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Pablo de Tarso

Marzo 6, 2008

Pablo de Tarso

Introducción:

«Pablo de Tarso, originalmente Saulo, también llamado San Pablo Apóstol, el Apóstol de los Gentiles y San Pablo de Tarso (nacimiento entre año 5 y año 10 DC, Tarso (Turquía)- año 67 d.C. en Roma), uno de los apóstoles más activos de Jesucristo. Según Reinaldo Fabris, autor del Libro “Pablo, el apóstol de las Gentes”, este personaje no cambió su nombre al convertirse al cristianismo, ya que como ciudadano romano y nacido en Tarso, además de ser judío tenía gran influencia de la cultura helenística y romana, por lo que como todo romano de la época tenía un “prognomen” relacionado con una característica familiar (el cual es Saulo, su nombre judío), y un “congnomen” que se asocia a una característica física (que en este caso es Pablo, que es su nombre romano).  El conocimiento de la cultura helénica (hablaba fluidamente el griego como el arameo) le permite a este Apóstol predicar el Evangelio con ejemplos y comparaciones comunes de esta cultura por lo que el mensaje fue recibido en territorio griego claramente y esta característica marca el éxito de sus viajes fundando comunidades cristianas. Pablo es considerado por muchos cristianos como el discípulo más importante de Jesús, a pesar de que nunca llegó a conocerlo, y, después de Jesús, la persona más importante para el cristianismo.
Pablo es reconocido por muchos cristianos como un santo. Hizo mucho para introducir el cristianismo entre los gentiles y es considerado como uno de las fuentes significativas de la doctrina de la iglesia primitiva. Nació entre el año 5 y el año 10 en Tarso, en la región de Cilicia, en la costa sur del Asia Menor (la actual Turquía). La ciudad de Tarso tenía concedida la ciudadanía romana por nacimiento. Por lo que Pablo era ciudadano romano pese a ser hijo de judíos.  Hijo de hebreos y descendiente de la tribu de Benjamín, en su adolescencia es enviado a Jerusalén, donde estudia con el famoso rabino Gamaliel. Aquí se une al grupo de los fariseos. Tras la muerte de Jesús, hacia el año 33, comienzan a formarse grupos de seguidores de Jesús. Pablo de Tarso fue un activo perseguidor de estas comunidades bajo la influencia de los fariseos. De hecho el fue de los que participó y asintió en la ejecución de San Esteban, el primer mártir (denominado protomártir) de la iglesia cristiana de aquel entonces, quien cayera víctima de lapidación no como consecuencia de la barbarie de la multitud, si no como cumplimiento de una ejecución judicial, pues Saulo contaba con la venia de Roma. » (1)

La enciclopedia católica, comenta en vida y obras de San Pablo, que «de San Pablo mismo sabemos que nació en Tarso, en Cilicia (Hch. 21:39), de un padre que era ciudadano romano (Hch. 22:26-28; 16:37), en el seno de una familia en la que la piedad era hereditaria (II Tim.1:3) y muy ligada a las tradiciones y observancias fariseas (Fil. 3:5-6). San Jerónimo nos dice, no se sabe con qué razones, que sus padres eran nativos de Gischala, una pequeña ciudad de Galilea y que lo llevaron a Tarso cuando Gischala fue tomada por los romanos (”De vir. ill.”, v; “In epist. ad Fil.”, 23). Este último detalle es ciertamente un anacronismo mas los orígenes galileos de la familia no son en absoluto improbables. Dado que pertenecía a la tribu de Benjamín, se le dio el nombre de Saúl (o Saulo) que era común en esta tribu en memoria del primer rey de los judíos. (Fil. 3:5). En tanto que ciudadano romano también llevaba el nombre latino de Pablo (Paulo). Para los judíos de aquel tiempo era bastante usual tener dos nombres, uno hebreo y otro latino o griego entre los que existía a menudo una cierta consonancia y que yuxtaponían en el modo usado por San Lucas (Hch. 13:9: Saulos ho kai Paulos). Véase en este punto Deissmann, “Bible Studies” (Edinburgh, 1903, 313-17.) Fue natural que, al inaugurar su apostolado entre los gentiles, Pablo usara su nombre romano, especialmente porque el nombre de Saulo tenía un significado vergonzoso en griego. Puesto que todo judío que se respetase había de enseñar a su hijo un oficio, el joven Saulo aprendió a hacer tiendas de lona (Hechos, xviii, 3) o más bien a hacer la lona de las tiendas (cf. Lewin, “Life of St. Paul”, I, London, 1874, 8-9). Era aún muy joven cuando fue enviado a Jerusalén para recibir una buena educación en la escuela de Gamaliel (Hch 22:3). Parte de su familia residía quizá en la ciudad santa puesto que más tarde se haría mención de una hermana cuyo hijo le salvaría la vida (Hch. 22:16). A partir de este momento resulta imposible seguir su pista hasta que tomó parte en el martirio de San Esteban (Hch. 7:58-60; 22:20). En ese momento se le califica de “joven” (neanias), pero esta era una apelación elástica que bien podía aplicarse a cualquiera entre veinte y cuarenta años.» (2)

El portal rincondelvago, en su admiración del Apóstol Pablo, pregunta: «¿Quieres conocer los dones con que Dios enriqueció a san Pablo? Pues atiende: hasta las ropas que usaba espantaban a los demonios; y lo que es más admirable aún: nadie podía acusarle de temerario cuando espontáneamente avanzaba hacia los peligros, ni de cobarde cuando los peligros llovían sobre él.

Al mismo tiempo amaba y despreciaba la vida; la amaba, porque viviendo tenía oportunidad de enseñar la verdad; y la despreciaba en grado sumo, porque con su superior sabiduría había llegado a conocer lo poco que valen las cosas de este mundo.

Observemos que san Pablo es tan digno de admiración cuando se presenta ante nuestros ojos huyendo de situaciones comprometidas, como cuando lo vemos enfrentarse gozosamente con ellas, porque cuando huía de ciertos peligros lo hacía por prudencia, y, cuando los desafiaba, su actitud obedecía a fortaleza de espíritu. Si leemos sus escritos advertimos que, cuando habla de sí mismo, unas veces parece como si se alabara; otras, en cambio, evidentemente se menosprecia; pero nuestra admiración sobre él debe ser la misma tanto en unos casos como en otros, porque, cuando aparece que se alaba, esas aparentes alabanzas son en realidad actos de la virtud de la magnanimidad; y cuando se menosprecia, sus menosprecios ponen de manifiesto su humildad profunda. Elogios merece por haber dicho lo que sí dijo; e incluso más digno de nuestra alabanza por decir lo que dijo, que lo hubiese sido si lo hubiese callado.

Si no hubiese hablado de su persona en el tono en el que lo hizo, habría sido más culpable que los que en cada instante, venga o no a cuento, no cesan de alabarse. Si no se hubiera gloriado de las cosas de que se glorió y por motivos de humildad se hubiera callado, habría perjudicado moralmente a las personas que estaban confiadas a sus ciudadanos, ya que estás podrían haber pensado que eran superiores a él. Manifestando los dones que había recibido y los méritos que había acumulado, san Pablo procedió más correctamente que otros callando esas cosas, porque jamás persona alguna ocultando las gracias que le han sido otorgadas ha hecho al prójimo un bien comparable al que san Pablo le hizo divulgando las que a él le habían sido concedidas.

Verdad es que decir uno de sí mismo cosas grandes y admirables sin motivo que lo justifique, sin necesidad alguna y sólo por granjearse la estimación ajena, es claramente vituperable y gravemente demencial; quien así produce no obra en conformidad con el espíritu de Dios; al contrario, se comporta neciamente y echa a perder con su presunción todo cuanto haya podido alcanzar a fuerza de trabajo y de tensión; hablar uno de sí mismo en tono encomiástico constituye un acto de vanagloria; y si lo que dice lo dice con jactancia, quien de ese modo se conduce puede ser calificado de insolente.

En cambio, de determinadas circunstancias, la manifestación de algunas excelencias propias pueden ser un auténtico acto de caridad, y lo es, si el que las manifiesta se limita a divulgar lo que juzga que es necesario o conveniente que se sepa y lo hace para evitar tales o cuales males. Este fue el caso de san Pablo, que, tomado por muchos por un falsario, vióse obligado a salir en su propia defensa y a descubrir algunas de las gracias que había recibido, principalmente aquellas que garantizaban la dignidad que Dios le había otorgado; pero el apóstol mantuvo en silencio otras muchas, precisamente las mayores, a las que sólo indirectamente aludió cuando dijo:“No quiero hablar de las visiones y revelaciones, etc.”.

Podemos asegurar que no ha habido profeta ni apóstol que haya tenido con Dios tantas y tan frecuentes comunicaciones como tuvo san Pablo; pero este trato tan íntimo y constante con el Señor, lejos de producirle vanidad le reafirmó en la virtud de la humildad. En algunas ocasiones no ocultó que sentía miedo al ser golpeado; de donde debemos corregir que, aunque en cuanto a su voluntad fuese no solo un hombre extraordinario sino que alcanzaba la talla de los ángeles, en cuanto a su naturaleza era un individuo humano como los demás, y como los demás tenía miedo a que le maltrataran.

Esto es normal y naturalísimo. Nada de vituperable hay en que Pablo mostrara su temor ante las amenazas de ser golpeado; sí sería vituperable, en cambio que alguien, bajo los efectos de ese temor y para librarse de los golpes con que se ve amenazado, incurriese en acciones u omisiones indignas; pero quien, a pesar del miedo, combate y sale victorioso de la pelea, es admirable y aún más admirable precisamente por haber combatido con miedo, que el que lucha y triunfa sin haber sentido miedo alguno.

Tampoco incurre en culpa de ningún género el que se siente invadido por la tristeza, pero sí quien, bajo los efectos de las mismas, dice o hace algo que redunda en ofensa de Dios. De todo lo anteriormente dicho podemos inferir cuánta fue la grandeza de este apóstol, pues, a pesar de la fragilidad de su naturaleza, vivió muy por encima de lo que de esa naturaleza quebradiza hubiera podido esperarse; temía a la muerte, pero no huía de ella.

A nadie se le puede reprochar que su naturaleza sea frágil, pero sí que se comporte frágilmente. San Pablo es digno de admiración porque con la fuerza de su voluntad logró superar sus limitaciones naturales. Si se apartó de aquel Juan, al que llamaban Marcos, fue precisamente por la debilidad de ánimo de dicho compañero, y al apartarse de él san Pablo obró acertadamente; hízolo para evitar los perjuicios que el modo de ser de aquel discípulo y socio podían acarrear a la causa de la predicación; quien asume el oficio de predicador no debe de dar cabida en su ánimo ni a la debilidad ni a la volubilidad, sino que tiene que mostrarse fuerte y valiente.

Quien no esté dispuesto a sacrificarse cuantas veces sea preciso y a enfrentarse con las contrariedades que puedan sobrevenir, no debe dedicarse a este insigne ministerio, porque si lo hiciera correría el riesgo de causar con su ejemplo muy graves daños a otros; por eso es preferible que renuncie a este oficio y se consagre a resolver sus asuntos personales.

Ni los gobernadores, ni los que luchan en el circo con las fieras, ni los gladiadores, ni nadie, absolutamente nadie, necesita tener tanta fortaleza de ánimo para enfrentarse a las dificultades y a la muerte como los predicadores, porque éstos están expuestos a mayores peligros que el resto de las gentes ya tener que combatir con enemigos más crueles, y a trabajar en condiciones incomparablemente más difíciles. Los predicadores cuentan con una de estas dos posibilidades: o la de alcanzar el cielo como premio, o la de merecer el infierno como castigo. Algunas veces entre quienes se consagran a este ministerio surgen ciertas fricciones; pero nadie debe escandalizarse por ello ni recriminar tales desavenencias, que de susto no siempre son malas; lo serían sin obedeciesen a motivos irracionales o en ellas se ventilaban asuntos ilícitos.

En estos desacuerdos debemos ver la mano amorosa y providente del Creador que a través de ellos pretende despertar de su disidia y letargo a las almas dormidas o perezosas. Los armeros, cuando construyen las espadas, dotándolas de doble filo: el de la benignidad y el de la irascibilidad, para que sea posible usar uno o el otro. La irascibilidad, es decir, la posibilidad de indignarse, es como un filo de la espada, t el individuo humano puede y debe usar de él cuando lo juzgue conveniente, porque aunque la benignidad de suyo es buena, y lo es siempre que se practica con prudencia, es, en cambio, vituperable mostrarse benigno cuando las circunstancias aconsejan otra cosa. San Pablo se atuvo a esta norma.

Habitualmente mostrábase benigno, pero también procedía enérgica y airadamente con quienes se conducían de manera irresponsable. Admiración causa ver cómo este apóstol, cuando tras de haber sido azotado, se encontraba cargado de cadenas y lleno de heridas, sentíase mucho más dichoso que otros vestidos de púrpura y coronados de diademas; lleváronlo prisionero a través del mar inmenso, y, a pesar de eso, mostróse durante el viaje más alegre que si fuese a tomar posesión de un importantísimo imperio; en cambio, en cuanto llegó a Roma y quedó en libertad, no se dedico a disfrutar de ella en su propio beneficio, sino enseguida marchó a España, porque el ardor con que se había consagrado a la predicación, ardor más vivo que el de las más vivas llamas, no le permitía tomarse ningún descanso ni permanecer ninguna jornada ocioso, ni arrendrarse ante los peligros ni retroceder ante las burlas e incomprensiones; pero nuestra admiración es aún mayor al comprobar cómo este hombre tan valiente, cuya alma llena de ardor guerrero estaba constantemente preparada para afrontar los combates, era al mismo tiempo apreciable, y se conducía con asombrosa flexibilidad.

Aunque Pablo tiene un papel importante en la difusión del cristianismo, su iconografía es relativamente limitada, sobre todo si se la compara con la de Pedro. No obstante, es uno de los pocos santos que, desde la Alta Edad Media, presenta un tipo de físico estable. Es pequeño, contrahecho, calvo, con una frente abombada y una barba larga. Otra tradición, surgida de los Hechos de los Apóstoles, le pinta como un hombre vigoroso, de barba recortada, con un aspecto parecido al de Pedro. Su atributo tradicional es la espada, instrumento de su suplicio. En el arte cristiano primitivo, lleva un libro o un rollo de pergamino similar al de los evangelistas. Cuando figura junta a Pablo, Pedro disfruta del lugar de honor, a su diestra. Durero, protestante, coloca sin embargo a Pablo en el primer plano. A Pablo se le representa frecuentemente como un evangelista, escribiendo sus epístolas. Aparece también enseñando; al fondo aparecen algunos navíos. Todos los episodios de su vida, de sus viajes, fueron objeto de ilustración. Durante la lapidación de san Esteban, Pablo guarda las vestiduras de los lapidadores (tímpano de la catedral de Saint-Étienne de bourges, siglo XIII).También se le representa mediante tres fuentes o manantiales.»(3)

Su llamado divino:

«En el año 36, camino a Damasco, tuvo una visión y se convirtió al cristianismo. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles y las epístolas paulinas fue gracias a una aparición de Cristo camino de la ciudad de Damasco, luego de la cual pide ser bautizado. » (4)

La enciclopedia wikipedia, en el relato de su conversión, comenta que «Un episodio clave en la biografía de Pablo de Tarso, sin el cual la historia del Cristianismo probablemente sería bien distinta, es su famosa conversión, que él llamaba en sus epístolas “vocación”.

Curiosamente, en las obras de arte y en la creencia popular se tiene la imagen de que Pablo se cayó de su caballo, cuando ni en las epístolas ni en los Hechos de los Apóstoles se menciona una caída de un caballo y, es más, pudiera tratarse de un anacronismo.

Según los Hechos de los Apóstoles “Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, más sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.” En sus epístolas no da detalles sobre este hecho, pero sí afirma que perseguía a los cristianos y que se le apareció Jesús “como a un aborto” (I Cor. 15:3-8).

Se ha sugerido que este fenómeno podría tratarse de un ataque epiléptico, pues la epilepsia puede ocasionar ceguera temporal y visiones místicas acompañadas de sentimiento de placer (epilepsia extática). También se ha comparado este relato con una experiencia cercana a la muerte, se ha dicho que podría haber sufrido un delirio como consecuencia de una insolación, etc. En contra de la hipótesis de una experiencia cercana a la muerte, puede decirse que la luz que se ve en este tipo de experiencias no causa ceguera, aunque no puede descartarse que la ceguera de Pablo sea metafórica y no física, en cuyo caso esta teoría sería más plausible. La hipótesis de una epilepsia del lóbulo temporal derecho es defendida, entre otros, por el neurobiólogo Francisco J. Rubio. Sin embargo, de tratarse de una epilepsia sería atípica, pues, siguiendo a este científico, los que sufren este mal relatan que han conectado con Dios si son creyentes (por ej..Santa Teresa de Jesús), mientras que los budistas hablan de iluminación, es decir, que suele haber cierta predisposición. En el caso de Saulo, sin embargo, resulta atípico que manifieste haber visto a Jesús cuando se dedicaba a perseguir a sus seguidores y se pase al enemigo. En cualquier caso, con independencia de si la visión en el camino de Damasco fue milagrosa o tiene explicación científica, el resultado es que Saulo de Tarso, que se dedicaba a “perseguir sobremanera” y “asolar” con “celo” las comunidades cristianas, según sus propias palabras (Gál. 1:13; Fil. 2:6)), se pasó al enemigo para ser el principal difusor del cristianismo arriesgando su vida, sufriendo encarcelamientos y, finalmente, morir decapitado en Roma.» (5)

 

La enciclopedia católica, en el relato de su  conversión y primeras empresas, comenta que «leemos en los hechos de los apóstoles tres relatos de la conversión de San Pablo. (Hch. 9:1-19; 22:3-21; 26:9-23) que presentan ligeras diferencias que no son difíciles de armonizar y que no afectan para nada la base del relato, perfectamente idéntica en sustancia. Verse J. Massie, “The Conversion of St. Paul” en “The Expositor”, 3ª serie, X, 1889, 241-62. Sabatier de acuerdo con los críticos más independientes ha dicho (L’Apotre Paul, 1896, 42): “Estas diferencias no pueden en absoluto alterar el hecho, el objeto narrado es extremadamente remoto no tratan ni siquiera de las circunstancias que rodearon el milagro sino con las impresiones subjetivas que los compañeros de San Pablo recibieron en esas circunstancias…” Utilizar esas diferencias para negar el carácter histórico del hecho es hacer violencia al texto adoptando una actitud arbitraria. Todos los esfuerzos hechos para explicar la conversión de San Pablo sin recurrir al milagro han fracasado. Las explicaciones naturalísticas se reducen a dos: o San Pablo creyó verdaderamente ver a Cristo mientras sufría una 7alucinación o creyó verlo solo a través de una visión espiritual que la tradición, recogida en los Hechos de los Apóstoles, convirtió luego en visión material. Renan lo explica todo por una alucinación debida a la enfermedad, y acaecida a causa de una combinación de causas morales como la duda, el remordimiento, el temor, y algunas causas físicas como la oftalmía, la fatiga, la fiebre, la transición rápida del desierto tórrido a los jardines frescos de Damasco, quizá en medio de una tormenta repentina acompañada de rayos y relámpagos. Esta combinación múltiple habría producido, según Renan, una conmoción cerebral con fase de delirio que San Pablo tomó de buena fe como la aparición de Cristo. Los otros partidarios de la explicación natural evitan la palabra alucinación pero caen, pronto o tarde, en la explicación de Renan la cual hacen más complicada. Por ejemplo Holsten, para el que la visión de Cristo es simplemente la conclusión de una serie de silogismos por los que Pablo se persuadió a sí mismo de que Cristo había verdaderamente resucitado. También Pfleiderer, para el que la imaginación juega un papel más importante: “Un temperamento nervioso, excitable; un alma violentamente agitada por las más terribles dudas; una fantasía de lo más vívido, llena de las terribles escenas de persecución por un lado, y por el otro con la imagen ideal del Cristo celeste; la proximidad de Damasco que implicaba la urgencia de la decisión, la intransigencia que lleva a la soledad, el calor cegador y dolorosísimo del desierto. De hecho, todo esto combinado, produjo un estado de éxtasis en los que el alma cree ver las imágenes y los conceptos que violentamente la agitan como si fueran fenómenos del mundo externo” (Lectures on the influence of the Apostle Paul on the development of Christianity, 1897, 43). Hemos citado a Pfleiderer palabra por palabra porque su explicación “sicológica” se considera la mejor que se haya desarrollado nunca. Y sin embargo, se ve fácilmente que es insuficiente e incluso en total contradicción con el documento escrito de los Hechos en tanto que testimonio expreso de San Pablo mismo:

(1) Pablo está seguro de haber “visto a” Cristo como los otros apóstoles lo hicieron (I Cor.19:1); él mismo declara que Cristo se le “apareció” (I Cor. 15:8) como a Pedro, Santiago o a los doce después de su resurrección.

