Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió. Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos. “(Jn 21:1-14 RVR 1960)

puertas de Jerusalen

En el portal de la fe judía ortodoxa, KOL ISRAEL ORG.net, en una reflexión titulada “EL SIERVO SUFRIENTE DE D-S”, encontramos los trece principios de la fe (Judía)

  1. Yo creo con Fe completa que el Creador alabado su nombre, creó y dirige el mundo, El únicamente hizo, hace y hará todos los hechos.
  2. Yo creo con Fe completa que el Creador alabado su nombre es Único y no existe unidad como Él, y El únicamente era, es y será nuestro D-s.
  3. Yo creo con Fe completa que el Creador alabado su nombre no es corporal, no lo alcanzan las influencias corporales, y nada puede compararse a EL
  4. Yo creo con Fe completa que el Creador alabado su nombre, Él es el principio y la eternidad.
  5. Yo creo con Fe completa que a El Creador alabado su nombre es digno de orarle y no hay a quien pedir fuera de El.
  6. Yo creo con Fe completa que todas las palabras de nuestros profetas son verdades.
  7. Yo creo con Fe completa que la profecía de Moisés nuestro Maestro (Moshé Rabeinu) es verídica y él fue el padre de los profetas de todos los tiempos.
  8. Yo creo con Fe completa que la Torah que tenemos es la misma que fue entregada a Moisés nuestro Maestro (Moshé Rabeinu).
  9. Yo creo con Fe completa que esta Torah no será cambiada y no habrá otra del Todopoderoso.
  10. Yo creo con Fe completa que el Creador alabado su nombre, sabe todo lo que la persona hace y conoce todos sus pensamientos.
  11. Yo creo con Fe completa que el Creador alabado su nombre recompensa bien a los que cumplen sus Mitzvot y castiga a los que transgreden sus preceptos.
  12. Yo creo con Fe completa que el Mashiaj (Mesías) vendrá. Y aunque se demore esperamos cada día su llegada.
  13. Yo creo con Fe completa que los muertos van a resucitar cuando sea la voluntad del Todopoderoso, alabado su nombre.

Escrito por: Ramba’m – Rabi Moshé ben Maimón – Maimónides (6)

De un portal de la fe metodista Pentecostal chilena, extraigo de San Agustín de Hipona esta reflexión, quien comentó algo interesante acerca de la fe:

“Demostraremos, pues, primeramente, que la fe, por la que somos cristianos, es un don de Dios; y lo probaremos, a ser posible, con mayor brevedad de la que hemos empleado en tantos otros y tan abultados volúmenes. Pero, ante todo, juzgo que debo responder a todos aquellos que afirman que los testimonios que he aducido acerca de este misterio solamente tienen valor para probar que la fe procede de nosotros y que únicamente el aumento de ella es debido a Dios; como si no fuese El quien nos da la fe, sino que ésta es aumentada por El en nosotros en virtud de algún mérito que empezó por nosotros. Mas si la fe, con que empezamos a creer, no se debe a la gracia de Dios, sino que más bien esta gracia se nos añade para que creamos más plena y perfectamente, por lo cual primero ofrecemos nosotros a Dios el principio de nuestra fe, para que nos retribuya El luego lo que de ella nos falta o cualquiera otra gracia de las que por medio de la fe pedimos, tal doctrina no difiere en nada de la proposición que el mismo Pelagio se vio obligado a retractar en el concilio de Palestina, conforme lo testifican sus mismas actas, cuando dijo «que la gracia de Dios nos es dada según nuestros méritos».

De la predestinación de los santos, de San Agustín de Hipona” (7)

El principio que se establece de este comentario de Agustino e Hipona, obispo de Cartago, es que es que la fe para creen en Dios y obtener salvación u otra cosa de parte del Señor, originalmente viene de Dios, es un don que da el Señor”

porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.(Ef. 2:8 RVR 1995)

Jesús se sorprendió agradablemente de la fe del centurión romano:

“Al entrar Jesús en Capernaum, se le acercó un centurión pidiendo ayuda. Señor, mi siervo está postrado en casa con parálisis, y sufre terriblemente. Iré a sanarlo respondió Jesús. Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano. Porque yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno: “Ve” y va, y al otro: “Ven” , y viene. Le digo a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace. Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe.” (Mat 8:5-10 NVI)

«En este pasaje se nos presenta el relato de la curación que hizo Jesús al criado paralítico de un centurión romano. Llama poderosamente nuestra atención el hecho de que se dice que “Jesús, se maravilló” de la fe del centurión romano. Cuando alguien se maravilla es porque ha presenciado algo que ignoraba y que excede la capacidad de su entendimiento. Pero tratándose del Señor Jesús, quien conocía –incluso- el pensamiento de los hombres, sí que resulta extraño que se maravillara. Si bien, no podemos ni siquiera imaginar que Jesús fuera sorprendido, la expresión “se maravilló” es usada para destacar este hecho.

Para destacar la fe del centurión romano (un gentil), él lo contrasta con la incredulidad de los judíos. La fe del centurión era “maravilla” por tratarse de un gentil, uno que ni siquiera esperaba al Mesías como supuestamente lo esperaban los judíos. Este hombre vino a ser –si no el primero- uno de los primeros de una larga lista de los que vendrían y se sentarían en el reino de los cielos, por las palabras de Jesús en Mat. 8:11,12. ”Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos, mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas”.

Romano de nacionalidad; un jefe militar de aproximadamente cien soldados del ejercito imperial romano, adquirió un concepto bien claro y definido de lo que es la autoridad. No era religioso; sin embargo, era respetuoso de la libertad religiosa y cooperó con los judíos, nación sobre la cual ejercía su cuidado, edificándoles una sinagoga. Se consiguió el favor de los judíos. Los ancianos de los judíos que él envió a Jesús dieron buen testimonio de él, y rogaron insistentemente, en Lucas 7:4,5: ”Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga”, un centro social y religioso judío.

Podemos notar, además, en el pasaje que consideramos en esta ocasión, que esta es la primera vez que Jesús se refiere al rechazo de Israel y al llamamiento de los gentiles. “…vendrán muchos del oriente y del occidente y se sentarán… en el reino de los cielos, mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas” (Mateo 8:11,12). Hubo otra ocasión en que Jesús se maravilló, pero en referencia a la incredulidad de la gente de Nazaret, Marcos 6:6 dice: “Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos”. En ambos casos, su asombro estaba relacionado con la fe. En el primero: la buena aceptación del centurión romano; y en el segundo: el rechazo y la incredulidad de los de su propia tierra o pueblo.

Siguiendo en la consideración del centurión romano, notamos que este militar era un hombre muy considerado aún para con sus esclavos. Era un hombre sensible, favoreció a los judíos y no se descuidó de la condición de sus criados. Se esforzó por conseguir la sanidad de su criado, acudiendo a Cristo, dando evidencia de haber recibido ya él mismo la sanidad de su alma.

Lo que leemos acerca de la actitud de este hombre nos deja ver claramente que poseía una firme convicción de que todo el poder y la autoridad residen en Cristo, que Cristo podía hacer todo cuanto quisiera. Reconoció el poder y la soberanía de Cristo. Por cierto, el objetivo de los milagros del Señor, extendido hasta sus apóstoles era -precisamente- revelar a los hombres que él es el Hijo de Dios.

Aquel centurión romano conocía que en Él (en Cristo) reside toda la plenitud y el poder de la Deidad, por ser el verdadero Mesías y el Salvador del mundo. Su confesión de fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, fue hecha de manera práctica. Es la misma confesión que hizo Pedro a nombre de los discípulos cuando, a la pregunta de Jesús en Mateo 16:16, “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” le respondió: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

Lo mismo hicieron los discípulos en Juan 6:69 “Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Igual testimonio dieron la mujer samaritana y los samaritanos en Juan 4:42 “…y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo”. Marta también confesó en Juan 11:27 “…Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido al mundo”.