(2) Él sabe bien que su conversión no es el fruto de ningún razonamiento humano, sino de un cambio imprevisto, repentino y radical debido a la gracia omnipotente (Gál. 1:12-15; I Cor. 15:10).

(3) Es falso atribuirle dudas, perplejidades o remordimientos antes de su conversión. Pablo fue detenido por Cristo cuando su furia alcanzaba el máximo furor (Hch 19:1-2); perseguía a la Iglesia “con celo” (Fil. 3:6), y fue acreedor de la gracia porque actuó con “ignorancia en su creencia de buena fe” (I Tim.1:13).

Todas la explicaciones sicológicas o no, carecen de valor ante estas afirmaciones, puesto que todos suponen que la causa de su conversión fue su fe en Cristo mientras que, según los testimonios concordantes de los Hechos y las Epístolas, fue la visión de Cristo la que motivó su fe. Después de su conversión, de su bautismo y de su cura milagrosa Pablo empezó a predicar a los judíos (Hch 19:19-20). Después se retiró a Arabia, probablemente a la región al sur de Damasco. (Gál. 1:17), indudablemente menos a predicar que a meditar las escrituras. A su vuelta a Damasco, las intrigas de los judíos le obligaron a huir de noche (II Cor. 11:32-33; Hch.19:23-25). Fue a Jerusalén a ver a Pedro (Gál.1:18), pero se quedó solamente quince días porque las celadas de los griegos amenazaban su vida. A continuación pasó a Tarso y allá se le pierde de vista durante seis años (Hch. 9:29-30; Gál.1:21). Bernabé fue en busca suya y lo trajo a Antioquía donde trabajaron juntos durante un año con un apostolado fructífero. (Hch. 11:25-26). También juntos fueron enviados a Jerusalén a llevar las limosnas para los hermanos de allá con ocasión de la hambruna predicha por Agabus (Hch.11:27-30). No parecen haber encontrado a los apóstoles allí esta vez ya que se encontraban dispersos a causa de la persecución de Herodes.»(6)

Bautismo y Recepción del Espíritu Santo:

San Pablo iba a perseguir a los cristianos de Damasco, y en el camino se vio de repente rodeado de una gran luz, cayó en tierra, y quedó ciego. Y oyó una voz que le decía: 

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. (9:4-5 RVA 1960).

Y después es que viene el Pentecostés de San Pablo, en Hechos capítulo 9:15-19. Ananías le impuso las manos, y San Pablo recibió el Espíritu Santo y recobró la vista… y después se fue bautizado y tomó alimento y se repuso.

“El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco.” (Hch. 9:15-19 RVA 1960)

 

Martirio de san Esteban.

Pintura de Gabliardi Pietro (1809-1890).

Ministerio:

La enciclopedia Wikipedia, nos comenta acerca de los comienzos del ministerio del apóstol Pablo: «Comenzó su actividad de evangelización cristiana en Damasco y Arabia. Es perseguido por los judíos y huye a Jerusalén, donde es visto por Bernabé quien lo lleva con Pedro y con Santiago el Hermano del Señor en el año 36. Huye de Jerusalén, escapando de los judíos de habla Griega. Se lo llevan a Cesarea y es enviado a refugiarse en Tarso.  Bernabé acude a Tarso y se va con Pablo a Antioquía, donde pasaron un año evangelizando. Antioquía se convierte en el centro de los cristianos convertidos desde el paganismo. Aquí surge por primera vez la denominación de cristianos para los discípulos de Jesús.»(7)

Luego, esta enciclopedia, continúa relatando los tres viajes misioneros del apóstol Pablo:

«A partir del año 46 comienzan los tres grandes viajes misioneros de Pablo. Este periodo de doce años (45-57) fue el más activo y fructífero de su vida. Comprende tres grandes expediciones apostólicas de las que Antioquía fue siempre el punto de partida y que, invariablemente, terminaron por una visita a Jerusalén.»(8)

(1) Primera misión (Hch. 13: 1- 14: 27)

Introducción:

A. Primer viaje misional:

«Junto con Bernabé y su primo Juan Marcos, parte de Seleucia, puerto de Antioquía hacia la isla de Chipre. En Pafos, se convierte al cristianismo el procónsul romano Sergio Pablo. Es aquí donde Saulo comienza a ser llamado Pablo (o el más pequeño). Navegan hacia Perge, en la región de Panfilia. Juan Marcos regresa a Jerusalén. Pablo y Bernabé continúan por el sur de Galacia. Encuentran mala acogida por parte de los judíos, y deciden dirigirse a los paganos. Crean varias comunidades cristianas. Los cristianos procedentes del judaísmo plantean la idea de que estos nuevos cristianos deberían aceptar también las leyes judías, como la circuncisión. Pablo decide plantear la cuestión en Jerusalén a su regreso en el año 49, ante los apóstoles. Esto dio lugar al primer concilio, el Concilio de Jerusalén, del año 50. Triunfó la postura de Pablo, sobre no imponer rituales judíos a los conversos gentiles» (9)

«Enviado por el Espíritu para la evangelización de los gentiles, Bernabé y Saulo embarcaron con destino a Chipre, predicaron en la sinagoga de Salamina, cruzaron la isla de este a oeste siguiendo sin duda la costa sur y llegaron a Pafos, residencia del procónsul Sergio Paulo, donde tuvo lugar un cambio repentino. Después de la conversión del procónsul romano, Saulo, repentinamente convertido en Pablo, es citado por San Lucas antes de Bernabé y asume ostensiblemente la dirección de la misión que hasta entonces había ejercido Bernabé. Los resultados de este cambio son rápidamente evidentes. Pablo comprende que, al depender Chipre de Siria y Cilicia, la isla entera se convertiría cuando las dos provincias romanas abrazaran la fe de Cristo. Escogió entonces el Asia Menor como campo de su apostolado y se embarcó en Perge de Panfilia, once kilómetros por encima del puerto de Cestro. Fue entonces cuando Juan Marcos, primo de Bernabé, desanimado quizás por los ambiciosos proyectos del apóstol, abandonó la expedición y volvió a Jerusalén, mientras que Pablo y Bernabé trabajaban solos entre las arduas montañas de Pisidia, infestadas de bandidos y atravesaron profundos precipicios. Su destino era la colonia romana de Antioquía, situada a siete días de viaje desde Perge. Aquí, Pablo habló del destino divino de Israel y del providencial envío del Mesías, un discurso que San Lucas reproduce en sustancia como ejemplo de una predicación en la sinagoga. (Hch.13:16-41). La estancia de los dos misioneros en Antioquía fue lo suficientemente larga como para que la palabra del Señor fuera conocida a través de todo el país. (Hch.13:49). Cuando los judíos consiguieron con sus intrigas un decreto de destierro, continuaron hacia Iconium, distante tres o cuatro días de viaje, donde encontraron la misma persecución por parte de los judíos y la misma acogida por parte de los gentiles. La hostilidad de los judíos los forzó a buscar refugio en la colonia romana de Listra, distante como unos veinticinco kilómetros. Aquí, los judíos de Antioquía y de Iconium dejaron celadas para Pablo y, habiéndolo apedreado lo dejaron por muerto, mientras que él logró una vez más escapar buscando esta vez refugio en Derbe, situada alrededor de sesenta kilómetros de la provincia de Galacia. Después de completar su circuito, los misioneros volvieron sobre sus pasos para visitar a los nuevos cristianos, ordenaron algunos sacerdotes en cada una de las iglesias fundadas por ellos y al fin volvieron a Perge, donde se detuvieron a predicar de nuevo el Evangelio, mientras que esperaban quizá la oportunidad de embarcar para Atalia, un puerto a dieciocho kilómetros de allá. Al volver a Antioquía de Siria, después de una ausencia que había durado tres años, fueron recibidos con muestras de gozo y de acción de gracias pues que Dios les había abierto las puertas de la fe al mundo de los gentiles.
El problema del estatuto de los gentiles en la Iglesia se hizo entonces sentir en toda su agudeza. Algunos judeocristianos que venían de Jerusalén reclamaron el que los gentiles fueran sometidos a la circuncisión y tratados como los judíos trataban a los prosélitos. Contra esta opinión, Pablo y Bernabé protestaron y se decidió convocar una reunión en Jerusalén para resolver el asunto En esta asamblea, Pablo y Bernabé representaron a la comunidad de Antioquía. Pedro defendió la libertad de los gentiles, Santiago insistió en lo contrario, pidiendo al mismo tiempo que se abstuvieran de algunas de las cosas que más horrorizaban a los judíos. Al fin se decidió que los gentiles estaban exentos de la ley de Moisés primeramente. En segundo lugar, que los de Siria y Cilicia deberían abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. En tercer lugar, que su decisión no era promulgada en virtud de la ley de Moisés sino que era dada en nombre del Espíritu Santo, lo que significaba el triunfo de las ideas de San Pablo. La restricción impuesta a los gentiles convertidos procedentes de Siria y Cilicia no se aplicaba a sus iglesias y Tito, su compañero, no fue apremiado a circuncidarse, a pesar de las protestas de los judaizantes (Gál.2: 3-4). Se asume aquí que Gál. 2, y Hch. 15, relatan el mismo hecho puesto que, de un lado, los actores son los mismos Pablo y Bernabé, y por el otro Pedro y Santiago; la discusión es la misma, la cuestión de la circuncisión de los gentiles; la escena idéntica Antioquía y Jerusalén; y la fecha idéntica: Alrededor del 50 d.C.; y el resultado uno solo: la victoria de Pablo sobre los judaizantes. Sin embargo, la decisión no fue adelante sin dificultades. El asunto no concernía solamente los gentiles y, mientras que se les exoneraba de la ley de Moisés, se declaraba al mismo tiempo que hubiera sido más meritorio y más perfecto para ellos el observarla, puesto que el decreto parece haber complacido a los prosélitos judíos de la segunda generación. Además, los judeocristianos, que no habían sido incluidos en el veredicto, podían seguir considerándose como ligados por la observancia de la ley. Este fue el origen de la disputa que surgió inmediatamente después en Antioquía entre Pedro y Pablo. Este último enseñó abiertamente que la ley había sido abolida para los judíos mismos. Pedro no pensaba de otro modo, pero consideró oportuno evitar la ofensa a los judaizantes e impedirles que comer con los gentiles que no observaban las prescripciones de la ley. Así, influenció moralmente a los gentiles a vivir como los judíos lo hacían, Pablo hizo ver que esta restricción mental y este oportunismo preparaban el camino de futuros malentendidos y conflictos, y que, incluso, tenía entonces, tendría nefastas consecuencias. Su forma de relatar estos incidentes no deja la menor duda de que Pedro fue persuadido por sus argumentos. (Gál.2:11-20).»(10)

 

 (2) Segunda misión (Hch. 15:36-18:22)

«En el segundo viaje misionero, Pablo se hace acompañar por Silas. Parten de Antioquia, por tierra, hacia Siria y Cilicia, llegando al sur de Galacia. En Listra, se les une Timoteo. Atraviesan las regiones de Frigia y Misia. Al parecer, se les une Lucas el Evangelista en Tróade. Decide ir a Europa, y en Macedonia funda la primera comunidad cristiana europea: la comunidad de Filipos. También en Tesalónica, Berea, Atenas y Corinto. Se queda durante año y medio en Corinto, acogido por Aquila y Priscila, matrimonio judeo-cristiano que había sido expulsado de Roma debido al edicto del emperador Claudio. En invierno del año 51 escribe la primera carta a los tesalonicenses, el documento más antiguo del Nuevo Testamento. Al año siguiente vuelve a Antioquía.»(11)

«El principio de la segunda misión se caracterizó por una discusión a propósito de Marcos, que Pablo rechazó como compañero de viaje. Así pues, Bernabé partió con Marcos el de Chipre y Pablo escogió a Silas o Silvano, un ciudadano romano como él y miembro influyente de la Iglesia de Jerusalén, y partió para Antioquía a fin de llevar el decreto del consejo apostólico. Los dos misioneros fueron primero de Antioquía a Tarso, con un alto en el camino para promulgar el decreto del primer Concilio de Jerusalén, y luego fueron de Tarso a Derbe a través de las puertas de Cilicia, de los desfiladeros de Tarso y de las llanuras de Licaonia. La visita de las iglesias fundadas en la primera misión se realizó sin incidentes si no es a propósito de la elección de Timoteo, que los apóstoles en Listra persuadieron para que se circuncidara para mejor llegar a las colonias de judíos, numerosos en estas plazas. Fue probablemente en Antioquía de Pisidia, aunque los Hechos no mencionan tal lugar, donde el itinerario de la misión fue cambiado por intervención del Espíritu Santo. Pablo pensó en entrar en la provincia de Asia por el valle del Meandro, lo que le permitiría un solo día de viaje, y sin embargo, pasaron a través de Frigia y Galacia pues el Espíritu les prohibió predicar la palabra de Dios en Asia. (Hch. 16:6). Estas palabras (ten phrygian kai Galatiken choran) pueden interpretarse de forma diversa, dependiendo de si se quiere decir Gálatas del norte o del sur  Sea como sea, los misioneros hubieron de viajar hacia el norte en la región de Galacia llamada así en propiedad y cuya capital era Pesinonte, y la única cuestión pendiente es si predicaron o no en ella. No pensaron en hacerlo aunque sabemos que la evangelización de los Gálatas fue debida a un accidente, el de la enfermedad de San Pablo (Gál. 4:13); lo que va muy bien si se trata de los gálatas del norte. En cualquier caso, los misioneros después de alcanzar la Misia Superior (kata Mysian), intentaron llegar a la rica provincia de Bitinia, que se extendía ante ellos pero el Espíritu Santo se lo impidió (Hch. 16:7). Así es que atravesaron Misia sin pararse a predicar (parelthontes) y llegaron a Alejandría de Tróade, donde la voluntad de Dios les fue revelada por la visión de un macedonio que los llamaba pidiendo auxilio para su país.  Pablo continuó a utilizar sobre suelo europeo los métodos de predicación que había utilizado desde el principio. Hasta donde fue posible, concentró sus esfuerzos en metrópolis desde las que la fe se extendería hacia ciudades de segundo rango y, finalmente a las áreas rurales. Allí donde encontraba una sinagoga, empezaba por predicar en ella a los judíos y prosélitos que estaban de acuerdo en escucharle. Cuando la ruptura con los judíos era irreparable, lo que ocurría más pronto o más tarde, fundaba una nueva iglesia con sus neófitos en tanto que núcleo. Permanecía entonces en la misma ciudad a no ser que una persecución se declarase, normalmente a causa de las intrigas de los judíos. Existían, sin embargo, algunas variantes del plan. En Filipo, donde no había sinagoga, la primera predicación tuvo lugar en un puesto llamado el proseuche lo que los gentiles tomaron como motivo de persecución. Pablo y Silas, acusados de alterar el orden público, recibieron palos, fueron arrojados en prisión y finalmente exilados. Pero en Tesalónica, y Berea, donde se refugiaron después de lo de Filipo, las cosas se desarrollaron según el plan previsto. El apostolado de Atenas fue absolutamente excepcional. Aquí no se planteaba el problema de los judíos o de la sinagoga, y Pablo, en contra de su costumbre, estaba solo. (I Tes. 3:1). Desarrolló de cara al areópago una especie de discurso del que se conserva un resumen en Hch. 17:23-31 como un modelo en su género. Parece haber dejado la ciudad de grado, sin haber sido forzado a ello por la persecución. La misión de Corinto, por otro lado, puede ser considerada como típica. Pablo predicó en la sinagoga todos los sábados y cuando la oposición violenta de los judíos le negó la entrada, se retiró a una casa próxima, propiedad de un prosélito llamado Tito Justo. De esta forma prolongó su apostolado por dieciocho meses mientras los judíos atentaron contra él en vano; fue capaz de resistir gracias al a actitud, por lo menos imparcial si no favorable, del procónsul Galio. Finalmente, decidió irse a Jerusalén de acuerdo con un voto hecho quizá en un momento de peligro. Desde Jerusalén, de acuerdo con su costumbre, volvió a Antioquía. Las dos epístolas a los tesalonicenses se escribieron durante los primeros meses de la estadía en Corinto.» (12)  

(3) Tercera misión (Hechos 18:23- 21:26)

«En primavera del año 54 inicia su tercer viaje misionero, estableciendo su centro de operaciones en Éfeso, capital de Asia Menor. Permanece allí unos tres años. Le llegan noticias de los conflictos surgidos en la comunidad de Corinto. Escribe la primera carta a los corintios en el año 54 y la segunda carta a los corintios a finales del 57. Atendiendo a los conflictos con los judeo-cristianos, escribe las cartas a los filipenses (año 57) y a los gálatas. Va a Corinto a finales del 57, donde pasa el invierno. Escribe la carta a los romanos, en la primavera del 58. Vuelve entonces a Jerusalén para entregar la colecta de las comunidades cristianas procedentes del paganismo, destinada a los pobres de las comunidades de Jerusalén. Judíos procedentes de Antioquia lo acusan de violar la Ley e intentan matarlo en una reyerta. El tribuno romano impide que lo maten y lo encarcela. Es enviado a la provincia de Judea, donde el procurador Antonino Félix lo retiene durante dos años (del 58 al 60) a la espera de conseguir un rescate por su libertad. Porcio Festo sucede a Antonino Félix como procurador de Judea. Pablo apela a su derecho, como ciudadano romano, a ser juzgado en Roma. Tras un accidentado viaje, llega a Roma en primavera del año 61. Es liberado en el 63. Su carta a Filemón se supone escrita en este periodo de cautividad, entre el 58 y el 63. Había expresado sus deseos de llegar, lo cual posiblemente se cumplió en el año 63. Al parecer, después visitó las comunidades de Oriente. Volvió a ser apresado en Roma durante las persecuciones de Nerón. » (13)

«Fue sentenciado a muerte, por lo que fue decapitado hacia el año 67. Por tener la ciudadanía romana, gozó del privilegio de la decapitación, ya que el suplicio de la cruz estaba destinado a quien no era romano. Según la tradición, la cabeza rodó por el suelo y lo golpeó tres veces, y de allí donde chocó, surgió una vía de agua. Fue enterrado en la vía Ostiense de Roma. El 11 de diciembre de 2006 el Vaticano anunció el descubrimiento del sarcófago de San Pablo tras cuatro años de excavaciones arqueológicas bajo el altar mayor de la basílica que lleva su nombre.»(14)

La enciclopedia católica nos relata los acontecimientos del tercer viaje del apóstol Pablo:

«El destino del tercer viaje de Pablo fue evidentemente Éfeso, donde Aquila y Priscila lo esperaban. El había prometido a los efesios volver a evangelizarlos si tal era la voluntad de Dios (Hch.18:19-21) y el Espíritu Santo no se opuso más a su entrada en Asia Así es que, después de una breve visita a Antioquía se fue a través de Galacia y de Frigia. (Hch 18:23) y pasando a través de las regiones del “Asia Central” llegó hasta Éfeso (Hch. 19:1). Su manera de proceder permaneció intacta. Para ganarse la vida y no ser una carga para los fieles, tejió todos los días durante muchas horas muchas tiendas, lo que no le impidió el predicar el Evangelio. Como de costumbre, empezó en la sinagoga donde tuvo éxito durante los primeros meses. Después enseñó diariamente en un aula puesta a su disposición por un cierto Tirano “desde la hora quinta a la décima” (de las once de la mañana a las cuatro de la tarde) de acuerdo con la interesante tradición del “Codex Bezaar” (Hch. 19:9). Así vivió por dos años de tal forma que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra de Dios. (Hch. 19: 20). Por supuesto que hubo pruebas que sufrir y obstáculos que superar. Algunos de esos obstáculos surgieron de la envidia de los judíos, que intentaron inútilmente imitar los exorcismos de Pablo, otros vinieron de la superstición de los paganos, particularmente acentuada en Éfeso. Sin embargo, triunfó de una manera tan clara que los libros de superstición que fueron quemados tenían un valor de 50.000 monedas de plata. (una moneda correspondía aproximadamente a un día de trabajo). Esta vez, la persecución fue debida a los gentiles y fue por motivos interesados. Los progresos del cristianismo arruinaron la venta de las pequeñas reproducciones del templo de Diana y las de la diosa misma, estatuillas muy compradas por los peregrinos, con lo que un cierto Demetrio, en cabeza de los orfebres, arengó a la plebe contra San Pablo. San Lucas describió con realismo y emoción la escena, transpuesta luego al el teatro. (Hch 19: 23-40). El apóstol tuvo que rendirse a la tormenta. Después de una estancia de dos años y medio, quizá más, en Éfeso (Hch. 20:31: trietian), partió para Macedonia y de allí para Corinto, donde pasó el invierno. Su intención fue la de seguir en primavera para Jerusalén, sin duda para Pascua, pero al saber que los judíos habían planeado atentar contra su vida, no les dio la oportunidad de hacerlo al viajar por mar, volviéndose por Macedonia. Muchos discípulos, divididos en dos grupos, lo acompañaron o lo esperaron en Tróade. Entre otros, se encontraban Sopater de Berea, Aristarco y Segundo de Tesalónica, Gayo de Derbe, Timoteo, Tichico y Trófimo de Asia, y finalmente Lucas, el historiador de los Hechos, que nos da todos los detalles del viaje: Filipo, Tróade, Aso, Mitilene, Jíos, Samos, Mileto, Cos, Rodas, Pátara, Tiro, Tolemaida, Cesárea y Jerusalén. Podríamos citar aún tres hechos notables: en Tróade Pablo resucitó al joven Eutiquio que se había caído de la ventana de un tercer piso mientras que Pablo predicaba tarde por la noche. En Mileto pronunció un discurso emotivo que arrancó las lágrimas a los ancianos de Éfeso. (Hch. 20:18-38). En Cesárea el Espíritu Santo predijo por la boca de Agabo que sería arrestado, lo que no le disuadió de ir a Jerusalén. Cuatro de las más grandes epístolas de San Pablo fueron escritas durante esta tercera misión: la primera a los corintios desde Éfeso, alrededor de la Pascua antes de su salida de la ciudad; la segunda a los corintios desde Macedonia durante el verano o el otoño del mismo año; a los romanos desde Corinto en la primavera siguiente; la fecha de la epístola a los gálatas es objeto de controversia. De la muchas cuestiones a propósito de la ocasión o del lenguaje de las cartas o de la situación de los destinatarios de las mismas» (15)

Los milagros

El portal rincondelvago, comenta a modo de narración, como fueron seguramente algunos de los relatos de los milagros del Apóstol Pablo:

1.       La ceguera del mago Emilias

Al llegar a Salamina, se pusieron a anunciar la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan como auxiliar. Atravesaron toda la isla de Pafos y encontraron a un mago seudo profeta judío llamado Bar Jesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre prudente, el cual llamó a Bernabé y a Pablo deseoso de oír la Palabra de Dios. Pero Emilias, el mago (tal es el significado de su nombre), se les oponía procurando apartar al procónsul de la fe. Entonces Pablo lleno del Espíritu Santo, clavó en él sus ojos y le dijo:”Embustero, malvado hijo del diablo, enemigo de toda justicia ¿cuándo vas a cesar de hacer tortuosos los rectos caminos del Señor? Pues ahora el Señor está sobre tí; te vas a quedar ciego sin ver el sol durante cierto tiempo”.Y en el mismo tiempo se quedó sumergido en la oscuridad y en las tinieblas; y, dando vueltas, buscaba quien lo llevara de la mano. Entonces el procónsul, viendo lo que había sucedido, creyó, lleno de admiración por la doctrina del Señor.

2.       El cojo de Listra

En Listra había un hombre imposibilitado de los pies, sentado; cojo de nacimiento, jamás había andado. Oyó hablar a Pablo, el cual, mirándolo fijamente y viendo que tenía fe para ser curado, dijo en alta voz:”Levántate y tente derecho sobre tus pies”.El dió un salto y echo a andar. La gente al ver lo que había hecho Pablo, se puso a gritar en licaonio:”Los dioses, en forma humana, han descendido a nosotros”.Y llamaban a Bernabé Júpiter y a Pablo Mercurio, porque era el más elocuente. El sacerdote de Júpiter, que estaba a la entrada de la ciudad, llevó toros adornados con guirnaldas ante las puertas, y, en unión de la muchedumbre, quería ofrecerles un sacrificio. Cuando se enteraron de ello los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus vestidos y se lanzaron entre la gente gritando “Amigos ¿por qué hacéis esto? Nosotros somos hombre como vosotros, que hemos venido a anunciaros que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo, que ha hecho el cielo, la tierra y todo lo que hay en ellos. El cual ha permitido en las pasadas generaciones que todas las naciones siguiesen sus caminos; sin embargo, no ha cesado jamás de dar testimonio de sí mismo haciendo el Bien, mandándoos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas y saciándolos de comida y llenando vuestros corazones de felicidad”.Con estas palabras lograron a duras penas impedir que la gente les ofreciera un sacrificio.

3.       La picadura de la víbora

En la isla de Malta, los indígenas nos trataron con una humildad poco común; como estaba lloviendo y hacía frío, encendieron una hoguera y nos invitaron a calentarnos.

Pablo recogió un montón de ramaje y, al echarlo al fuego, una víbora, que escapaba de las llamas, le mordió la mano. Cuando los indígenas vieron la víbora colgando de su mano, se decían unos a otros:”Este hombre es ciertamente un asesino; se ha librado del mar, pero la justicia divina no le permite vivir”.Mas él se sacudió la víbora, la echó al fuego y no sufrió daño alguno. Ellos esperaban que se le hinchara la mano y cayese muerto de repente; pero después de un largo rato sin que le pasara nada, cambiaron de parecer y decían que era un Dios.

Cerca de allí tenía una finca el principal de la isla, llamado Publio, el cual nos acogió durante tres días con afectuosa hospitalidad. El padre de Publio estaba en cama, atacado de fiebre y disentería .Pablo lo visitó; rezó, le impuso las manos y lo curó. Ante esto, los demás isleños enfermos acudieron también y fueron curados. Nos tributaron muchos honores y, al marchar, nos suministraron todo lo necesario.

4.       El resucite del pajecillo del emperador

Una tarde, mientras el apóstol predicaba desde una terraza ante una enorme multitud, cierto pajecillo del emperador, llamado Patroclo, deseando ver y oír perfectamente al predicador, cosa que no resultaba fácil para él por la innumerable muchedumbre que llenaba la plaza, se encaramó en una ventana situada a considerable altura; un rato después el muchacho se quedó adormecido, se cayó al suelo y se mató. Cuando Nerón recibió la noticia de aquel paje, al que profesaba singular cariño, había muerto, afligióse sobremanera e inmediatamente nombró a otro para que ocupara el puesto que el difunto había dejado vacante. San Pablo, por revelación interior, tuvo conocimiento de todo este suceso, y al instante rogó a algunos de su auditorio que llevaran en seguida a donde él estaba el cuerpo de Patroclo, y en cuanto se lo llevaron resucitó al pajecillo favorito del emperador y le aconsejo que, sin pérdida de tiempo, acompañado por algunos compañeros suyos, se presentase ante el César. Hallábase este llorando amargamente la muerte de su querido paje, cuando alguien procedente de la calle irrumpió en la estancia del emperador y le comunicó que Patroclo estaba vivo. Nerón, al enterarse de que el jovencillo había resucitado, se llenó de miedo y dio la orden de que no se le permitiera la entrada a palacio al mancebo, momentos después, persualizado por algunos de sus consejeros, accedió a recibir al difunto vuelto a la vida, y cuando lo tuvo ante sí, le preguntó:

-Patroclo, ¿es verdad que estás vivo? ¿Quién te resucitó?

-Verdad es, señor. Jesucristo, Rey de todos los siglos.

Esta respuesta disgustó mucho a Nerón, quien, visiblemente encolerizado replicó:

-¿Quieres decir que ese Cristo reinara perpetuamente y someterá a su dominio a los demás reinos del mundo?

-Si, césar; eso es lo que quiero decir-Declaró Patroclo.» (16)

Ministerio Literario:

La enciclopedia wikipedia, detalla acerca del ministerio literario del Apóstol Pablo:

«Se atribuyen a Pablo catorce cartas o epístolas, llamadas comúnmente “las Cartas Paulinas”, a saber:

  • A los Romanos
  • Primera a los Corintios
  • Segunda a los Corintios
  • A los Gálatas
  • A los Efesios
  • A los Filipenses
  • A los Colosenses
  • Primera a los Tesalonicenses
  • Segunda a los Tesalonicenses
  • Primera a Timoteo
  • Segunda a Timoteo
  • A Tito
  • A Filemón.
  • A los Hebreos

De estas 14 epístolas, existe consenso en que las 7 señaladas en negrita son auténticamente paulinas. Respecto a la Epístola a los Hebreos, los eruditos críticos (no cristianos) y la Iglesia Católica están de acuerdo en que no es de autoría paulina, lo que no es obstáculo para que la Iglesia Católica y las iglesias evangélicas la consideren un texto válido y lo incluya en el canon bíblico.

Del resto, no existe acuerdo sobre si son de autoría paulina o han sido escritas por colaboradores o discípulos de Pablo. Según Antonio Piñero, en su libro “Guía para entender el Nuevo Testamento”, una mayoría (que no unanimidad) de estudiosos cree que no son paulinas las epístolas a Timoteo y a Tito (las llamadas epístolas pastorales), mientras que sobre las epístolas a los Colosenses, Efesios y Segunda a los Tesalonicenses las opiniones están más divididas.»(17)

Los Hechos Apócrifos de San Pablo

La enciclopedia católica explica acerca del trabajo del El profesor Schmidt, respecto al documento arqueológico de “Los Hechos Apócrifos de San Pablo”

«El profesor Schmidt publicó una fotocopia, una trascripción, una traducción alemana, y un comentario de un papiro copto compuesto por 2000 fragmentos que él clasificó, yuxtapuso y descifró a costa de una ardua labor. (”Acta Pauli aus der Heidelberger koptischen Papyrushandschrift Nr. 1″, Leipzig, 1904, y “Zusatze” etc., Leipzig, 1905). La mayor parte de los críticos tanto católicos (Duchesne, Bardenhewer, Ehrhard etc.) como protestantes (Zahn, Harnack, Corssen etc.), creen que los fragmentos constituyen los verdaderos “Hechos de San Pablo” si bien el texto publicado por Schmidt, con numerosas lagunas, no representa sino una pequeña parte del trabajo original. Este descubrimiento modificó las ideas, generalmente aceptadas, sobre los orígenes, el contenido y el valor de estos Hechos apócrifos, y legitima además la conclusión de que las tres antiguas redacciones que han llegado hasta nosotros formaban parte integrante de la “Acta Pauli” o, más exactamente, “Acta Pauli et Theclae”, de la que la mejor edición es la de Lipsius, (”Acta Apostolorum apocrypha”, Leipzig, 1891, 235-72), un “Martyrium Pauli” conservado en griego con un fragmento que también existe en latín (op.. cit., 104-17), y una carta de los Corintios a Pablo con su correspondiente respuesta, cuya versión armenia ha sido conservada (cf. Zahn, “Gesch. des neutest. Kanons”, II, 592-611), y el texto latino descubierto por Berger en 1891 (d. Harnack, “Die apokryphen Briefe des Paulus an die Laodicener und Korinther”, Bonn, 1905). Con gran sagacidad, Zahn previó este resultado con respecto a estos dos últimos documentos y, la manera con la que San Jerónimo habla de los periodoi Pauli et Theclae (De viris ill., vii) podría permitir la misma conjetura con respecto al primero. Otra consecuencia del descubrimiento de Schmidt’s es no menos interesante. Lipsius sostuvo y, hasta ahora fue la opinión más extendida, que junto a los Hechos canónicos hubieran existido previamente otros “Hechos de San Pablo” gnósticos, bien que ahora todo tiende a probar que esto últimos nunca existieron. De hecho, Orígenes cita como autoridad los “Hechos de San Pablo” dos veces (”In Joann.”, XX, 12; “De princip.”, II, i, 3); Eusebio (Hist. Eccl., III, iii, 5; XXV, 4) los coloca entre los libros dudosos, al igual que el “Pastor” de Hermas, el “Apocalipsis de Pedro”, la Epístola de Bernabé y la Didaché.  La esticometría del “Codex Claromontanus” (fotografiada en Vigouroux, “Dict. de la Bible”, II, 147) lo coloca después de los libros canónicos. Tertuliano y San Jerónimo, bien que poniendo de relieve el carácter legendario de estos escritos, no ponen en duda su ortodoxia. El propósito preciso de la correspondencia de San Pablo con los corintios (que forma parte de los “Hechos”) fue el oponerse a los gnósticos Simón y Cleobio. Pero no hay razón para admitir la existencia de unos “Hechos” heréticos que hubieran sido perdidos después sin esperanza, puesto que todos los detalles dados por los autores antiguos se encuentran verificados en los “Hechos” que han llegado hasta nosotros o por lo menos coinciden bastante bien con ellos. He aquí una posible explicación del malentendido: Los maniqueos y los priscilianos hicieron circular una colección de cinco “Hechos” apócrifos de los que cuatro se encontraban viciados de herejía mientras que el quinto correspondía precisamente con los “Hechos de San Pablo”. Los “Acta Pauli” debieron su mala fama de heterodoxia a su asociación con los otros cuatro como atestiguan autores más recientes tales como Filastro (De haeres., 88) y Focio (Cod., 114). Tertuliano (De baptismo, 17) y San Jerónimo (De vir. ill., vii) denuncia el carácter fabuloso de los “Hechos” apócrifos de San Pablo; este juicio severo se confirma ampliamente examinando los fragmentos publicados por Schmidt. Se trata de un trabajo en el que lo improbable rivaliza con lo absurdo. El autor, que conocía bien los Hechos canónicos de los Apóstoles, coloca la acción en los sitios que realmente visitó San Pablo (Antioquía, Iconio, Mira, Perge, Sidón, Tiro, Éfeso, Corinto, Filipo, Roma), pero, por otro lado, da rienda libre a su fantasía. Su cronología es totalmente imposible. De las sesenta y seis personas mencionadas pocas son conocidas y, las que se conocen, se comportan de una manera totalmente irreconciliable con las afirmaciones de la Hechos canónicos. En dos palabras, si los Hechos canónicos son verdaderos, los apócrifos son falsos. Ello no implica que todos los detalles de los mismos lo sean, pero para afirmar que tengan fundamento histórico se necesita una autoridad independiente del texto. » (18)

Cronología: (19)

La enciclopedia católica relata los detalles cronológicos de la vida del aposto San Pablo:

«Si, de acuerdo con una opinión casi unánime, admitimos que los Hechos XV y Gál., ii, 1-10, se refieren al mismo hecho, se verá que transcurre un intervalo de diecisiete años incompletos (o al menos de dieciséis) entre la conversión de San Pablo y el Concilio Apostólico, pues que Pablo visitó Jerusalén tres años después de su conversión. (Gál., i, 18) y volvió después de catorce años para la reunión tenida según las observancias legales (Gál., ii, 1: “Epeita dia dekatessaron eton“). Es verdad que algunos autores incluyen los tres años previos a la visita en el total de catorce, pero esta explicación parece forzada. Por otro lado, doce o trece años pasaron entre el Concilio Apostólico Por otra parte, pasaron  doce o trece años después de Concilio Apostólico hasta el fin de la cautividad, dado que la cautividad duró casi cinco años (más dos en Cesárea, Hechos, xxiv, 27, seis meses de viaje incluyendo la parada de Malta, dos años en Roma, Hechos, xxviii, 30); la tercera misión duró no menos de cuatro años y medio (de los que tres pasaron en Éfeso, Hechos, xx, 31, y uno entre la salida de Éfeso y la llegada a Jerusalén, I Cor., xvi, 8; Hechos, xx, 16, y seis meses como mínimo para el viaje a la tierra de los Gálatas, Hechos, xviii, 23); Mientras que la tercera misión duró algo más de tres años (dieciocho meses en Corinto, Hechos, xviii, 11, y el resto para la evangelización de Galacia, Macedonia y Atenas, Hechos, xv, 36-xvii, 34). Así es que desde su conversión hasta el final de la primera cautividad tenemos un total de veintinueve años. Así pues, su pudiéramos encontrar un punto de sincronismo entre un hecho de la vida de San Pablo y un acontecimiento cualquiera de la historia profana fechada, nos sería sencillísimo reconstruir completamente la cronología paulina.. Desgraciadamente, este deseo no ha sido nunca realizado con seguridad, a pesar de los muchos intentos hechos por los expertos, especialmente en los tiempos recientes. No están desprovistos de interés algunos intentos fallidos, porque el descubrimiento de una inscripción o de una moneda podría un día transformar una fecha aproximada en un punto absolutamente cierto. Podría tratarse de los contactos de Pablo con Sergius Paulus, procónsul de Chipre, al rededor del año 46 (Hechos, xiii, 7), el encuentro en Corinto con Aquila y Priscila, que había sido expulsada de Roma hacia el 51 (Hechos, xviii, 2), el encuentro con Galio, procónsul de Acaya, hacia el 53 (Hechos, xviii, 12), el discurso de Pablo ante el gobernador Félix y su mujer Drusila hacia el 58 (Hechos, xxiv, 24). Todos estos acontecimientos coinciden con la cronología general del apóstol en cuanto se trata de fechas aproximadas, pero no dan resultados de precisión. Sin embargo, tres sincronismos parecen fundamentar una base firme:

a.      La ocupación de Damasco por el enarca del rey Aretas y la huida del apóstol  tres años después de su conversión. (II Cor. 11:32-33; Hch. 9:23-26): Existen monedas damascenas con la efigie de Tiberio del año 34 que prueban que en aquel tiempo la ciudad pertenecía a los romanos. Es imposible pensar que Aretas la hubiera recibido como un regalo de Tiberio, dado que este último, especialmente en sus últimos días, fue hostil al rey de los nabatenses al que Vitellius, gobernador de Siria, se le ordenó atacar (Joseph., “Ant.”, XVIII, v, 13); tampoco Aretas podría haberla conquistado él mismo por la fuerza dado que, aparte lo inverosímil de una agresión directa contra los romanos, la expedición de Vitellius no fue dirigida en primer lugar contra Damasco sino contra Petra. No fue pues descabellado imaginar por un momento que Calígula la hubiera cedido en el momento de su accesión, dado como era a tales caprichos. (10 de marzo del 37). De hecho, no se sabe nada sobre las monedas imperiales de Damasco con fechas entre Calígula y Claudio. De acuerdo con esta hipótesis, la conversión de San Pablo no habría sido anterior al año 34, ni tampoco su fuga de Damasco, ni su primera visita a Jerusalén habrían sido anteriores al año 37.

b.      La muerte de Agripa, la hambruna en Judea, la misión de Pablo y Bernabé en Jerusalén para llevar allá las limosnas de la iglesia de Antioquía (Hechos 11:27-12:25): Agripa murió poco después de pascua (Hechos, xii, 3, 19), cuando estaba celebrando en Cesárea las solemnes festividades en honor de Claudio por su reciente retorno de Bretaña en el tercer año de su reino, que había empezado en el 41 (Josefo, “Ant.”, XIX, vii, 2). Estos hechos combinados nos llevan al año 44, año en el que precisamente Orosio (Hist., vii, 6) sitúa la hambruna que desoló Judea. Josefo la sitúa algo después, bajo el procurador Tiberio Alejandro (alrededor del 46), pero es bien conocido que el entero reinado de Claudio estuvo caracterizado por las malas cosechas. (Suet., “Claudius”, 18) y que una hambruna general era precedida normalmente por un periodo de escasez. También es posible que el alivio de la escasez predicha por Agabus (Hechos, xi, 28, 29) precediera a la aparición del azote o coincidiera con sus primeros síntomas. Por otro lado, la simultaneidad de la muerte de Herodes y la misión de Pablo no puede ser sino aproximado, dado que los dos hechos están estrechamente relacionados en los Hechos, la narración de la muerte de Agripa podría ser un mero episodio para proyectar alguna luz sobre la situación de la Iglesia en Jerusalén en el momento de la llegada de los delegados de Antioquía. En cualquier caso, el año 45 parece el más satisfactorio.

c.       La substitución de Félix por Festo dos años después de la detención de Pablo (Hechos, xxiv, 27).  Hasta hace poco, los cronologistas fijaban de común acuerdo esta fecha tan importante en el año 60-61. Harnack, 0. Holtzmann, y McGiffert sugirieron avanzar esta fecha tres o cuatro años por las siguientes razones:

1.       En su “Chronicon”, Eusebio sitúa la llegada de Festo en el segundo año de Nerón (octubre del 55-octubre del 56, o si, como se ha dicho, Eusebio hizo empezar los reinados de los emperadores en Septiembre después de su accesión, septiembre del 56-septiembre del 57). Mas no debemos olvidar que las crónicas estaban siempre obligadas a dar fechas exactas por lo que estaban forzadas a conjeturarlas y quizá Eusebio, por falta de información precisa, dividió en dos partes iguales la duración de los dos mandatos de Félix y Festo.