En el caso que tratamos ahora, el centurión romano, además de reconocer su indignidad de que el Señor le visitara, atribuyó autoridad suprema y omnipotencia a la palabra de Jesús, v.8: ”Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dilo de palabra, y quedará sanado mi criado”. Es necesario advertirle, amigo lector, que no basta una confesión de labios como demostración de la posesión de la verdadera fe. Muchos pudieran pensar que por decir que Cristo es el Hijo de Dios, por eso poseen la fe salvadora; pero lo cierto es que la fe sin obras es muerta. Cada caso debe ser analizado particularmente.

¿Cuál fue la reacción de la gente en el mundo gentil? Cuando el apóstol Pablo llevó el evangelio a Atenas, ¿cuál fue la opinión de la gente?, dijeron: “Parece que es predicador de nuevos dioses, porque les predicaba el evangelio de Jesús” (Hechos17:18). Todo el mundo antiguo (y su forma de pensar) estaba en contra de recibir o aceptar que un carpintero de Nazaret fuera el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Además, siendo que los mismos emperadores reclamaban adoración, confesar que Jesús era el Hijo de Dios significaba pedir ser echado a los fieras, por eso confesar a Cristo era una prueba indudable de haber recibido la verdad, como dice el apóstol Juan, en 1 Juan 4:2 “Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios”.

Antes como ahora, cualquiera que esté dispuesto a pagar el precio de ser un creyente, testifica con hechos que es de Dios; aunque los riesgos y el costo varíen de una época a otra, y de un lugar a otro. La fe será medida por lo que haya que sacrificar para mantenerla. En todo caso, el poseedor de tan precioso don vivirá esperando su verdadera herencia reservada en el cielo, no se aferrará a las cosas temporales sino en la herencia prometida que se halla después de la muerte y la resurrección.

El asentimiento intelectual no tuvo ningún valor en la antigüedad, tampoco lo tiene en la actualidad, sino la fe que se muestra por las obras, la fe que es práctica y que cuesta. Una cosa es decir “yo creo en Cristo”, y otra, muy distinta es, seguir a Cristo obedientemente llevando su vituperio. La realidad de la verdadera fe en Cristo radica en guardar sus mandamientos. El verdadero creyente depende de sus promesas, se fortalece en su fuerza y confía su alma a su cuidado. De otro modo, el conocimiento intelectual de su carácter no le será suficiente.

Hay personas que dicen ser discípulos de Cristo, pero sólo en apariencia. En el tiempo de su ministerio terrenal, nuestro Señor llamó la atención de muchos que le seguían, según Juan 8:30 y 31”…muchos creyeron en él. Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”. Pero la fe del centurión romano quedó vivamente demostrada mediante su acción de acudir a Cristo, él hizo un abierto reconocimiento del Señor Jesús como el Mesías que había de venir, y Jesús aprobó esa fe y elogió esa fe, y en respuesta a esa fe, el criado de este hombre fue sanado, según el versículo 13, Jesús le dijo: “Ve y como creíste, te sea hecho”.

La fe de este hombre dio fruto de inmediato. Prontamente empezó a cosechar bendiciones del Señor como respuesta a su fe. Dice en Lucas 7:3 que “Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo”. Oyó y creyó. Lo que aprendió de Jesús lo puso en práctica en seguida, y en una circunstancia de favorecer a otro y que la gloria del Señor se hiciera manifiesta, por medio de la curación de su criado.

[…] Alegar fe en Cristo sin actuar en consecuencia es vanidad. Cristo es el Salvador del mundo, toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra, para Él no hay nada imposible. Es imprescindible que el pecador conozca su propia miseria, y se vea a sí mismo condenado, que vea con nueva luz la obra redentora de Cristo, que acuda a Cristo, y se apropie de Su gracia salvadora. En el caso del centurión romano, oyó de Jesús y acudió a Él en busca de misericordia. El centurión comprendió lo que es misericordia. Consideró las miserias de este mundo como el objeto de la misericordia.

Misericordia es compadecerse del necesitado. Notemos lo que nos dicen los versículos 5 y 6. ”Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado”.