2.       Josefo afirma (Ant., XX, viii, 9) que, como Félix había sido llamado a Roma y había sido acusado por los judíos ante Nerón, tuvo que asegurar su salvación solamente a causa de su hermano Pallas que entonces gozaba de su favor. Pero, de acuerdo con Tácito (Annal., XIII, xiv-xv), Pallas fue destituido un poco antes del cuarenta aniversario de Británico, es decir en enero del 55. Estas dos afirmaciones son contradictorias, dado que Pallas fue destituido tres meses después de la accesión al trono de Nerón (13 de octubre del 54) El no podría haber asistido a la cumbre de su poder cuando su hermano Félix, reclamado en Palestina al mando de Nerón hacia Pentecostés, llegó a Roma. Pallas conservó su poder y su influencia después de su destitución dado que su gestión no fue objeto de pesquisas y, así, fue capaz de asistir a su hermano hasta el año 62, cuando Nerón lo envenenó para apoderarse de sus posesiones.

Los partidarios de una fecha posterior aducen las razones siguientes:

1.       Dos años antes de que Félix fuera llamado a Roma, Pablo le recordó que había sido durante muchos años juez de la nación judía (Hechos, xxiv, 10-27). Esta expresión no puede querer decir menos de seis o siete años y como, de acuerdo con Josefo y Tácito, Félix fue nombrado procurador de Judea en el 52, el principio de la cautividad debería caer en el 58 o en el 59. Es verdad que el argumento pierde su fuerza si se admite con algunos críticos que Félix antes de ser procurador había tenido un puesto de subordinado en Palestina.

2.       Josefo (Ant., XX, viii, 5-8) sitúa bajo Nerón todo lo que pertenece al gobierno de Félix y, aunque la larga serie de acontecimientos no implica muchos años, es evidente que Josefo consideró el gobierno de Félix como algo coincidente con la mayor parte de los años de Nerón, que empezó el 13 de Octubre del 54. Al fijar así las fechas clave de en la vida de Pablo, todas la fichas conocidas con certeza o con probabilidad coinciden: Conversión, en el 35; primera visita a  Jerusalén en el  37; estancia en Tarso en el 37-43; apostolado en Antioquía en el 43-44; segunda visita a Jerusalén en el 44 o en el 45; primera misión en el 45-49; Tercera visita a Jerusalén en el 49 o en el 50; segunda misión en el 50-53; cartas I y II a los tesalonicenses en el 52; cuarta visita a Jerusalén en el 53; tercera misión en el 53-57; cartas I y II a los corintios y a los gálatas en el 56; a los romanos en el 57; quinta visita a Jerusalén, arresto en el 57; llegada de Festo, salida para Roma en el 59; cautivo en Roma en el 60-62; cartas a Filemón, a los colosenses, a los efesios, a los filipenses en el 61; segundo periodo de actividad en el 62-66; carta I a Timoteo; a Tito, segundo arresto en el 66; carta II a Timoteo, martirio en el 67. (Verse Turner, “Chronology of the N. T.” in Hastings, “Dict. of the Bible” Hönicke, “D Chronologie des Lebens des Ap. Paulus”, Leipzig, 1903.»

Teología de San Pablo(20)

La enciclopedia católica nos da algunos detalles importantes del pensamiento teológico del apóstol Pablo:

«Cualquier intento de resumir el pensamiento de pablo ha de afrontar varios obstáculos, y en particular el hecho de que las cartas iban dirigidas a una comunidad determinada incidiendo en sus problemas específicos con el fin de corregir sus errores. Incluso su epístola, más sistemática, la que remite a los romanos, no proporciona una exposición completa de su teología, pero algunos temas y aspectos se repiten con suficiente frecuencia para ser considerados como el núcleo más significado de su pensamiento.

Apocalíptico.

Pablo asume el esquema básico temporal de la especulación apocalíptica hebrea que postula dos edades: La Antigua, bajo el dominio de Satán y sus huestes y la Nueva, que Dios señalara en algún momento del futuro gracias a su omnipotencia. Para Pablo, la venida de Jesucristo por expresa voluntad de Dios había inaugurado ya la nueva era, aunque todavía no había borrado por completo los poderes del pecado y la muerte de la Edad Antigua. Por el contrario, creía que ambas edades se encontraban enzarzadas en un combate, como podía advertirse, por ejemplo, por el hecho de que el poder de la muerte no había sido destruido.

Sin embargo, consideró seguro el resultado final de la batalla apocalíptica porque Dios había dado el golpe definitivo liberador (por paradójico que pueda parecer) en la cruz, momento en que, en apariencia, los poderes de la Edad Antigua habían conseguido un gran triunfo. Atribuyó la crucifixión a los “príncipes de este siglo”, expresión con la que se refirió a las autoridades políticas implicadas y a los poderes demoníacos que operaban en y a través de ellas, pero su victoria sería efímera, porque al crucificar al “Señor de la Gloria” sellaron su propia destrucción.

Para Pablo, una verdadera percepción de la cruz revela el extraño poder de Dios, un poder que se hace perfecto en su propia manifestación de debilidad. Dios afirmó este poder al resucitar a Jesús de entre los muertos, enviándolo al Espíritu Santo y al fundar la Iglesia como fundamento de la Nueva Edad venidera, y situándola en medio de la batalla escatológica con la seguridad de que pronto enviaría al Señor resucitado para lograr la victoria final del Bien.

Opinión sobre Cristo.

Pablo enumera y establece las formulaciones de los primeros cristianos, que interpretaron la muerte de Cristo desde la perspectiva del sacrificio, pero la esencia de su visión de Cristo se encuentra en la afirmación de que Dios quiso que Jesucristo venciera el poder del pecado. Rechazó por tanto la importancia que los judeocristianos otorgaban al arrepentimiento y al perdón de los pecados, y en lugar de invitar a sus discípulos a arrepentirse, ejemplificó la victoria de Dios sobre todos los pecados.

La Ley.

Las consecuencias de estas doctrinas al representar de forma implícita una interpretación de la Ley mosaica son complejas. Afirmó que la Ley era santa, justa y buena, pero cuando se convirtió al cristianismo dejó de creer que fuera lo bastante poderosa como para vencer al pecado y a la muerte, por lo que no es posible someterse a ella. En realidad, aquel que lo haga se encontrará con que, en manos del pecado, la Ley puede convertirse en un poder esclavizador.

Opinión sobre los seres humanos.

Pocos aspectos del pensamiento de Pablo han sido tan mal entendidos como los que se refieren a los términos de carne y espíritu. Según él, se trata de esferas de poder que se hallan en conflicto y no deben ser entendidas sólo como partes constituyentes de los seres humanos, por que el reino de la carne (el reino humano) es susceptible de sucumbir ante el poder del pecado. La solución al mal no radica en un código ético que la gente pueda y deba obedecer, sino por obra del Espíritu Santo, don de Dios, que triunfa en la vida de la nueva comunidad aportando sus frutos de amor, alegría y paz.

Elección

Pablo nunca habla de su conversión del judaísmo al cristianismo, sino de haber sido “llamado” por Dios. En esencia dijo lo mismo a todos los cristianos, por lo que puede considerarse que para él el cristianismo no parte de una actitud personal sino en la propia decisión de Dios que se manifiesta a través de su hijo y al enviar su espíritu. Es Dios quien llama alas personas para que se unan a la comunidad cristiana a través del don de la gracia. Pablo insiste en la naturaleza radical del poder de Dios afirmando que con la muerte de Cristo Dios ha rectificado al impío. No es que Dios aliente a los pecadores a rectificar por medio de las buenas obras, sino que actúa en primer lugar, y la fe es un don de Dios más que un acto voluntario y consciente del ser humano. La fe, igual que la vida misma, es algo que Dios hace nacer y no depende de la voluntad o esfuerzo de la persona, sino de la misericordia divina.

A. Pablo y Cristo

La presente cuestión pasó por dos fases distintas. Si se sigue a la escuela de Tübingen, el apóstol tenía sólo un conocimiento vago de la vida y la obra del Cristo histórico e incluso desdeñaba tal conocimiento como inferior e inútil. Su única razón es el texto siguiente mal interpretado: “Et si cognovimus secundum carnem Christum, sed nunc jam novimus” (II Cor., v, 16). La contraposición que se observa en este texto no es la del Cristo histórico y el Cristo glorificado, sino la del Mesías tal y como los judíos incrédulos se lo representaban, (y quizá como algunos judaizantes lo predicaban) y el Mesías tal y como se le manifestó en su muerte y resurrección, y tal como él lo confesó después de su conversión. No es ni admisible ni probable que Pablo se desinteresase de la vida para predicar a Cristo, al que amaba apasionadamente, que le sostenía para la imitación de los neófitos, y cuyo Espíritu se jactaba de tener. No puede creerse que no interrogara sobre esta cuestión a los testigos presenciales que eran Bernabé, Silas, o los futuros historiadores de Cristo, Marcos y Lucas, con quienes estuvo tanto tiempo asociado. Un examen cuidadoso de este asunto nos hace llegar a las tres siguientes conclusiones, hoy generalmente aceptadas:

(1) Hay en San Pablo más alusiones a la vida y a las enseñanzas de Cristo de lo que podría suponerse a primera vista, y el hecho de que sean alusiones sin énfasis demuestra que el Apóstol sabía de este asunto más de lo que decía y de lo que pudiera decir.

(2) Estas alusiones son más frecuentes en San Pablo que en los evangelios.

(3) Desde los tiempos apostólicos hubo una catequesis, que se refería, entre otras cosas, a la vida y enseñanzas de Cristo y que todos los neófitos tenían que poseer, de tal modo que no era necesario referirse a estos asuntos sino ocasionalmente y de paso.

La segunda fase de la cuestión está estrechamente conectada con la primera. Los mismos teólogos que predican que Pablo era indiferente a la vida y a las enseñanzas previas de Cristo, exageran deliberadamente su originalidad e influencia. Según ellos, Pablo fue el creador de la teología, el fundador de la Iglesia, el predicador del ascetismo, el defensor de los sacramentos y del sistema eclesiástico, el adversario de la religión del amor y de la libertad que Cristo vino a anunciarnos. Si para honorarlo, Pablo fue llamado el segundo fundador del cristianismo, este cristianismo debió de ser al menos parcialmente opuesto al primitivo. Así, se hace responsable a Pablo de todas las antipatías del pensamiento moderno hacia el cristianismo primitivo. En gran medida reside aquí el movimiento que podríamos llamar “retorno a Cristo”, de cuyas divagaciones somos ahora testigos. En realidad, la razón principal del llamado “retorno a Cristo” es escapar de San Pablo, a la raíz del dogma y teólogo de la fe. El grito “Zuruck zu Jesu” (vuelta a Jesús) que resonó en Alemania por treinta años, está inspirado por una intención posterior, “Los von Paulus” (dejemos a Pablo). El problema es el siguiente: ¿Fue la relación de Pablo hacia Cristo la de un discípulo hacia su maestro? O ¿fue Pablo un autodidacto absolutamente independiente del evangelio de Jesús y de la predicación de los doce? Uno tiene que admitir que los trabajos publicados no proyectan demasiada luz sobre el tema. Sin embargo, las discusiones habidas no dejaron de ser útiles, dado que han puesto de relieve que la mayor parte de las doctrinas típicamente paulinas como la justificación por la fe, la muerte redentora de Cristo o la universalidad de la salvación, están de acuerdo con los primeros escritos de los demás apóstoles en los que ellas se basan. Julicher en particular ha subrayado que la cristología de San Pablo, más exaltado que sus compañeros de apostolado, nunca fue objeto de controversia y que él mismo no fue nunca consciente de singularidad alguna en estos asuntos comparado con los otros heraldos del evangelio. Cf. Morgan, “Back to Christ” in “Dict. of Christ and the Gospels”, I, 61-67; Sanday, “Paul”, loc. cit., II, 886-92; Feine, “Jesus Christus und Paulus” (1902); Goguel, “L’apôtre Paul et Jésus-Christ” (Paris, 1904); Julicher, “Paulus und Jesus” (1907).

B. La idea de base de la teología de San Pablo

Algunos autores modernos consideran que la teodicea es la base, el centro y la cúspide de la teología paulina. “La doctrina del apóstol es, en realidad, teocéntricay no antropocéntrica. Lo que solemos llamar ‘metafísica’ sustenta para Pablo el hecho inmediato y soberano; Dios, como él lo concibe, es todo en todos tanto para su razón como para su corazón” (Findlay en Hastings, “Dict. of the Bible”, III, 718). Stevens empieza su exposición sobre la “teología paulina” con un capítulo intitulado “la doctrina de Dios”. Sabatier (L’apotre Paul, 1896, 297) considera también que “la última palabra de la teología paulina es ‘Dios todo en todos’”, y hace la idea misma de Dios lo que corona el edificio teológico de Pablo. Pero estos autores no reflejaron que la idea de Dios ocupa tan amplio espacio en la enseñanza del apóstol, cuyo pensamiento, profundamente religioso como el de todos sus compatriotas, no es característico ni se distingue del de sus compañeros de apostolado y ni siquiera del de sus contemporáneos judíos. Muchos teólogos protestantes modernos, especialmente entre los que siguen más o menos la escuela de Tübingen, mantienen que la doctrina de Pablo es “antropocéntrica”, que ella empieza por su concepción de la incapacidad humana para cumplir la ley de Dios sin la ayuda de la gracia, hasta tal punto que, siendo el esclavo del pecado, debe luchar contra la carne. Mas si bien esto fuera la génesis de la idea de Pablo, es extraño que la enunciara solamente en un único capítulo a los romanos (Rom., vii), si esto aún con un sentido controvertido, de tal manera que si este capítulo no hubiera sido escrito o se hubiera perdido, no tendríamos medio alguno para recuperar la clave de su enseñanza. Sin embargo, los más de los teólogos acuerdan hoy día que la doctrina de S. Pablo es cristocéntrica, que es la base de su soteriología, no desde un punto de vista subjetivo de acuerdo con los antiguos prejuicios del protestantismo que hicieron de la justificación por la fe la quintaesencia del paulinismo, sino desde un punto de vista objetivo, abarcando en una amplia síntesis la persona y figura del redentor. Esto puede ser demostrado empíricamente afirmando que todos y cada uno de los detalles en san Pablo convergen hacia Jesucristo, y ello de tal modo que, haciendo abstracción de Jesucristo, su enseñanza se vuelve totalmente incomprensible, tanto en conjunto como en detalle. Lo mismo se demuestra observando que lo que Pablo llama su evangelio consiste en la salvación de todos los hombres por Cristo y en Cristo. He ahí el punto de partida del siguiente análisis:

C. La humanidad sin Cristo

Los primeros tres capítulos de la epístola a los romanos muestran nuestra naturaleza humana bajo el imperio del pecado. Ni los gentiles ni los judíos pudieron contener el alud del mal. La ley mosaica fue una barrera fútil porque prescribió el bien sin dar fuerzas para su cumplimiento. El apóstol llega al a siguiente conclusión poco entusiasta: “No hay diferencia (entre judíos y gentiles) puesto que todos pecaron y todos necesitan la gloria de Dios” (Rom., iii, 22-23). Procede luego a mostrarnos la causa histórica de este mal: “A causa de un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; así que la muerte pasó a todos los hombres puesto que todos en él pecaron” (Rom., v, 12). Este hombre es Adán evidentemente, que trajo el pecado trajo al mundo, y no sólo un pecado personal, sino un pecado predominante que dejó en todo los hombres la semilla de la muerte: “Todos pecaron cuando Adán pecó; todos pecaron en y con su pecado” (Stevens, “Pauline Theology”, 129). Queda, sin embargo, por ver como el pecado original que es nuestra heredad, se manifiesta externamente y se convierte en la fuente de nuestros pecados actuales. Nos lo enseña Pablo en el capítulo séptimo, donde describe la lucha entre la ley, asistida por la razón, y la naturaleza humana debilitada en la carne y la tendencia al mal, representa la naturaleza como inevitablemente vencida: “Dado que me deleito en la ley de Dios según el hombre interior: pero hay otra ley en mis miembros que lucha contra la ley del espíritu y me hace cautivo en el pecado” (Rom., vii, 22-23). Esto no quiere decir que el organismo, el substrato material, sea pecado en sí mismo como algunos teólogos de la escuela de Tübingen lo han dicho, puesto que la carne de Cristo, en todo semejante a nosotros, estuvo exenta del pecado, y el apóstol nos desea que nuestros cuerpos, destinado a la resurrección, queden libres de toda mancha. La relación entre el pecado y la carne no es ni inherente ni necesaria; es accidental, determinada por un hecho histórico y capaz de desaparecer por la actuación del Espíritu Santo, siendo sin embargo cierto, que no está en nuestra mano el poder superarlo sin ayuda, lo que implica la necesidad del Salvador.