Para venir al Señor se necesita estar persuadido de su propia miserable condición pecaminosa y de su necesidad de salvación. Es necesario acercarnos a Él con nuestras necesidades, y jamás por lo que merecemos. No somos dignos de acercarnos a Dios, pero Dios es grande en misericordia y amplio en perdonar, el hombre está grandemente necesitado de sus favores. Dice el Salmo 9:18: “Porque no para siempre será olvidado el menesteroso”. Nuestra necesidad y miseria es el motivo ideal para venir a Dios. Jesús dijo: “No he venido a llamar a los justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9:13).

El centurión tenía un concepto correcto del señorío de Cristo y de su propia indignidad. Cuando él le presentó el caso de su criado, Jesús le dijo: “Yo iré y le sanaré” (v.7). Ante este ofrecimiento de Jesús de ir a su casa, “Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo” (v.8). Él era un oficial de alto rango, un jefe militar, pero no se consideraba digno de que Jesús entrara en su casa. Tal era el concepto que ahora tenía de sí mismo, consciente de que su vida había sido ofensiva a Dios a causa de sus pecados de idolatría.

Recordamos que los ancianos de los judíos -que fueron- enviados por él a Jesús, lo hicieron de tan buena voluntad, que incluso sugirieron al Señor que le hiciera el favor que le pedía porque se lo merecía, porque había sido bueno con ellos, y le había edificado una sinagoga; sin embargo, lejos de sentirse merecedor de algo, aquel hombre se sentía indigno. Esta es –sin lugar a dudas- una característica de todos aquellos que han sido regenerados y viven en la luz, como: Abraham (Génesis18:27); Jacob (Génesis 32:9,10); David (2 Samuel 7:18); Pedro (Lucas 5:8); Pablo (1 Corintios15:9).

Otra evidencia contundente de su fe es que para él era suficiente que Jesús dijera la palabra. Aún cuando Jesús le ofrece ir a su casa, éste le contesta que sólo tiene que decir la palabra, reconociendo, así, el poder todopoderoso de Jesús: “Solamente dilo de palabra y quedará sanado mi criado” (v.8b). La Palabra del Señor es suficiente para todo verdadero creyente. El poder de Cristo para sanar no estaba limitado en la mente de este hombre. Supo que para el Señor no hay nada imposible. Lo cierto es que esta es una demostración de una gran fe. De una gran confianza en el Señor y en su poder.

Hay quienes no se contentan con que se hagan oraciones a favor de los enfermos, sino que, reclaman que se debe hacer en la presencia de ellos y poniendo las manos sobre el enfermo. El Señor curó a este criado a distancia por la fe del centurión romano Como también hizo en el caso de la súplica de la mujer siro fenicia por su hija endemoniada. Dependemos del Señor, debemos someternos a Su voluntad, no tenemos que trazarle pautas de cómo, cuando o dónde Él debe obrar sobre nuestras peticiones, tampoco debemos confinar o limitar Su poder a nuestra forma de pensar.

Para el centurión de nuestra historia, el poder de Jesús no estaba en su presencia corporal, sino en Su Palabra. Dios hizo el universo con Su Palabra, lo sostiene con Su Palabra. Nos dice la Escritura que es por la fe que entendemos estas cosas, de modo pues, el centurión por la fe sólo pedía que Jesús dijera la Palabra y bastaba. Todas las cosas creadas obedecen a su Creador. Todas las criaturas tienen un oído obediente para oír lo que Dios dice y Él hace uso de ellas como le place.

El centurión vio la realidad y grandeza del mundo espiritual. Acostumbrado al orden y la disciplina militar, donde nadie podía cuestionar una orden, hizo la comparación que leemos en el v.9: ”Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi esclavo: Haz esto, y lo hace”. Razonó respecto al poder de Cristo, y lo que dijo parece haber sido el fruto de una meditación seria y determinante. Entendió que él no era más que un simple hombre; y que Jesús es Dios; si bien él era un jefe militar; Jesús es el Comandante en jefe de los cielos y la tierra, el glorioso y omnipotente Señor de señores y Rey de reyes.