Y sin embargo, Dios no abandona al hombre pecador. Él continúa a manifestarse en el mundo visible (Ro.1:19-20), por la luz de la conciencia (Ro.2:14-15) para, finalmente, manifestarse a través de su providencia, siempre activa, paternal y benevolente (Hch 14:16; 17:26). Más aún, en su infinita misericordia, Él “salvará a todos los hombres y los hará llegar al conocimiento de la verdad” (I Tim. 2: 4). Esta voluntad es necesariamente subsiguiente al pecado original, pues que concierne al hombre tal y como es en la actualidad. Según su bondadoso deseo, Dios conduce paso a paso al hombre hacia la salvación. A los patriarcas, particularmente a Abrahán, hizo una promesa libre y generosa, confirmada por el juramento (Ro.4:13-20; Gál.3:15-18), que anticipaba el evangelio. A Moisés dio su ley, cuya observación debería haber sido medio de salvación (Ro. 7:10; 10:5), la cual, aún violada como lo fue en realidad, resultó ser una guía que condujo a Cristo (Gál., iii, 24) y el instrumento de la misericordia en sus manos. La ley fue un mero interludio hasta que la humanidad estuvo preparada para la revelación (Gál. 3:19; Rom., v, 20), originando así la intervención divina. (Ro.4:15). Allá donde abundó el mal surgió el bien y “la escritura concluyó bajo el pecado, mientras que la promesa, por la fe en Jesucristo, pudo ser dada a los que creen” (Gál 3:22). Todo esto se cumplió “al final de los tiempos” (Gál. 4:4; Ef.1:10), esto es, en el momento dispuesto por Dios para la ejecución de sus designios misericordiosos, cuando la impotencia del hombre pudiera manifestarse plenamente. Entonces, “Dios envió a su hijo nacido de mujer bajo la ley, para que pudiera redimir al hombre que estaba bajo la ley, para que pudiera recibir la adopción filial” (Gál., 4:4).

D. La persona del Redentor

Casi todas las referencias a la persona de Jesucristo llevan, directa o indirectamente aparejado, el papel de salvador. La cristología paulina es siempre soteriológica. A pesar de lo amplio de estos esquemas, ellos nos muestran la fiel imagen de Cristo en su preexistencia, en su existencia histórica y en su vida gloriosa (véase F. Prat, “Théologie de Saint Paul”).

(1) Cristo en su preexistencia

(a) Cristo pertenece a un orden superior a lo creado (Ef. 1:21); Él es el creador y el mantenedor del mundo (Col.1:16-17); Todo es por Él, en Él, y para Él (Col.1:16).

(b) Cristo es la imagen del Padre invisible (II Cor.4:4; Col.1:15); Él es el hijo de Dios, pero, a diferencia de los otros hijos, lo es de un modo incomunicable; Él es el hijo, el hijo mismo, el bienamado y lo ha sido siempre (II Cor.1:19; Rom.8:3, 32; Col.1:13; Ef., 1: 6; Etc.).

(c) Cristo es el objeto de las doxologías reservadas sólo a Dios (II Tim.4:18; Rom.16:27); Se le reza como se le reza al Padre (II Cor.12:8-9; Ro.10:12; I Cor.1:2); Los dones que se le piden pueden ser sólo concedidos por Dios, particularmente la gracia y la salvación (Rom.1:7; 16:20; I Cor.1:3; 16:23; Etc.) ante Él se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo (Fil.2:10), puesto que toda cerviz se inclina en adoración de su Altísima Majestad.

(d) Cristo posee en sí todos los atributos divinos; es eterno, pues que es el “primer nacido de toda criatura” y existe antes de todas los tiempos (Col., 1:15,17); es inmutable, puesto que existe “en forma de Dios” (Fil.2:6); es omnipotente, puesto que tiene poder para hacer surgir todo de la nada (Col.1:16); Es inmenso, dado que llena todas las cosas con su plenitud (Ef. 4:10; Col.2:10); Es infinito, puesto que “la plenitud divina opera en Él” (Col. 2:9). Todo ello es la característica especial de Dios que le pertenece por derecho; su sede en el juicio es la de Cristo (Rom.14:10; II Cor., v. 10); El evangelio de Dios es el de Cristo (Rom.1:1, 9; 15:16, 19, etc.); La iglesia de Dios es la de Cristo (I Cor.1:2 and Ro.16:16 sqq.); el reino de Dios es el de Cristo (Ef. 5), el Espíritu de Dios es el de Cristo (Ro.8:9 sqq).

(e) Cristo es el Señor (I Cor.8: 6); Se le identifica con el Yahvé del viejo testamento (I Cor., x, 4, 9; Rom.10:13;  I Cor.2:16; 9:21); Él es el Dios que “adquirió su iglesia con su propia sangre” (Hch. 20:28); es nuestro “Dios y salvador Jesucristo” (Tit.2:13); es el Dios “de todas las cosas” (Rom.9:5), representa en su infinita trascendencia la suma y sustancia de todo lo creado.

(2) Jesucristo como hombre

Pablo esboza el otro aspecto de la figura de Cristo con mano no menos firme. Jesucristo es el segundo Adán (Rom. I Cor. 15:45-49); “el mediador entre Dios y los hombres” (I Tim.2:5), y, en tanto que tal, es necesariamente un hombre (anthropos Christos Iesous). De tal forma que desciende de los patriarcas (Ro.9:5; Gál.3:16), es “de la estirpe de David según la carne)” (Ro.1:3), “nacido de mujer” (Gál.4:4), como todos los hombres; y finalmente, es conocido como hombre en su apariencia, similar a la de todos los hombres (Fil. 2:7), aparte del pecado, que no conoció ni pudo conocer. Cuando San Pablo dice que “Dios envió a su Hijo bajo la apariencia de la carne pecadora” (Rom.8:3), no quiere decir que niega la realidad de la carne de Cristo, sino que niega únicamente su aspecto pecador.

En ningún sitio explica el Apóstol como se realiza en Cristo la unión de las naturalezas divina y humana, le basta con afirmar que Aquel que poseía “la naturaleza de Dios’ tomó “la naturaleza del siervo” (Fil.2:6-7), o con afirmar la encarnación con la siguiente fórmula sucinta: “Dado que en Él se realiza la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col.2:9). Lo que podemos ver claramente es que Cristo es una sola persona a la que se atribuyen, a menudo en una única sentencia, las cualidades propias de la naturaleza humana y las de la naturaleza divina, como la preexistencia, la existencia histórica y la vida gloriosa (Col.1:15-19; Fil.2:5-11; etc.). La explicación teológica de este misterio ha dado lugar a innumerables errores. Por ejemplo la negación de una de las naturalezas, sea la humana (docetismo), sea la divina (arrianismo), o bien las dos naturalezas se consideraron unidas de una forma accidental, dando lugar a dos personas (nestorianismo), o las dos naturalezas se consideraron dos aspectos de una sola (monofisismo), o bien, con el pretexto de unirlas, se mutilaba una de ellas, sea la humana (apolinarianismo), o la divina, dando lugar a la extraña herejía moderna conocida bajo el nombre de Kenosis.

Esta última requiere una breve explicación, puesto que está basada en el dicho de san Pablo: “Siendo de forma divina… se despojó a sí mismo (ekenosen eauton, de donde kenosis) tomando la forma de un siervo” (Fil.2:6-7). Contrariamente a la opinión común, Lutero aplicó estas palabras, no al Verbo, sino a Cristo, esto es, el Verbo encarnado. Además él comprendió la communicatio idiomatus como una posesión real por cada una de las dos naturalezas de los atributos de la otra. Según este punto de vista, la naturaleza humana de Cristo habría poseído los divinos atributos de la ubicuidad, de la omnisciencia y de omnipotencia. Entre los teólogos luteranos hay dos sistemas: uno afirma que la naturaleza humana de Cristo se despojó voluntariamente de sus atributos (kenosis), y el otro que estos mismos atributos fueron velados durante su existencia mortal (krypsis). Modernamente, la doctrina de la Kenosis, siempre restringida estrictamente a la teología luterana, ha cambiado completamente de opinión. A partir de la idea filosófica de que la “personalidad” se identifica con la “consciencia”, se mantiene que allá donde hay una única persona, hay una única consciencia; pero pues que la consciencia de Cristo era íntegramente humana, la consciencia divina había necesariamente dejado de existir o por lo menos de actuar en Él. Según Tomas, teórico del sistema, El hijo de Dios fue despojado, no después de la encarnación como afirmó Lutero, por el hecho mismo de la encarnación, y lo que hizo posible la unión del Logos con la humanidad fue la facultad de la divinidad de poderse limitar a sí misma en ser y en actividad. Los otros partidarios del sistema se expresan de una forma análoga. Gess, por ejemplo, dice que en Jesucristo el egodivino se transmutó en el ego humano. Cuando se objeta que Dios es inmutable, que no puede dejar de ser, ni limitarse, ni transformarse, ellos replican que este razonamiento no es más que una hipótesis metafísica, un concepto sin realidad. (Para ver varias formas de Kenosis consúltese Bruce, “The Humiliation of Christ”, p. 136.)

Todos esto sistemas no son sino variantes del Monofisismo. Siguen considerando inconscientemente que en Cristo no hay sino una naturaleza como para una única persona. Según la doctrina católica por el contrario, la unión de las dos naturalezas sin una persona única no cambia la naturaleza divina y no implica ningún cambio físico en la naturaleza humana de Cristo. Sin duda Cristo es el Hijo y tiene moralmente derecho, incluso como hombre, a los bienes de su padre, como la inmediata visión de Dios, la felicidad eterna y el estado de gloria. Se encuentra luego despojado temporalmente de una parte de estos bienes para que pueda cumplir su misión en tanto que redentor. Abajamiento y la aniquilación de los que nos habla San Pablo, cosa totalmente diferente de la Kenosis más arriba descrita.

E. La redención objetiva en tanto obra de Cristo

Hemos visto como el hombre caído es incapaz de levantarse de nuevo sin ayuda, Dios en su misericordia envió su Hijo para salvarlo. Que Jesucristo nos salvó en la cruz es una doctrina de San Pablo a menudo repetida, que “fuimos justificados por su sangre” y que “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rom.5:9-10). ¿Qué da a la sangre de Cristo, a su muerte, a su cruz esta fuerza salvadora? Pablo no responde nunca a esta pregunta directamente, pero nos enseña el drama del Calvario bajo tres aspectos, que hay peligro en separa y que se comprenden mejor comparándolos entre sí:

(a) por un lado la muerte de Cristo es un sacrificio, como los de la antigua ley, para expiar el pecado y para hacerse a Dios propicio. Cf. Sanday y Headlam, “Romans”, 91-94, “La muerte de Cristo en tanto que sacrificio”.

“Es imposible en este pasaje (Ro.3:25) desembarazarse de la siguiente doble idea:

(1) del sacrificio;

(2) del sacrificio expiatorio. . .

Independientemente de este pasaje, no es difícil probar que estas dos ideas de sacrificio y de propiciación son la raíz misma de la enseñanza, no sólo de San Pablo, sino de todo el nuevo testamento en general. “El doble peligro de esta idea es primeramente el querer aplicar al sacrificio de Cristo todos los modos de acción, reales o supuestos, de los sacrificios imperfectos de la antigua ley y, por otro lado, el suponer que Dios se apiada por una especie de efecto mágico, en virtud de este sacrificio donde, por el contrario, fue Él quien tomó la iniciativa de la misericordia instituyendo el sacrificio del Calvario y dotándolo de un valor expiatorio”.

(b) Por otro lado, la muerte de Cristo representa la redención, el pago del rescate que da como resultado la liberación del hombre de su servitud anterior (I Cor.6:20; 7:23 [times egorasthete]; Gál.3:13; 4:5 [ina tous hypo nomon exagorase]; Rom 3:24; I Cor.1:30; Ef.1:7, 14; Col.1:14 [apolytrosis]; I Tim.2:6 [antilytron]; etc.) Esta idea, correcta en principio, puede ser inconvenientemente exagerada o aislada. Llevándola más allá del sentido con el que fue escrita, algunos padres avanzaron la extraña sugestión de que Cristo pagó al demonio, que nos tenía sujetos, el necesario rescate. Otro error es considerar la muerte de Cristo como un valor en sí mismo, independientemente del Cristo que la ofreció a Dios por la remisión de nuestros pecados.

(c) También a menudo, Cristo parece sufrir en nuestro lugar, como castigo por nuestros pecados. Parece sufrir una muerte física para salvarnos de la muerte moral del pecado y preservarnos de la muerte eterna. Esta idea de una substitución resultó talmente llamativa a los teólogos luteranos, que admitieron una equivalencia cuantitativa entre el sufrimiento de Cristo y el castigo merecido por nuestras faltas. Llegaron incluso a mantener que Jesús sufrió el castigo de perder la visión divina y sufrir la maldición del Padre. Todo esto no es más que extravagancias que no hicieron sino arrojar descrédito sobre la teoría de la substitución. Se ha dicho con acierto, que la transferencia del castigo de una persona a otra es una injusticia y una contradicción, dado que el castigo es inseparable de la falta y que un castigo inmerecido no es ya más un castigo. Por otro lado, San Pablo no dice nunca que Cristo murió en nuestro lugar (anti), sino sólo que murió por nosotros (hyper) a causa de nuestros pecados.

En realidad, los tres puntos considerados más arriba no son sino tres aspectos de la redención que, lejos de excluirse los unos a los otros, se armonizan y se combinan, modificando si es necesario todos los otros aspectos del problema. En el texto siguiente, San Pablo reúne estos diferentes aspectos con algunos otros. Somos

“justificados gratuitamente por su gracia por la redención en Cristo Jesús, a quien Dios puso como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para la manifestación de su justicia por la remisión de los pecados pasados, en la paciencia de Dios para manifestar su justicia en el tiempo presente; para probar que es justo y que justifica a todo el que cree en Cristo Jesús” (Rom.3:24-26).

Se designan aquí las partes de Dios, de Cristo y del hombre:

(1) Dios toma la iniciativa; Él ofrece a su Hijo; Él va a manifestar su justicia, pero le inclina a ello su misericordia. Es, pues, incorrecto o más o menos inadecuado decir que Dios estaba ofendido con la raza humana y que se apaciguó solamente a causa de la muerte de su Hijo.

(2) Cristo es nuestra redención (apolytrosis), es el instrumento de la expiación y de la propiciación (ilasterion), y lo es a causa de su sacrificio (en to autou aimati), el cual no se parece en nada al sacrificio de animales irracionales; deriva su valor de Cristo, que lo ofreció por nosotros a su Padre en la obediencia y el amor (Fil. 2:8; Gál.2: 20).

(3) el hombre no es un elemento meramente pasivo en el drama de la salvación; él debe entender la lección enseñada por Dios y apropiarse por la fe del fruto de la redención.

F. La redención subjetiva

Habiendo ya muerto y resucitado Cristo, la redención se ha completado en principio y por ley para toda la raza humana. Todo hombre puede hacerla suya de hecho por la fe y el bautismo, que, uniéndolo a Cristo, le hace partícipe de la vida divina. La fe, según San Pablo, se compone de varios elementos: sumisión del intelecto a la palabra de Dios; abandono del creyente a su salvador que promete asistencia; acto de obediencia por el que el hombre acepta la voluntad divina. Tal acto posee un valor moral puesto que “da gloria a Dios” (Rom.4:20) en la medida en la que reconoce su propia impotencia. Es por esta razón por la que “Abraham creyó a Dios y le fue reputado por justicia” (Rom.4:3; Gál.3: 6). Los hijos de Abraham, del mismo modo, “justificados por la fe sin el auxilio de la ley” (Ro.3:28;  Gál.2:16).

Se sigue pues:

(1) Que la justicia la otorga Dios en consideración de la fe.

(2) Que, sin embargo, la fe no es equivalente a la justicia dado que el hombre es justificado por la gracia (Ro.4:6).

(3) Que la justicia otorgada gratuitamente al hombre deviene su propiedad y le es en adelante inherente.

Antes los protestantes afirmaban que la justicia de Cristo nos es imputada aunque actualmente reconocen que el argumento va contra la escritura y carece de la garantía paulina; pero algunos, se atienen a basar la justificación en un buen trabajo (ergon), niegan el valor moral de la fe y predican que la justificación no es sino un juicio formal de Dios, que no altera absolutamente nada la justificación del pecador.

Tal teoría es insostenible; pues:

(1) incluso admitiendo que “justificar” signifique “declarar justo”, es absurdo suponer que Dios declara justo a alguien que no lo es aún o que no se vuelve justo por la declaración misma.

(2) La justificación es inseparable de la santificación, dado que esta última es “la justificación de la vida” (Ro. 18) y que cada “justo vive por la fe” (Rom.1:17; Gál.3:11).

(3) Por la fe y el bautismo muere el “hombre viejo”, lo que es imposible sin empezar a vivir como hombre nuevo que “de acuerdo con Dios es creado en la justicia y en la santidad” (Ro.6:3-5; Ef. 4:24; I Cor.1:30; 6:11). Podemos, pues, establecer una distinción de definición entre los conceptos de justificación y santificación, pro no podemos separar las dos cosas ni considerarlas como cosas separadas.

G. Doctrina moral

El hecho de que conecte la moral con la redención subjetiva, o justificación, es una característica notable del pensamiento paulino. Resulta particularmente chocante el capítulo vi, de la carta a los romanos. En le bautismo “el hombre viejo es crucificado con Cristo para que el cuerpo de pecado sea destruido con el fin de que no sirvamos ya más al pecado” (Rom.6: 6). Nuestra incorporación al cuerpo místico de Cristo no es solamente una transformación y una metamorfosis, sino una acción real, el nacimiento de un nuevo ser, sujeto a nuevas leyes y, por consiguiente, a nuevos deberes. Para comprender la importancia de nuestras obligaciones basta vernos a nosotros mismos como cristianos y hacer realidad las nuevas relaciones que resultan de este nacimiento sobrenatural: la filiación a Dios padre, la consagración al Espíritu Santo, la identidad mística con nuestro salvador Jesucristo y la hermandad con los otros miembros de Cristo. Pero esto no es todo. Pablo dice a los neófitos: “Gracias sean dadas a Dios porque, siendo siervos del pecado, habéis obedecido de corazón a la doctrina en la que habéis sido liberados. . . . Pero ahora, siendo libres del pecado, habiéndoos convertido en los siervos de Dios, tenéis el fruto de la santificación, y en la vida eterna” (Ro.6:17, 22). Por el acto de fe y el bautismo su sello, el cristiano se hace libremente siervo de Dios y soldado de Cristo. La voluntad de Dios, que él acepta de antemano en la medida en que se manifiesta, se convierte, de ahí en adelante, en su código de conducta. Así es que el código moral de San Pablo descansa por un lado en la voluntad positiva de Dios dada a conocer por Cristo, promulgada por los apóstoles, y aceptada virtualmente por los neófitos en su primer acto de fe, y por otro lado en la regeneración por el bautismo y en la nueva relación que él produce. Todos los mandamientos y recomendaciones de Pablo son una mera aplicación de estos principios.

H. Escatología

(1) La descripción gráfica de la parusía paulina (I Tes.4:16-17; II Tes.1:7-10) contiene casi exactamente los mismos puntos esenciales del gran discurso escatológico de Cristo (Mat. 24; Mar 13, Luc, 21). Una característica común de estos pasajes es la proximidad aparente de la parusía. Pablo no afirma que la venida del Salvador esté próxima. En cada una de las cinco epístolas en las que expresa el deseo y la esperanza de ser testigo presencial de la venida de Cristo, considera al mismo tiempo la probabilidad de la hipótesis contraria, demostrando así que carece de certeza y de revelación explícita en este punto Sabe sólo que el día de la venida del Señor será inesperado, como llega un ladrón (I Tes.2-3), así es que aconseja a los neófitos el estar listos sin descuidar los deberes de estado (II Tes.3: 6-12). Aunque la llegada de Cristo sea súbita, estará precedida por tres signos: apostasía general (II Tes. 2:3), aparición del Anticristo (2:3-12), y conversión de los judíos (Rom.11:26). Una circunstancia particular de la predicación de San Pablo es que el justo que viva en la segunda venida de Cristo pasará a la inmortalidad gloriosa sin morir [I Tes.4:17; I Cor.15:51 (Greek text); II Cor., v, 2-5].

(2) Debido a las dudas de los corintios, Pablo trata de la resurrección de Cristo con algún detalle. No ignora la resurrección de los pecadores, que afirmó ante el Gobernador Félix (Hch. 24:15), pero no habla de ella en sus epístolas. Cuando dice que “los muertos que están en Cristo surgirán primero” (proton, I Thess., iv, 16, Greek) su “primero” no se refiere a otra resurrección sino a la gloriosa transformación de los vivos. Del mismo modo, la “iniquidad” de la que habla (tou telos, I Cor.15:24) no es el fin de la resurrección, sino del mundo presente y del nuevo orden de cosas. Todos los argumentos presentados con respecto a la resurrección se pueden reducir a tres: la unión mística del cristiano con Cristo, la presencia en nosotros del Espíritu y la convicción interior y la fe sobrenatural de los apóstoles. Es evidente que estos argumentos tratan solamente de la resurrección gloriosa de los justos. En dos palabras, la resurrección de los réprobos no entraba en su horizonte teológico. ¿Cuál es la condición de las almas de los justos entre la muerte y la resurrección? Gozar de la presencia de Cristo (II Cor.5: 8); su heredad es envidiable (Fil.1:23); de donde se deduce que es imposible que sean sin vida, sin actividad, sin conciencia.

(3) El juicio, según san Pablo, y según los sinópticos, está relacionado estrechamente con la  parusía y la resurrección. Son los tres actos del mismo drama que constituyen la ley del Señor (I Cor.1: 8; II Cor.1:14; Fil.1: 6, 10; 2:16). “Dado que todos debemos comparecer ante el juicio de Cristo, que todos debemos recibir de acuerdo con nuestros hechos sean ellos buenos o malos”

De este texto se deducen dos conclusiones:

(1) El juicio será universal, ni los justos ni los réprobos lo eludirán (Rom. 14:10-12), ni siquiera los ángeles (I Cor.6:3); todos los que comparezcan deberán dar cuenta de la utilización de su libertad.

(2) El juicio será según las obras: esta es una verdad reiteradamente expuesta por San Pablo hablando de los pecadores (II Cor.11:15), de los justos (II Tim.4:14), y de todos los hombres en general (Ro.2:6-9). Muchos protestantes se maravillan y defienden que esta doctrina de San Pablo no es sino el resto de su educación rabínica (Pfleiderer), o que no pudo armonizarla con la doctrina de la justificación gratuita (Reuss), o que el premio será proporcional a las acciones, como la cosecha lo es con relación a la siembra, pero no debido a las acciones (Weiss). Estos autores pierden de vista el hecho de que San Pablo considera dos justificaciones, la primera, necesariamente gratuita dado que el hombre era incapaz de merecerla (Rom.3:28; Gál.2:16), y la segunda, de acuerdo con sus obras (Ro. 2:6: kata ta erga), dado que el hombre, una vez ornado con la divina gracia es capaz de mérito como de demérito. Se sigue que la recompensa celestial es “una corona de justicia que el Señor, juez justo, otorgará” (II Tim.4:8) a aquellos que la hayan ganado legítimamente.

En dos palabras, la escatología de S. Pablo no es tan distintiva como se la ha hecho siempre aparecer. Quizá su característica más original sea la continuidad entre el presente y el futuro del justo, entre la gracia y la gloria, entre la salvación incipiente y la salvación consumada. Un gran número de términos: redención, salvación, justificación, reino, gloria y, especialmente, vida, son comunes a los dos estados o, más bien, a las dos fases de la misma existencia unidas por la caridad “que perdurará siempre”. »

Relación con el Judaísmo (21)

«Pablo era judío. Aparece practicando la circuncisión judía en Ro.3:1-2, diciendo que la circuncisión no importa en I Cor. 3:2 y desde entonces se opuso a esta práctica para los gentiles que deseaban incorporarse al cristianismo (en oposición a lo planteado por San Pedro inicialmente). Es denominado el apóstol de los gentiles. Uno de los aportes mayores de San Pablo es la concepción de que el cristianismo es una Iglesia Nueva. Los Apóstoles seguían considerándose judíos, pero Pablo establece en el Concilio de Jerusalén que los seguidores de Jesús no están bajo las leyes religiosas judías y transforma la Iglesia en algo universal que debe ser anunciada a todo hombre que pueble la tierra independientemente de su origen. Esto le lleva a tener no pocos problemas con las primeras Iglesias cristianas que consideraban que predicarles a los gentiles y llevarlos a las sinagogas iba contra los deseos de Dios. También Jesús, según los Evangelios le puso la tarea de predicar por todo el mundo y fundó comunidades cristianas por toda Europa y medio oriente. En el año 313 se publicó un comunicado que afirmaba que los cristianos no serían ni debían ser perseguidos, que se podrían practicar la religión que se quiera dentro del Imperio (incluida la cristiana).»

La cautividad (Hechos 21, 27-28. 31)  (22)

«Cuando los judíos acusaron en falso a Pablo de haber introducido a los gentiles en el templo, el populacho maltrató a Pablo, y, cubierto de cadenas, el tribuno Lisias lo echó a la cárcel de la fortaleza Antonia. Cuando éste supo que los judíos habían conspirado para matar al prisionero, lo envió bajo fuerte escolta a Cesárea, que era la residencia del procurador Félix. Pablo no tuvo dificultad para poner en claro las contradicciones de los que lo acusaban pero, al negarse a comprar su libertad, Félix lo mantuvo encadenado durante dos años e incluso lo arrojó a la cárcel para dar gusto a los judíos en espera de la llegada de su sucesor el procurador Festo. El nuevo gobernador quiso enviar al prisionero a Jerusalén para que fuese juzgado en presencia de sus acusadores, pero Pablo, que conocía perfectamente las argucias de sus enemigos, apeló al César. En consecuencia, esta causa podía sólo ser despachada en Roma. Este periodo de cautividad se caracteriza por cinco discursos del Apóstol: El primero fue pronunciado en hebreo en las escaleras de la fortaleza Antonia ante una multitud amenazante; Pablo relató su vocación y su conversión al apostolado, pero fue interrumpido por los gritos hostiles de la gente (Hch. 22:1-22). En el segundo, al día siguiente ante el Sanedrín reunido bajo la presidencia de Lisias, el apóstol enredó hábilmente a los fariseos contra los saduceos con lo que no se pudo llevar adelante ninguna acusación. El tercero fue la respuesta al acusador Tértulo en presencia del gobernador Félix; en ella hizo ver que los hechos habían sido manipulados probando, así, su inocencia. (Hch 24:10-21). El cuarto discurso es una simple explicación resumida de la fe cristiana ante el gobernador Félix y su mujer Drusila (Hch 24:24-25). El quinto, pronunciado ante el gobernador Festo, el rey Agripa y su mujer Berenice, repite de nuevo la historia de la conversión y quedó sin terminar debido a las interrupciones sarcásticas del gobernador y la actitud molesta del rey (Hch. 26).

El viaje del prisionero Pablo de Cesárea a Roma fue descrito por San Lucas con una viveza de colores y una precisión que no dejan nada que desear. Pueden verse los comentarios de Smith, “Voyage and Shipwreck of St. Paul” (1866); Ramsay, “St. Paul the Traveller and Roman Citizen” (London, 1908). El centurión Julio había enviado a Pablo y a otros prisioneros en un navío mercante en el que Lucas y Aristarco pudieron sacar pasaje. Dado que la estación se encontraba avanzada, el viaje fue lento y difícil. Costearon Siria, Cilicia y Panfilia. En Mira de Licia los prisioneros fueron transferidos a un bajel dirigido a Italia, pero unos vientos contrarios persistentes los empujaron hacia un puerto de Chipre llamado Buenpuerto, alcanzado incluso con mucha dificultad y Pablo aconsejó invernar allí, pero su opinión fue rechazada y el barco derivó sin rumbo fijo durante catorce días terminando en las costas de Malta. Durante los tres meses siguientes, la navegación fue considerada demasiado peligrosa, con lo que no se movieron del lugar, mas con los primeros días de la primavera, se apresuraron a reanudar el viaje. Pablo debió llegar a Roma algún día de marzo.

 ”Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento.” (Hch. 28:30-31 RVA 1960).

Y, con estas palabras, concluyen los Hechos de los Apóstoles.

No hay duda de que San Pablo terminó su juicio absuelto; ya que:

(1) el informe del gobernador Festo, así como el del centurión, fueron favorables;

(2) los judíos parecen haber abandonado la acusación puesto que sus correligionarios no parecen haber estado informados (Hch. 28:21);

(3) el rumbo tomado por el procedimiento judicial le dejó algunos periodos de libertad, de los que habló como cosa cierta (Fil.1:25; 2:24; Fil.22);

(4) las cartas pastorales (en el supuesto que sean auténticas) implican un periodo de actividad de Pablo subsiguiente a su cautividad.

Y se llega a la misma conclusión en la hipótesis según la cual no son auténticas, dado que todas ellas coinciden en que el autor conocía bien la vida del apóstol. Unánimemente se acepta que las “epístolas de la cautividad” se enviaron desde Roma.

Algunos autores han intentado probar que San Pablo las escribió durante su detención en Cesárea, pero pocos autores los han seguido. La epístola a los colosenses, a los efesios y a Filemón se enviaron juntas y utilizando el mismo mensajero: Tícico. Es controvertido si la epístola a los filipenses fue anterior o posterior a estas últimas y la cuestión no ha sido nunca resuelta con argumentos incontrovertibles »

E. Los últimos años (23)

La enciclopedia católica describe como fueron los últimos años de la vida del Apóstol Pablo:

«Dado que este periodo carece de la documentación de los Hechos, está envuelto en la más completa oscuridad; nuestras únicas fuentes son algunas tradiciones dispersas y las citas dispersas de las epístolas. Pablo deseó pasar por España desde mucho tiempo antes (Ro. 15:24,28) y no hay pruebas de que cambiase su plan. Hacia el fin de su cautiverio, cuando anuncia su llegada a Filem.22 y a los Filip.2:23-24, no parece considerar esta visita como inminente, dado que promete a los filipenses enviarles un mensajero en cuanto conozca la conclusión de su juicio y, por consiguiente, él preparaba otro viaje antes de su vuelta a oriente. Sin necesidad de citar los testimonios de San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, San Jerónimo, San Crisóstomo y Teodoreto diremos finalmente que el testimonio de San Clemente de Roma, bien conocido, el testimonio del “Canon Muratorio”, y el “Acta Pauli” hacen más que probable el viaje de San Pablo a España. En cualquier caso, no pudo quedarse allá por mucho tiempo, dada su prisa por visitar las iglesias del este. Pudo sin embargo haber vuelto a España a través de la Galia, como algunos padres pensaron, y no a Galacia, a la que Crescencio fue enviado más tarde. (II Tim.4:10). Es verosímil que, después, cumpliera su promesa de visitar a su amigo Filemón y que, en tal ocasión, visitara las iglesias del valle de Licaonia, Laodicea, Colosos, y Hierápolis.

A partir de este momento el itinerario se vuelve sumamente incierto aunque los hechos siguientes parecen estar indicados en las epístolas pastorales: Pablo se quedó en Creta el tiempo preciso para fundar nuevas iglesias, cuyo cuidado y organización dejó en manos de su colega Tito (Tit.1:5). Fue después a Éfeso y rogó a Timoteo, que estaba ya allí, que permaneciera allá hasta su vuelta mientras él se dirigía a Macedonia (I Tim.1:3). En esta ocasión visitó, como había prometido, a los filipenses (Fil. 2: 24), y, naturalmente, también pasó a ver a los tesalonicenses. La carta a Tito y la primera epístola a Timoteo deben datar de este periodo; parece que se escribieron al mismo tiempo aproximadamente, poco después de haber dejado Éfeso. La cuestión es el saber si se enviaron desde Macedonia o desde Corinto, como parece más probable. El Apóstol instruye a Tito para que se reúna con él en Nicópolis de Epiro donde piensa pasar el verano (Tito 3:12). En la primavera siguiente debe haber efectuado su plan de vuelta a Asia (I Tim.3:14-15). Aquí ocurrió el oscuro episodio de su arresto, que probablemente tuvo lugar en Tróade; ello explicaría el porqué había dejado a Carpo unas ropas y unos libros que necesitó después (II Tim.4:13). De allí fue a Éfeso, capital de la provincia de Asia, donde lo abandonaron todos aquellos que él pensaba le habrían sido fieles (II Tim.1:15). Enviado a Roma para ser juzgado, dejó a Trófimo enfermo en Mileto y a Erasto, otro de sus compañeros, que permanecieron en Corinto por razones nunca aclaradas (II Tim.4:20). Cuando Pablo escribió su segunda epístola a Timoteo desde Roma, creía que toda esperanza humana estaba perdida (4:6). En ella pide a su discípulo que venga a verle lo más rápidamente posible, dado que está solo con Lucas. No sabemos si Timoteo fue capaz de ir a Roma antes de la muerte del Apóstol.

Una antigua tradición hace posible establecer los puntos siguientes:

  1. Pablo sufrió el martirio cerca de Roma en la plaza llamada Aquae Salviae (hoy Piazza Tre Fontane), un poco al oeste de la Via Ostia, a cerca de tres kilómetros de la espléndida basílica de San Pablo Extra Muros, lugar donde fue enterrado.
  2. El martirio tuvo lugar hacia el fin del reinado de Nerón, en el duodécimo año (San Epifanio), en el decimotercero (Eutalio), o en el decimocuarto (San Jerónimo).
  3. De acuerdo con la opinión más común, Pablo sufrió el martirio el mismo día del mismo año que Pedro; algunos padres latinos disputan si fue el mismo día pero no del mismo año; el testigo más anciano, San Dionisio el Corintio, dice solamente kata ton auton kairon, lo que puede ser traducido por “al mismo tiempo” o “aproximadamente al mismo tiempo”.
  4. Durante tiempo inmemorial, la solemnidad de los apóstoles Pedro y Pablo se celebra el 29 de Junio, que es el aniversario, sea de la muerte, sea del traslado de sus reliquias. El Papa iba antiguamente con sus acompañantes a San Pablo Extra Muros después de haber celebrado en San Pedro, aunque la distancia entre las dos basílicas (cerca de ocho quilómetros) hacía dicha ceremonia demasiado agotadora, particularmente en este momento del año. Así surgió la costumbre de transferir al día siguiente (30 de junio) la conmemoración de San Pablo. La fiesta de la conversión de San Pablo (25 de enero) tiene un origen comparativamente reciente. Hay razones de creer que este día fue celebrado para marcar el traslado de las reliquias de San Pablo a Roma, puesto que así aparece en el Martirologio Hieronimiano. Esta fiesta es desconocida en la iglesia griega (Dowden, “The Church Year and Kalendar”, Cambridge, 1910, 69; cf. Duchesne, “Origines du culte chrétien”, Paris, 1898, 265-72; McClure, “Christian Worship”, London, 1903, 277-81). »

Su muerte: (24)

El portal rincondelvago, nos relata los últimos acontecimientos en la vida del apóstol Pablo, que culminaron con su muerte:

«Cuando este apóstol llegó a Roma, Nerón, que aunque ejercía ya como emperador aún no había sido coronado ni confirmado definitivamente en el cargo, no prestó mucha atención a los comentarios de la gente sobre los conflictos que existían entre Pablo y los judíos y entre éstos y los cristianos; por eso el apóstol pudo libremente predicar y moverse por la ciudad. San Jerónimo dice en su libro los Hombres ilustres, que pablo llegó a la capital en calidad de prisionero, en el año 25 después de la Pasión del Señor, cuando ya Nerón llevaba dos ejerciendo como emperador, y que, aunque siempre estuvo vigilado, durante un bienio gozó de cierta libertad de movimientos y pudo sostener frecuentes controversias con los judíos; pasados estos dos años primeros, Nerón suprimió la vigilancia a la que le tenía sometido, permitióle actuar libremente, y el apóstol aprovechó aquella circunstancia para predicar por los pueblos de occidente.

Cuando el emperador Nerón, en el año 68, encendió contra los cristianos la más horrible de las persecuciones, Pedro trató de salir de Roma y, a las puertas de la ciudad, encontró al Salvador resucitado que iba a entrar en ella.”Señor, ¿a dónde vais?”, le preguntó Pedro.”Voy a Roma, a ser de nuevo crucificado”, le respondió Jesucristo. Comprendió el Apóstol lo que esto quería decir y, volviendo a la ciudad, se dispuso para el martirio.

En diferentes días del Santoral se narra la predicación de san Pedro por el mundo. Mientras trabajaba en Roma, tan gloriosamente, en la extensión de la fe, llegó a la capital del mundo Pablo, con recíproco gozo de los dos. El que había sido gran perseguidor de los cristianos con el nombre de Saulo se convirtió después en uno de los mayores Apóstoles de Jesucristo.

Pedro y Pablo, que habían convertido a muchos oficiales del emperador y a algunos personajes de la corte, fueron arrestados y permanecieron juntos en prisión durante un año. Como cabezas de la religión cristiana, les condenaron a muerte. A san Pedro le llevaron a la otra parte del Tíber, al que era entonces el barrio de los judíos, hoy llamado Monte de Oro. Cuando iban a crucificarle, pidió que le colocaran la cruz cabeza abajo, porque dijo que no merecía ser tratado como su divino maestro.

Pablo apaleado a su condición de ciudadano romano, fue decapitado y degollado:

Llegados al sitio en que Pablo iba a ser decapitado, el santo apóstol se volvió hacía oriente, elevó sus manos al cielo y llorando de emoción oró en su propio idioma y dio gracias a Dios durante un largo rato; luego se despidió de los cristianos que estaban presentes, se arrodilló con ambas rodillas en el suelo, se vendó los ojos con un velo, que caminando hacía el lugar del suplicio, pidió a una mujer llamada Plautila, que le prestase su velo para que el verdugo le tapase los ojos..

Colocó su cuello sobre el tajo, e inmediatamente, en esa postura, fue decapitado; mas, en el mismo instante en que su cabeza salía despedida del tronco, su boca, con una voz enteramente clara, pronunció esta invocación tantas veces repetida dulcemente por él a lo largo de su vida:”¡Jesucristo¡”.En cuanto el hacha cayó sobre el cuello del mártir, de la herida brotó primeramente un abundante chorro de leche que fue a estrellarse contra las ropas del verdugo; luego comenzó a fluir sangre y a impregnarse el ambiente de un olor muy agradable que emanaba del cuerpo del mártir y, mientras tanto, en el aire brilló una luz intensísima.

El verdugo y otros dos soldados se convirtieron a la vista de aquella maravilla. También es tradición antigua que, en el lugar donde se ejecutó la sentencia, brotaron tres fuentes, que se conservan corrientes hasta el día de hoy.

Sobre sus respectivos lugares de martirio se alzaron discretos memoriales en recuerdo de los dos santos, memoriales que, cuando Constantino dio libertad a la Iglesia, mediante el Edicto de Milán en el 313, se convirtieron en sendas basílicas, las cuales han llegado hasta nosotros, tras sucesivas modificaciones, en los actuales templos del Vaticano y de San Pablo Extramuros.

Cuando conoció que la hora de su muerte se acercaba, invitó a los suyos a participar en el gozo que esa noticia le produjo, diciéndoles: “Alegraos conmigo y felicitadme”.No sólo soporto con paciencia de las desazones e injusticias que tuvo que tuvo que padecer a consecuencia de sus predicaciones, sino que las deseaba y las acogía con mayor satisfacción que si lo colmaran de aplausos y honores. Su deseo de morir era más fuerte que el de vivir. Prefirió la pobreza a la opulencia, y el trabajo al descanso. Tendió a la austeridad con vehemencia mayor que la que otros ponen en la persecución de los placeres. Puso más empeño en servir a sus enemigos, y en orar por ellos, que otras personas ponen en maldecir a los suyos. Lo único que le preocupaba y realmente le horrorizaba era la mera idea de que pudiese ofender a Dios; ni alimentó otro deseo que el de agradarle siempre y en todo. No necesito afirmar que le tenían sin cuidado los bienes de la vida presente, e incluso los de la futura.

Mediante un rapto místico, Dios llevó a san Pablo al paraíso y lo hizo llegar hasta el tercer cielo; y con razón, porque la vida que este apóstol llevaba en la tierra más se asemejaba a la de los ángeles que a la de los hombres, puesto que, aunque se hallara todavía amarrado a su cuerpo visible, procedía en todo la perfección de las criaturas angélicas; y a pensar de estar sometido a las limitaciones propias de su naturaleza carnal luchaba contra las dificultades de tal manera que en nada se mostraba inferior a los espíritus celestiales de más alto rango. En efecto, como si tuviese alas, volaba y recorría el mundo entero enseñando la verdad, despreocupado de las fatigas corporales y de los peligros que le rodeaban; la cual si ya viviese en el cielo, despreciaba las cosas terrenas y se dedicaba única y exclusivamente y siempre a los asuntos espirituales, como si morase entre las criaturas incorpóreas del paraíso. Desde que el mundo existe las naciones han tenido un ángel de la guarda encargado de protegerlas, pero ninguno de ellos pero ninguno de ellos ha ejercido su oficio con tanta solicitud como Pablo ejerció el suyo, es decir, el de custodio de todo el orbe. Lo mismo que un padre soporta con inagotable paciencia los arrebatos de un hijo aquejado de frenesí y cuantos más golpes de él recibe más deplora la desgracia que pesa sobre su hijo y mayor es la compasión que siente hacia él, san Pablo prodigó exquisitos cuidados y distinguió con su generosidad y piedad a los que más le ultrajaban y maltrataban.»

Como repercutió la muerte de Pablo en la sociedad (25)

Nerón, al enterarse de esto, se asustó extraordinariamente y empezó a cambiar impresiones sobre este asunto con sus amigos y con algunos filósofos, y, cuando estaba comentando con ellos estas cosas en un salón de palacio, a puertas cerradas, sin que nadie las abriera, presentóse Pablo ante los reunidos, se encaró con el emperador y le dijo:

-César, aquí me tienes; aquí está Pablo, soldado del Rey eterno e invisto. Supongo que ahora creerás lo que antes de que decapitaran te anuncié. Ya ves que no soy un muerto, sino que estoy vivo. Escucha, pues, ahora, lo que tengo que decirte: con mi muerte he entrado en la verdadera vida; tú, en cambio, cuando mueras, no vivirás, sino que serás absorbido por el abismo de la muerte eterna por estar matando inicuamente a los siervos de Dios.

Dicho esto, Pablo, repentinamente, desapareció. Tan grande fue el miedo que se apoderó de Nerón, que parecía haberse vuelto loco; no sabía qué hacer; pero, al fin, convencido por los consejos de algunos de sus amigos, puso en libertad a Bernabé, a Potroclo- que hablare más tarde- y a otros, y les permitió que se marcharan a donde quisieran.

Los tres soldados que habían conducido a Pablo al lugar del suplicio, y los otros dos que se les unieron por el camino, y que se llamaban Longinos y Acesto, al día siguiente, muy de mañana, acudieron al sitio en que el apóstol había sido enterrado y, al acercarse al sepulcro, vieron a Pablo de pie, acompañado de Titos y Lucas, que estaban a su lado y oraban conjuntamente; pero Tito y Lucas, al ver que se acercaban esos cinco soldados, huyeron asustados y Pablo desapareció. Los soldados comenzaron a correr en pos de los fugitivos diciéndoles a voces:

-No huyáis; no somos perseguidores vuestros; hemos venido aquí por orden de Pablo para que nos bauticéis y hemos visto como ahora mismo estaba con vosotros rezando.

Al oír esto, Tito y Lucas regresaron hasta donde estaban los soldados y con mucha alegría y de muy buena gana los bautizaron.

Como la cabeza de Pablo había sido arrojada a un barranco en el que había otras muchísimas más de cristianos martirizados, resultaba naturalmente imposible identificarla. En la carta de Dionisio a Timoteo se oye que algún tiempo después, como motivo de sanear aquella sima llena de malezas, de calaveras y de osamentas, todos aquellos restos humanos fueron sacados de allí y esparcidos por diferentes lugares del campo; pero un día un pastor, al ver en el suelo un cráneo, lo alzó con la punta de su cayado, se lo llevo consigo y lo colgó de uno de los postes de la corrañiza en que encerraba el ganado. Aquella noche y las dos siguientes, tanto él como el amo de las ovejas, quedaron sorprendidos al ver como aquella calavera brillaba una luz misteriosa. La noticia de este fenómeno se extendió rápidamente por la comarca y llegó a los oídos de los cristianos y del obispo, quienes comentaron entre sí: “Seguramente se trata de la cabeza de san Pablo”.En consecuencia, el obispo y toda la comunidad de fieles se trasladaron al aprisco, recogieron la calavera, la llevaron a Roma y la colocaron sobre una mesa en la que habían extendido el cuerpo del apóstol; pero antes de tratar de acoplarla el Patriarca dijo:

-Hermanos, todos sabemos que por distintos sitios del campo hay desperdigadas infinidad de calaveras procedentes de muchos fieles que han sido martirizados. Para no exponernos a unir al cuerpo de san Pablo una cabeza que acaso no sea la suya vamos a hacer lo siguiente: Pongamos este cráneo que hemos traído del aprisco a los pies del cuerpo del apóstol y pidamos al Señor que, si es verdaderamente el del san Pablo, avance por sí solo, sin ayuda ni industria nuestra, hasta acoplarse al cuerpo en el lugar correspondiente.

Aprobada la idea por todos, pusieron la cabeza a los pies del cuerpo de san Pablo, oraron, y con gran estupefacción vieron cómo la cabeza avanzaba por sí misma sobre la mesa, llegaba al lugar correspondiente del cuerpo del santo apóstol y dieron gracias a Dios por haberla recuperado.

F. Retrato Físico y Moral de San Pablo (26)

La enciclopedia católica nos da un retrato físico y moral del apóstol Pablo:

«De Eusebio sabemos (Hist. Eccl, VII, 18) que, incluso en su tiempo, había representaciones de Cristo con los apóstoles Pedro y Pablo. La apariencia de San Pablo  se conservó en tres monumentos antiguos:

  1. Un díptico del primer siglo (Lewin, “The Life and Epistles of St. Paul”, 1874, frontispiece of Vol. I and Vol. II, 210).
  2. Un amplio medallón encontrado en el cementerio de Domitila y que representa a loa apóstoles Pedro y Pablo (Op. cit., II, 411).
  3. Un plato de cristal en el Museo Británico con los mismos apóstoles (Farrara, “Life and Work of St. Paul”, 1891, 896). También tenemos dos descripciones concordantes en los “Hechos de Pablo y Telea” del seudo Luciano de Filópatris de Malalas (Chronogr., x), y en Nicéforo (Hist. Eccl, III, 37). Pablo era bajo de estatura; El seudo Crisóstomo lo llama el hombre de los tres codos (anthropos tripechys); tenía las espaldas anchas, algo calvo, de nariz ligeramente aquilina, cejas corridas, barba gruesa y gris, complexión armoniosa y maneras agradables y afables. Sufría de una enfermedad que es difícil de diagnosticar (cf. Menzies, “St. Paul’s Infirmity” en el Expository Times”, July and Sept., 1904), pero a pesar de esta enfermedad dolorosa y humillante (II Cor., xii, 7-9; Gál., iv, 13-14) y a pesar de que su presencia no era imponente (II Cor., x, 10), Pablo poseyó sin duda una resistencia física fuera de lo común que sólo ella pudo soportar sus trabajos sobrehumanos (II Cor., xi, 23-29). El seudo Crisóstomo “In princip. apóstol. Petrum et Paulum” (in P. G., LIX, 494-95), piensa que murió a la edad de sesenta y ocho años después de haber servido al señor treinta y cinco.

El retrato moral es algo más difícil de esbozar, tan lleno está de contrastes. Se encontrarán sus elementos en Lewin, op. cit., II, xi, 410-35 (Paul’s Person and Character); en Farrar, Op, cit., Appendix, Excursus I; y especialmente en Newman, “Sermons preached on Various Occasions”, vii, viii. »

Comparación de san Pablo con otros personajes bíblicos (27)

El portal rincondelvago, comenta una comparación del apóstol San Pablo con otros personajes bíblicos:

«El Crisóstomo, en un libro titulado Elogio de san Pablo, dedica grandes alabanzas, todas ellas muy justificadas, a este glorioso apóstol. He aquí algo de que en esa obra dice: “No se equivocó en nada quien comparó el alma de san Pablo ameno prado de virtudes y con un espiritual Edén La mayor alabanza que a alguien podemos tributar es reconocer que no hay palabras adecuadas suficientes para ponderar las grandezas y virtudes de su alma.

Abel fue elogiado porque ofreció a Dios sacrificios. Pues bien, si nos fijamos en las oblaciones ofrendadas al Señor por san Pablo, advertiremos que fueron tan superiores a las de Abel como superior es el cielo a la tierra. En efecto, san Pablo ofreció diariamente a Dios un doble sacrificio: el de su cuerpo y el de su corazón. No ofrendó ovejas, ni bueyes; se ofreció a sí mismo de la doble manera indicada, y, no contento con eso, hizo cuanto pudo para consagrar al Señor el mundo entero: el mar y la tierra; por eso, inquieto y como si volara, recorrió los pueblos de Grecia, los de los países bárbaros y todas las regiones alumbradas por la luz del Señor, y convirtió a los hombres en ángeles; más aún: Hizo verdaderos ángeles de verdaderos demonios, porque como demonios se comportaban antes de ser convertidos a la fe muchos de aquellos a quienes él iluminó y transformó con su predicación.¿Dónde hallar una hostia equiparable a la que san Pablo inmoló con la espada del divino Espíritu y ofreció en aquel altar colocado por encima del cielo? Si Abel fue víctima de los engaños de su hermano y murió golpeado por él, Pablo acabó su vida asesinado por aquellos a quienes quería librar de innumerables calamidades. San Pablo murió tantas veces como días vivió sobre la tierra.

Leemos en la Escritura que Noé construyó un arca en la que se salvaron únicamente él y sus hijos. Para salvar al mundo de un diluvio mucho más horroroso, construyó san Pablo otro arca no con tablas de madera sino con la doctrina de sus cartas, y mediante este arca evitó que el mundo pereciera ahogado en otro género de oleaje. El arca construida por san Pablo ha navegado no por solo un mar concreto y determinado, como la de Noé, sino por todos los océanos del universo. Quienes se embarcaron en esta nave, calafateada no con betún, sino con la gracia del Espíritu Santo, abandonaron su antigua condición de seres casi más necios que los animales irracionales y se transformaron en imitadores de los ángeles. El pájaro que con naturaleza de cuervo entró en el arca de Noé, cuervo siguió siendo en ella y cuervo de ella salió; y el lobo, lobo, sin perder su condición de fiera; en cambio en el arca de san Pablo los gavilanes y milanos convirtiéronse en palomas, sustituyendo su anterior rapacidad por la mansedumbre de espíritu.

Abraham es universalmente admirado porque acatando la voluntad del Señor se desligó de sus parientes y emigró a otra tierra. Pero, ¿no fue acaso más meritorio lo que hizo san Pablo? Porque san Pablo, además de abandonar patria y parientes, vivió desprendido del mundo, del cielo, y hasta del cielo de los cielos. Este apóstol renunció a todo por seguir a Jesucristo y dedicarse exclusivamente a amarle y servirle como él mismo declaró a través de estas palabras:

“Ni lo presente, ni lo futuro, ni cuanto hay en las alturas y en las profundidades, ni criatura alguna, ni nada ni nadie conseguirá jamás separarme del amor de Dios”.

Verdad es que Abraham se puso en peligro de caer en manos de sus enemigos por librar de ellos al hijo de su hermano; pero Pablo corrió innumerables riesgos y mucho más graves por sacar al mundo entero de entre las garras del diablo; y para asegurar a los demás un alto grado de seguridad no vaciló en sacrificar infinidad de veces su propia vida. Cierto también que en una ocasión Abraham se mostró dispuesto a inmolar a su hijo; pero no es menos que Pablo se inmoló a sí mismo millares de veces.

Hay quienes ponderan la tolerancia de Isaac porque soportó que le aterraran los pozos poco antes abiertos por él; mas ¿no fue mayor la de Pablo? Pablo soportó, no sólo que llenaran de piedras el pozo de su propia vida, sino que procuró llevar al cielo a los mismos que le maltrataban; y cuanto más se empeñaban algunos en obstruir el manantial de su actividad apostólica, más impetuosamente y por más sitios brotaban las aguas y se extendían por la superficie como corrientes de ríos.

La Escritura habla con veneración de la longanimidad y paciencia de Jacob; pero ¿ha habido alma alguna cuya diamantina resistencia pueda compararse con la paciencia de que dio pruebas san Pablo? Si Jacob sirvió siete años a su tío por conseguir una esposa, Pablo sirvió toda su vida a Cristo, aguantando en tal servicio, además de los calores del día y los fríos de las noches, miles de penalidades, puesto que padeció en su carne unas veces las desgarraduras de las flagelaciones, otras los golpes de las pedradas, sin dejarse abatir por tantas pruebas; al contrario, aprovechándolas para rescatar las ovejas de las fauces del diablo.

Adornado, ciertamente, con la virtud de la pureza estuvo José; pero mucho me temo que yo haría el ridículo si tratara de ponderar aquí y ahora en este terreno a san Pablo, de quien sabemos que crucificó sus pasiones y se crucificó a sí mismo. Sobradamente nos consta que esta santo apóstol sentía por la belleza de los cuerpos humanos y por todas las cosas calificadas por la gente de hermosas y bonitas la misma indiferencia que nosotros sentimos hacia el humo y la ceniza. Respecto a todo esto se condujo con la misma impasibilidad que tendría un muerto colocado junto a otro muerto.

Pasmase el mundo ante el espectáculo de Job, y se pasma con razón, porque este hombre fue un atleta admirable. Mayor pasmo, empero, deben de producirnos los combates de san Pablo, que no duraron meramente unos meses, como los de este Patriarca, sino muchos años, y de todos ellos salió triunfante; y si no se vio en la precisión de tener que raer con un cascote de teja la podredumbre de sus carnes ulceradas, sí estuvo repetidas veces metido, como solemos decir, en boca del león, y fuéle menester pelear contra innumerables enemigos, y soportó sin quebranto de su ánimo lo que no hubieran soportado sin quebrarse las más duras rocas; tuvo que hacer frente, no ya por las incomprensiones de cuatro amigos, como le ocurrió a Job, sino a las de sus mismos hermanos en la fe, que en ocasiones hubo que se sintió despreciado y maldecido por todos. Job, ciertamente, fue hospitalario y muy generoso con los pobres, proporcionando alimento a los hambrientos; pero aún más generoso fue san Pablo, de quien sabemos que socorría sin medida a las almas macilentas; y, si Job abría las puertas de su casa a cuantos a ella llegaban, Pablo tenía siempre abiertos de par en par los postigos de su corazón para acoger afablemente al mundo entero. Job, por otra parte, podía mostrarse liberal y dadivoso con los pobres por que era rico y poseía infinidad de vacas y ovejas; san Pablo, por el contrario, carecía de bienes materiales, hasta el extremo de no poseer absolutamente nada a excepción de su propio cuerpo; y, sin embargo, se ingeniaba para socorrer con largeza a los necesitados, como él mismo hizo constar cuando en cierta ocasión dijo:

“Con estas manos he procurado atender a mi subsistencia y a la de los que andan cerca de mí”.

También es verdad que los gusanos y las llagas purulentas produjeron a Job espantosos dolores; pero pasemos revista a la serie de azotes, hambres, cadenas, peligros, situaciones difíciles en que Pablo se vio metido por favorecer a los suyos, a los extraños y al mundo entero; reparemos en las inquietudes y desasosiegos que le causaban las cristiandades, en el fuego que le devoraba cuando se enteraba de que alguien había sido escandalizado, y llegaremos a la conclusión de que tuvo que tener un alma más fuerte que las piedras más duras, más indomable que el hierro y más resistente que el diamante. Cuanto Job pudiera haber padecido en su cuerpo padeciólo Pablo en su espíritu. Las debilidades y caídas de los demás producíanle tal pena y tristeza tanta, que a menudo sus ojos se convertían en fuentes de lágrimas y hacíanle llorar amargamente de día y de noche. Los pecadores causábanle en su alma angustias y dolores más fuertes que los que siente una mujer en el trance de su parto; por eso decía él: “¡Hijitos míos! Sufro tanto por vosotros como si os estuviese pariendo”.

Moisés consistió en ser borrado de entre los vivientes por salvar la independencia de los judíos, y se ofreció a morir con ellos. Pero san Pablo le superó, puesto que se brindó a morir no precisamente con otros, sino en lugar de ellos, y llevó su caridad hasta el extremo de mostrarse dispuesto a renunciar a su eterna salvación si esta renuncia contribuía a que los demás salvaran sus almas. Moisés se enfrentó con el Faraón, y san Pablo luchó constantemente día tras día con el diablo. Moisés buscó el bien de los de su raza, y san Pablo batalló en favor del mundo eterno, no sólo soportando en esas lides fatigas y sudores corporales, sino vertiendo su sangre por esa causa.

Juan se alimento con saltamontes y miel silvestre, pero Pablo, que no vivió en la placidez del desierto como Juan, sino en medio de los torbellinos de la gente, entregado plenamente al ministerio de la predicación, redujo su alimentación a lo estrictamente necesario para poder subsistir, y utilizó como alimento cosas más viles que la miel silvestre y que los saltamontes. Si Juan dio pruebas de enteraza mostrándose irreducible en el asunto de Herodíades, san Pablo corrigió, no a uno ni a dos ni a tres, sino a numerosos tiranos no menos poderosos que Herodes y algunos mucho más crueles que él.

Si, finalmente comparamos a san Pablo con los ángeles, advertiremos que destacó magníficamente sobre ellos en el exquisito cuidado que puso en obedecer a Dios. Pasmado de admiración ante los espíritus angélicos, exclamaba el profeta David:

“vosotros poderosos en virtud, ajustáis vuestra voluntad a la voluntad divina, ect.”

El que semejantes criaturas y naturalezas angélicas sirvieron al Señor con la velocidad del viento y con la presteza con que el fuego produce su acción de quemar. Pues bien, esas mismas cualidades de prontitud y celeridad se dieron en san Pablo, quien con una llama, como una ráfaga de viento, recorrió toda la tierra y la purificó; esto es tanto más admirable cuanto que él no era un ser espiritual, como los ángeles, sino un hombre de carne y huesos; ni participaba como ellos de las prerrogativas de la vida gloriosa del cielo, sino que estaba sometido a las condiciones de la existencia temporal y terrena. Su naturaleza y su alma no fueron distintas de las nuestras, ni vivió en un mundo diferente, sino en esta misma tierra y en las mismas zonas que nosotros nos movemos, superó en grandeza de ánimo y en virtud a cuantos actualmente existimos, a los que antes de nosotros existieron, y a los que existirán en el futuro. Por eso, no sólo debemos admirar en él el hecho de que su entrega absoluta a Dios le permitiera soportar los sufrimientos que en el ejercicio de su misterio llovieron sobre él, y soportados como si no fuesen dolorosos, sino el que aceptara con alegría los padecimientos, y los asumiera como si se tratase de recompensas. Verdad es que también nosotros, si nos ofrecen un galardón, competimos con vistas a conseguirlo; pero él se supera cada día a sí mismo con total mansedumbre, venciendo sin necesidad de ese estímulo todos los enojosos obstáculos que hacían laboriosa su carrera; y cada mañana se levantaba con fuerzas nuevas y proseguía su marcha con renovado denuedo; y luchaba por sobreponerse a las dificultades que le salían al paso, y lograba dominarlas y, cuanto más peleaba, más notable y esclarecidas eran sus victorias.»

Influencia(28)

El portal rincondelvago, nos comenta acerca de la influencia que ha ejercido el apóstol Pablo en el pensamiento teológico de otros hombres:

«Siempre se ha considerado que el pensamiento de Pablo quedó pronto eclipsado por otras enseñanzas teológicas y que sólo san Agustín de Hipona en el siglo V y Martín Lutero en el siglo XVI lo recuperaron hasta cierto punto. Se está revisando esta consideración en la actualidad. A pesar de que el autor de la segunda epístola a Pedro habla de las dificultades para entender a Pablo, numerosas comunidades de finales del siglo I y principio del siglo II conservaron sus cartas y con gran coraje trataron de aplicar aspectos de su pensamiento a las nuevas situaciones a las que se enfrentaron. Estas comunidades paulinas aparecen en las epístolas dirigidas a los Colosenses, al os Efesios, 1 y 2 a Timoteo y a Tito Sin Embargo, es cierto que fueron san Agustín y Lutero los primeros en abordar una interpretación sistemática y rigurosa de la teología de Pablo. En el siglo XX la obra de los teólogos alemanes Karl Barth y Ernst Kasemann ha renovado el interés en la teología paulina.

En el siglo XVI el culto de san Pablo experimentó un aumento de popularidad, pero al precio de una transformación radical que nadie había previsto. El apóstol de los gentiles a quien el papado se había complacido en asociar con san Pedro desde la fundación de la Iglesia romana, fue anexionado por la reforma, y, por decirlo así, descatolizado. Los luteranos no se limitaron a reemplazar a san Martín de Tours por Martín Lutero; además, opusieron el apóstol san Pablo- quien predicaba la justificación por la gracia- al apóstol san Pedro.

La Iglesia anglicana hizo otro tanto. De ahí que la catedral de la City de Londres se pusiera bajo su advocación, con la intención de eclipsar, a su causa de altura y a la majestad de su cúpula, a la basílica papista de San Pedro de Roma.

A partir de entonces, el papado se despegó de san Pablo, comprometiendo por los elogios de Lutero y casi sospechoso de herejía. El arte de la Contrarreforma salido del concilio de Trento, lo puso en el Index.»

Notas:

(1) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(2) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(3) http://html.rincondelvago.com/san-pablo-de-tarso.html
(4) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(5) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(6) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(7) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
 (8) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
 (9) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(10)http://www.seudexativa.org/Publicaciones/Hoja%20Parroquial/2007/h.p.%20242.pdf
(11) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(12) http://www.escueladelafe.cl/article83.html
(13) http://www.marcianos.com/enc/pablo_de_tarso.html
(14) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(15) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(16) http://html.rincondelvago.com/san-pablo-de-tarso.html
(17) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(18) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(19) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(20) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(21) http://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_de_Tarso
(22) www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(23) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(24) http://html.rincondelvago.com/san-pablo-de-tarso.html
(25) http://html.rincondelvago.com/san-pablo-de-tarso.html
(26) http://www.enciclopediacatolica.com/s/sanpablo.htm
(27) http://html.rincondelvago.com/san-pablo-de-tarso.html
(28) http://html.rincondelvago.com/san-pablo-de-tarso.html



Estudiar el Apocalipsis

Marzo 6, 2008

Estudiar el Apocalipsis

Juan Stam

Apocalípsis – ¿Misterios o Sorpresas?. Entrevista al Teólogo Juan Stam, profundo conocedor y expositor de las enseñanzas bíblicas del Apocalipsis.

Costa Rica, (La Fuente / NoticiaCristiana.com)

Juan Stam (78), oriundo de Paterson, Nueva Jersey, es uno de los teólogos evangélicos «latinoamericanos» más pertinentes de la actualidad. Aunque es estadounidense de nacimiento, se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina que lleva más de cincuenta años. Está casado con Doris y tienen 3 hijos y 5 nietos. Juan es Dr. en teología, por la Universidad de Basilea, Suiza. Es docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Biblico Iberoamericano de Apocalipsis.

¿Cómo se inició su ministerio en Latinoamérica?

Luego de estudiar en Wheaton y Fuller estudiamos castellano, y aunque hacían falta profesores en el Seminario Bíblico de San José, nuestra misión muy sabiamente decidió enviarnos a realizar un pastorado rural en el noreste de Costa Rica, en el pueblo de Santa Cruz, esto ya hace más de 50 años. Esta experiencia fue extraordinariamente formativa para nosotros. En realidad, lo fue mucho más que los años de estudio en el aula. Allí aprendimos los dichos, disfrutamos los chistes y escuchamos las historias de los campesinos, nos enamoramos de la gente y de todo lo latinoamericano, y con eso también más de Jesucristo y de su evangelio. Desde entonces siento que llevo adentro un pastor campesino, mucho más que sólo un profesor académico.

¿Qué métodos de estudio de la Biblia Ud. recomienda a los pastores Latinoamericanos?

Me gusta recomendar tres herramientas para el estudio bíblico, porque he visto a través de muchos años lo valiosas que son.

La primera de mis herramientas para estudiar bien la Biblia es una lupa. La lupa nos servirá para examinar cada pasaje con el debido cuidado, o sea, “escudriñar las escrituras” como lo hacían los Bereanos. Eso nos ayudará a ver mucho mejor lo que realmente está en el texto que el Espíritu Santo inspiró y lo que no está, porque no aparece bajo la lupa. Y sin duda, habrá sorpresas.

Una segunda herramienta indispensable para el bueno estudio bíblico es un borrador (de pizarra y lo más grande posible). Un problema mayor en el estudio bíblico es que no queremos que la Biblia cambie nuestras ideas y nuestra vida. Es demasiado incómodo, y nos pone nerviosos. Claro, esos cambios tienen que estar sujetos a la Palabra; la lupa tiene que ir antes del borrador.

Finalmente, la tercera herramienta es un par de audífonos, para sintonizar la voz de Dios. No estudiamos las escrituras sólo para ser expertos en conocimiento bíblico, sino para escuchar al Señor, ser discípulos fieles y obedecer su voluntad. No bastan la lupa y el borrador; necesitamos también audífonos espirituales.

¿Cómo debería ser estudiado el libro de Apocalipsis?

¡Quién entra al mundo del Apocalipsis tiene que estar preparado para muchas sorpresas! El Apocalipsis es un libro realmente único dentro del canon bíblico y aún en la literatura universal.

En primer lugar los lectores modernos del Apocalipsis deben tratar de comprender el mensaje que el libro tenía para los creyentes del Asia Menor, en tiempos de Juan. Estudiar el trasfondo histórico, las claves hermenéuticas y el mensaje del Apocalipsis es un trabajo de toda una vida.

A pesar de la dificultad del paso de casi dos milenios desde que el libro salió a la luz, abundan los datos que ayudan a entender el mensaje central de todos los pasajes e incluso la inmensa mayoría de los detalles. A veces, sin embargo, es necesario simplemente confesar nuestra actual ignorancia ante ciertas frases del texto. Para otros detalles hay una o más interpretaciones posibles pero ninguna segura.

A menudo el trabajo de averiguar las diversas alternativas de interpretación, los pro y los contra de cada una, es arduo y lento. El Apocalipsis es para los valientes que se animan a buscar en el texto con la lupa; pero también es para humildes, para los que desean escuchar con suficiente respeto lo que realmente dice el texto inspirado.

Muchos creen entender este libro y tienen sensacionales explicaciones para casi todos sus detalles. Eso puede impresionarnos y hasta deslumbrarnos, pero surge un pequeño problema; cuando examinamos cuidadosamente el texto del Apocalipsis, muchas veces resulta difícil o imposible corroborar las interpretaciones espectaculares que pretenden dársele al libro. Algunas “profecías” (Hitler como el anticristo, Moscú como Magog, la Naciones Unidas como el caballo blanco) han resultado claramente equivocadas.

¿Cómo inició Ud. sus estudios del Apocalipsis?

El libro del Apocalipsis me ha inspirado durante más de medio siglo. Tanto personalmente como en los cursos del Seminario fui enfocando mi visión en este maravilloso libro. Una congregación rural de Costa Rica, me rogó a fines de la década del sesenta que les diera un mes de estudios del Apocalipsis. Fue el primero de muchos centenares de sermones y clases sobre este libro y sobre escatología, en la mayoría de los países de América Latina.

He aprendido lecciones valiosas de los hermanos, los estudiantes de seminario con los cuales estudiamos este libro, y de mi esposa Doris, compañera fiel en nuestro peregrinaje compartido. Fue una aventura muy desafiante la de preparar el Comentario Bíblico Iberoamericano, editado por ediciones Kairos.

¿Es posible entender hoy en día el Apocalipsis, Dr. Stam?

En contraste con el libro de Daniel, Apocalipsis es un libro abierto. El Cordero desató los sellos. Los creyentes que tienen sabiduría pueden entender el mensaje de esta profecía. Pero en este libro no debemos buscar sentidos futuros que el mismo Juan no hubiera entendido. Es bastante distinto de la impresión que muchos tienen hoy en día, y de la forma en que muchos suelen leerlo, como si el libro fuera un rompecabezas esotérico y como si la bendición prometida se dirigiera a los que fuesen capaces de resolver el crucigrama futurista, y poner en orden cronológico todos los eventos venideros para hacer un cuadro gráfico de todo el porvenir.

Lamentablemente la mayoría de los lectores modernos se acercan al Apocalipsis con muchos presupuestos equivocados que obstaculizan el entendimiento fiel de su mensaje. Muchas veces le hacemos al libro preguntas que el autor y los lectores no planteaban. A menudo insistimos en ver cosas que no están en el texto y, por concentrarnos en esas cosas que creemos ver pero no están, no percibimos las enseñanzas que sí están escritas.

El Apocalipsis fue escrito para ser entendido precisamente por los fieles comunes y corrientes de Asia Menor. No fue escrito para especialistas ni eruditos, quienes tendrían que explicárselo a la iglesia. Su sitio original no era el escritorio del experto sino la congregación en su lectura comunitaria.

Muchos ven en el Apocalipsis solo catástrofes. ¿Cuál es el verdadero mensaje presentado por Juan?

Algo raro ha pasado con este libro. Fue escrito para quitarles el miedo a los cristianos de Asia Menor del siglo I, pero ahora tiene el efecto opuesto: llena de miedo a muchos lectores. Ellos, que vivían amenazados, lo recibían como esperanza; nosotros que vivimos tranquilos, lo recibimos a menudo como amenazante. Algunos hasta sufren pesadillas con las dantescas imágenes de Juan, y predicadores oportunistas las explotan para ejercitar un terrorismo apocalíptico. ¡Al contrario: el Apocalipsis es un mensaje de esperanza en Cristo que debe llenarnos de gozo!

Pero, ¿Tiene el Apocalipsis algo que decirnos referente al futuro?

Es cierto que el Apocalipsis anuncia muchas cosas venideras que se extienden hasta el mismo fin del mundo. Habla de algunas cosas futuras que Juan no parece concebir como de su propia época, como por ejemplo una confrontación final que se llama Armagedón, la vendida del Hijo del hombre, el juicio final y la nueva creación. Negar todos estos elementos de escatología futura sería negar el claro mensaje bíblico del libro.

Pero también es cierto que esas enseñanzas futuras, por muy importantes que sean, no agotan el mensaje del Apocalipsis. De hecho, ni siquiera constituyen el mensaje central del libro. Si analizamos el Apocalipsis cuidadosamente, sin presupuestos que no surgen del texto mismo, descubriremos que la principal concentración del libro se enfoca sobre la situación inmediata en que las congregaciones del Asia Menor se hallan inmersas. En ningún momento deja atrás la realidad sociohistoríca de su época.

Todo el libro de Apocalipsis es un mensaje directo para sus primeros lectores. Juan describe acontecimientos futuros, pero en términos comprensibles para los lectores de su época. Nunca les hace entender que está vaticinando cosas que ellos no podrían comprender, tales como aviones, bombas, cohetes, petróleo, explosiones atómicas, computadoras, códigos de barras o microchips. Les habla claramente de temas y objetos que entienden, aun cuando describe realidades venideras.

Por lo tanto interpretar el Apocalipsis en términos de cosas que ni Juan ni sus lectores hubieran entendido, y que tampoco señalan las palabras del texto, es caer en un error grave.

Algunas recomendaciones para interpretar el Apocalipsis:

  • - Interpretar el Apocalipsis exegéticamente: Ser fiel al texto, y a lo que está escrito. No quitar, ni añadir.
  • - Interpretar el Apocalipsis históricamente: Conocer el contexto histórico de lo que ocurría en la época de Juan.
  • - Interpretar el Apocalipsis Cristocéntricamente: El tema central de todo el Apocalipsis es Cristo, el Señor. No las bestias ni el anticristo.
  • - Interpretar el Apocalipsis imaginativamente: Utilizar los ojos de la imaginación y todos los sentidos físicos para entender la riqueza de su simbología.
  • - Interpretar el Apocalipsis pastoralmente: El mensaje debe ser para orientar y fortalecer a la congregación, especialmente para infundir gozo, y esperanza en medio de crisis.
  • - Interpretar el Apocalipsis prácticamente: Para orientar la conducta ética de la vida de la iglesia. El mensaje tiene mucho que decir también a la comunidad a través de la voz profética de la iglesia sobre la justicia social y económica.

Por Wolfgang Streich.

Fuente:

Noticiacristiana.com

Iglesias hispanas, afroamericanas y anglosajonas presentan su posición sobre el aborto y el matrimonio homosexual

Marzo 6, 2008

Los programas de CONLICO

Una delegación de ministros hispanos Integrados por representantes de CONLICO ( Confraternidad de líderes Conciliares) presentaron su posición ante representantes del senado en Albany, N.Y.

(NoticiaCristiana.com) Una delegación de ministros hispanos Integrados por representantes de CONLICO (Confraternidad de líderes Conciliares) confraternidad que agrupa a 3 mil Iglesias hispanas, representantes de dos mil iglesias afroamericanas y más de 200 iglesias anglosajonas, presentaron ante representantes del senado y asambleístas su posición con respecto al matrimonio del mismo sexo y el aborto.

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La Muerte de un genio

Marzo 6, 2008

La Muerte de un genio

Bobby Fischer

El portal de fe católica radiocristiandad, publicó una nota en Internet titulada “LA POCO CONOCIDA HISTORIA DEL CAMPEON DE AJEDREZ”, que habla sobre la muerte del Boby Fischer, gran jugador Mundial de Ajedrez, y esta nota tiene un subtítulo: “Falleció Bobby Fischer, el genio del ajedrez que fue perseguido por negar el ‘holocausto“

Yo realmente jamás me imaginé que detrás del “loco este”, habría semejante historia, como para escribir una película de suspenso. Me llama mucho la atención que a nadie se le haya ocurrido hacer una película con la vida de este gran jugador de Ajedrez.

¿Y quién es Robert “Bobby” Fischer, se preguntarán muchos? Quizás el mejor ajedrecista de todos los tiempos, y si no, está entre los tres o cuatro mejores, junto a Capablanca, Kasparov y Alekhine.

Yo le debo mucho al ajedrez, ya que gracias a él, durante mi adolescencia y juventud, conocí mucha gente, participé en eventos, y me dio muchas horas de compartir con otros, de jugar y jugar, jugaba muchísimas horas al día, y hasta aprendí a perder, ya que no me gustaba perder y tuve que aprender que no siempre se gana.

Bobby Fischer

Bobby Fischer de nacionalidad estadounidense, quien vivía refugiado en Islandia para evitar ser encarcelado en su país de origen por una larga persecución ideológica, falleció el jueves a los 64 años en Reikjavik, informó este viernes uno de sus amigos, Garder Sverrisson.

“Confirmo que murió ayer jueves en su domicilio a causa de una enfermedad”, declaró Sverrisson a AFP sin más precisiones sobre el motivo de la muerte.

Einar Einarsson, presidente del Robert James Fischer (RFJ), una asociación creada para apoyar la entrada del ex campeón en Islandia, reveló a AFP que Fischer murió de una insuficiencia renal.

“Simplemente, Fischer puede considerarse como el fundador del ajedrez profesional y su dominio, aunque fue por poco tiempo, hizo de él uno de los más grandes (jugadores) de todos los tiempos”, declaró el ex campeón ruso de ajedrez Garry Kasparov a la televisión británica Skynews. Kasparov lamentó no haber podido conocer a quien fue su ídolo de infancia.

Genio precoz del tablero, Fischer es considerado por muchos especialistas como el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos y se convirtió en su país en un símbolo de la lucha contra el comunismo durante la Guerra Fría.

Bobby Fischer

Pese a que su madre era judía, Fischer se apartó de lo que en EEUU se conoce como el “lobby israelí”, y tras investigar, comenzó a hacer declaraciones de prensa que le hicieron ganar importantes enemigos y que lo llevaron al exilio, tales como que “Los judíos han inventado el holocausto para hacer dinero y utilizan sangre de niños en rituales de magia negra”. Finalmente, en sus últimos años se pronunció directamente contra los judíos, a los que calificó como “un pueblo sucio, mentiroso y bastardo que quiere dominar al mundo”. Sostuvo igualmente que la comida chatarra, que hoy provoca graves problemas en la juventud, “es otra invención judía para poder destruir a los chicos no judíos”.

Fischer aseguraba que por sus estudios en temas políticos y económicos tuvo que padecer una enorme persecución, liderada, según sus propios términos, por “los judíos, como los Rothschild, los judíos ocultos, como Bill Clinton y George W. Bush, y las ratas de la CIA que trabajan para los judíos”.

Horas después del ataque del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas, Fischer expresó su agrado en una entrevista periodística. “Son maravillosas noticias”, anunció. “Aplaudo el hecho. Estados Unidos e Israel han estado masacrando a los palestinos durante años. Y a nadie le ha importado un comino. Ahora, ello se ha devuelto en su contra. Quiero ver a los EE.UU. barridos del mapa”.

Agregó que los sucesos del 11 de septiembre daban una oportunidad ideal para escenificar el país tomado por los militares, con todas las sinagogas cerradas y con cientos de miles de judíos ejecutados. “Finalmente, el país debiera ser devuelto a los indios americanos”. Antes de terminar, Fischer declaró: “**** the USA”.

Fischer, nacido el 9 de marzo de 1943 en Chicago, decidió abandonar la escuela en 1959, que consideraba una pérdida de tiempo, para dedicarse al ajedrez. Para ello se encerró en su habitación, enfrentándose a sí mismo en larguísimas partidas de ajedrez.

En 1968 se retiró durante 18 meses para preparar su enfrentamiento contra los soviéticos. Regresó por petición expresa del secretario de Estado Henry Kissinger.

En 1972, cuando contaba con 29 años, acabó con 24 años de hegemonía soviética al derrotar en Reikjavik al campeón ruso Boris Spassky durante un campeonato del mundo conocido como “la partida del siglo”.

En 1975 impugnó las reglas de la Federación Internacional de Ajedrez, por lo que fue despojado de su título. Tras este incidente, Fischer desapareció de la escena ajedrecística.

Durante 20 años nada logró hacerlo volver, ni los millones de dólares ofrecidos por los organizadores de Las Vegas o Manila.

Sin embargo, en 1992 volvió a la escena para disputar en Montenegro una partida “de revancha” contra Spassky, del que se había hecho amigo, por la que cobró 3,35 millones de dólares.

Sin embargo, no tuvo en cuenta el embargo económico de la ONU vigente en aquel momento en la ex Yugoslavia, por lo que Fischer fue acusado por la justicia estadounidense de realizar una “transacción comercial ilegal” y fue objeto de una orden de arresto internacional.

Fue arrestado en julio de 2004 en el aeropuerto de Tokio-Narita cuando intentaba salir de Japón con un pasaporte estadounidense anulado.

Durante meses, las autoridades japonesas estuvieron estudiando su extradición a Estados Unidos. Fischer recibió entonces el apoyo público de Spassky, quien reclamó poder compartir celda en el caso de que Fischer fuese encarcelado en su país. “Simplemente, déjennos jugar al ajedrez”, dijo el campeón ruso.

Finalmente la intervención del Gobierno islandés le permitió refugiarse en ese país nórdico, donde vivió discretamente hasta su muerte.»

Gonzalo Araya I (Ingeniero Civil Industrial; Consultor de empresas), autor de la nota titulada