De esa manera demostró poseer una confianza estimulada por la meditación. Parte del ejercicio de la fe cristiana se basa en la meditación. Traer a nuestra mente argumentos que estimulen y aumenten nuestra confianza en Dios, y esto requiere de una buena disposición y entrega; porque lo normal y natural es pensar negativamente de la bondad, la misericordia y el poder del Dios Creador.

Esa fue la primera vez que este hombre se acercó a nuestro Señor Jesucristo por fe, y tiene mucho que enseñarnos. Es nuestro deber perseverar en fe como en principio. No permitir que el tiempo nos haga variar en nuestra manera de acercarnos a Dios. Es saludable preguntarnos: ¿Cómo está nuestra fe? ¿Acaso es nuestra tendencia, cuando le hemos pedido algo al Señor, pero nos parece que se tarda, despreocuparnos y desfallecer a causa del peso que nos agobia? Echemos mano de sus promesas. Isaías 28:16 nos dice: ”El que creyere, no se apresure”. No es cosa de creyentes el estar desesperados. Tomémosle, pues, la palabra.

Así como no podemos ejercitar el cuerpo sin poner a funcionar los músculos, tampoco podremos ejercitar la fe sin practicar la paciencia. Es por medio de la fe que podremos triunfar sobre las dificultades, pero se nos hace siempre necesario esperar. El esperar pacientemente aún cuando no veamos la solución a los problemas que estamos confrontando es demostración de fe. El centurión trajo sus problemas a Jesús, y dejó que el Señor dirigiera todo porque creyó en la todo-suficiencia de su poder y en su infinita bondad y compasión.

La fe debe producir una real humildad en quien la posee. La fe es más grande cuando tenemos un concepto más claro respecto a nuestra propia indignidad. El caso del fariseo y el publicano ilustra bien esta cuestión. El fariseo se enorgullecía de su religiosidad, mientras que el publicano se dolía de su pecado e indignidad. El fariseo reclamaba una deuda; el publicano rogaba un favor. Oremos con humildad al Señor y repudiemos todo pensamiento orgulloso que nos asalte, no somos dignos de nada. Todo lo que recibimos, lo recibimos de gracia y por la misericordia del Señor.

Vimos que el centurión demostró tener un claro y elevado concepto de la soberanía y el poder de Jesús, como consecuencia de su meditación en Él. Para no distraernos de nuestra confianza plena en nuestro Señor, y para no caer en la contemplación de pensamientos malos y pesimistas, debemos meditar en la toda suficiencia de Cristo, nuestro Señor, nuestro Dios. Dios dijo a Abraham cuando hizo pacto con él: “Yo soy el Dios todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto” (Génesis 17:1). Abraham debía meditar constantemente en el poder de Dios mientras anduviera en la tierra, para estar firme, a pesar de los muchos peligros de su peregrinar aquí.

[…] Podemos además agregar -a la luz de este pasaje- que tener un apropiado sentido del principio de autoridad es un fruto de la fe. El verdadero creyente guarda respeto a las autoridades que Dios ha instituido para gobernar los asuntos de los hombres. Puede apreciar aún en el reino animal ese orden que Dios Creador ha establecido en todas las esferas de existencia de las criaturas. Sólo el hombre pecador se rebela contra este orden. Pero nosotros, los que profesamos fe en el Señor Jesucristo y amor a Dios, debemos mostrar que este principio de autoridad está firmemente establecido en nuestra alma, porque respetamos las autoridades establecidas por Dios. Amén.» (8)

Cristo En El  Desierto

Ivan Kramskoy. Cristo en el desierto. 1872. Óleo sobre tela. La Galería Tretyakov, Moscú, Rusia.

Respecto a este tema de la fe, El Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia comenta que es la Fe:

« [Fe es] aprobación que se da a alguna verdad, o confianza que una persona deposita en otra. Fe salvífica, por ejemplo, es la total confianza del hombre en Cristo. En la teología bíblica no hay palabra más importante. Es tema predilecto de los autores del Nuevo Testamento, especialmente Pablo y Juan, pero encuentra sus antecedentes también en el Antiguo Testamento. Las tres palabras (fe, fiel y creer) se hallan en el Antiguo Testamento aproximadamente setenta y cinco veces, y en el Nuevo Testamento más de seiscientas veces. En el Antiguo Testamento la palabra fe suele usarse con referencia a Dios: su fidelidad (Deut 7:9; Is. 49:7), sobre todo en guardar el pacto. La fe de los hombres tiene el sentido de una llana y entera confianza en Dios, como lo demostró Job (16:19s; 19:25–27; cf. Sal 37:3ss). El ejemplo predilecto de la fe es Abraham (Gen.15:6). Salió de Ur sin saber adónde Dios lo llevaba (Heb. 11:8); creyó que iba a tener un hijo pese a su avanzada edad (Gen 15:4–6); y cuando Dios le pidió sacrificar a ese hijo, no se opuso (Ro 4:16–18; Heb 11:17–19).

Los fieles del Antiguo Testamento, enumerados en Heb 11, anhelaban lo prometido, pero murieron sin conocerlo de cerca (vv. 13, 14, 39s). Esta esperanza y confianza se aclara y concreta en el Nuevo Testamento, cuando se declara que la única fe verdadera está siempre, aunque en distintas maneras, vinculada con Cristo (Hch. 4:13s; I Cor 3:11). El supuesto conflicto entre Santiago y Pablo con referencia a la fe versus las buenas obras es un concepto popular errado. Pablo no rechaza las buenas obras, ni Santiago la fe paulina. Ambos hablan de la fe de Abraham (Gál 3:6–12; Stgo 2:21–24). Compárese Stgo 2:14ss con Tit 1:16; 3:7s; II Cor 9:8; Ef: 2:8–10; etc. La fe encierra toda la vida nueva de los creyentes (Rom 3:27; 11:20; Col 1:23; Tit 2:2; I Pe.1:7). Significa también la virtud específica de mantener contacto con Cristo (I Cor 13:13; II Ti 1:13). Es la fe (acerca) de Cristo (Ro 3:22; Ef. 3:12). Es la fe en Cristo (Gál 3:26; Col 1:4). Se usa con la preposición griega eis con sentido de compenetración (Jn 14:12; Ef.1:15). La fe se basa sobre Jesús (Luc 24:25; Hch 9:42) y se relaciona directamente con la persona de Cristo (Jn 14:3; II Ti 1:12). En los Sinópticos la fe se dirige generalmente hacia la persona de Jesucristo, allí presente en la carne, y particularmente se refiere a la fe para salud (Mat 9:22). Al pasar la Iglesia a la edad postapostólica, cada vez más la fe significa el cuerpo oficial de doctrina (Jud 3:20). Entre estos extremos hallamos la enseñanza apostólica que puede apreciarse en los siguientes temas:

1. La fe se basa en el significado de un hecho histórico (Hch 17:3).

2. Es más que el acto de creer. (Los demonios también creen y tiemblan, según Stgo 2:19). Es la participación en la vida de Jesús (I Jn 2:6).

3. Es el resultado del impacto de la gracia de Dios en nuestras vidas. “Dios nos amó» este es el punto de partida para el desarrollo de una nueva experiencia de vida “(Jn 3:16).

4. Pero más que una decisión momentánea, la fe es un clima espiritual, un modo nuevo de vivir (II Cor 7:7; Ro 11:20).

5. La fe es indispensable para la Justificación. Cristo inmolado en la cruz efectuó la salvación de la humanidad. Sin embargo, el hombre debe ser receptivo al significado de aquel acontecimiento. El acto fundamental del amor de Dios espera una respuesta de los hombres. La fe es esa respuesta. Por nuestra fe somos justificados (Ro 1:17; 5:1ss; Gál 2:16).

6. La fe se vincula siempre con la Gracia. El mensaje de la cruz (la capacidad de responder a él) no tiene requisitos de santidad, conocimiento, buenas obras, etc. No son los poderosos ni los sabios los que se salvan (Mat 11:25; I Cor 1:18–31; 2.14). Puesto que el espíritu del incrédulo está muerto, no puede responder si no es por la gracia (Ro 4:16; Ef. 2:8s).

7. Cristo es el autor y consumador de la fe (Heb 12:2) y obra fe en nosotros por su Espíritu Santo. El Espíritu vivifica a la persona que es justificada por la fe. Ya no anda conforme a la carne sino conforme al Espíritu, en novedad de vida (Jn 6:63; Ro 7:6).» (9)

Otro hecho de fe que agradó al Señor fue el de al mujer enferma de flujo de sangre

“En esto, una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto, porque se decía a sí misma: “Con solo tocar su manto, seré salva”. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: –Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.” (Mat. 9:20-22 RVR 1995)

El caso de la mujer cananea (siro fenicia) es más que elocuente. Una pobre mujer iba detrás de Jesús rogando por la salud de su hija. Él Señor Jesús parecía ignorarla y fingía que no escuchaba:

“Entonces una mujer cananea que había salido de aquella región comenzó a gritar y a decirle: –¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces, acercándose sus discípulos, le rogaron diciendo: –Despídela, pues viene gritando detrás de nosotros. Él, respondiendo, dijo: –No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo –¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: –No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros. Ella dijo:

–Sí, Señor; pero aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces, respondiendo Jesús, dijo: –¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.” (Mat. 15: 22-27).

La historia tuvo un buen final al ser curada la hija de esta mujer por el Señor Jesús. Jesús actuó en un principio como judío, aparentando despreciar a la mujer, seguramente para que la enseñanza entre mejor en la mente de los discípulos, pero la misericordia de Jesús al final fue más fuerte que cualquier otra cosa. Y le sanó su hija, al ver la fe de esta mujer, que era grande.

“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas basadas en las tradiciones de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha por mano de hombre, sino por la circuncisión de Cristo, en la cual sois despojados de vuestra naturaleza pecaminosa. Con él fuisteis sepultados en el bautismo, y en él fuisteis también resucitados por la fe en el poder de Dios que lo levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados. Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la cruz. Y despojó a los principados y a las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Por tanto, nadie os critique en asuntos de comida o de bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados. Todo esto es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo. Que nadie os prive de vuestro premio haciendo alarde de humildad y de dar culto a los ángeles (metiéndose en lo que no ha visto), hinchado de vanidad por su propia mente carnal, pero no unido a la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios. Si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivierais en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: “No uses”, “No comas”, “No toques”? Todos estos preceptos son solo mandamientos y doctrinas de hombres, los cuales se destruyen con el uso. Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría, pues exigen cierta religiosidad, humildad y duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.” (Col. 2:8-23 RVR 1995)

Notas:

1. La Vida y los tiempos de Jesús el Mesías, Pág. 191, Tomo 2, Alfred Edersheim, Edit. Clie.

2. Portal de la fe evangélica reformada, Salvación Eterna, documento electrónico titulado “LA MALDICIÓN DE LA HIGUERA ESTÉRIL”: www.salvacioneterna.com/maldicion_higuera_esteril.pdf

3. El portal del Centro de Investigación White (CIW) de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (IASD), ubicado en la Universidad Adventista del Plata (UAP),en un documento electrónico del capitulo 64 del libro “El Deseado de las Naciones”, de Elena G. de White. http://centrowhite.uapar.edu/quienegw/DTG/Libro,%20DTG,%2064.htm

4. Portal del seminario evangélico Reina Valera http://www.seminarioabierto.com/tiempos21.htm

5. Portal de la fe católica Sociedad, cultura y Religión,

http://www.sc-religion.com/html//modules.php?name=Sections&op=viewarticle&artid=59

6. http://www.kolisraelorg.net/neshama/documentos/anti/siervo_sufriente_de_d.htm

7. http://www.bless.cl/?p=82

8. http://cristo.org/esteva_07.html

9. Nelson, Wilton M., Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1998.

About these ads

Los comentarios están cerrados.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 2.122 seguidores

%d personas les gusta esto: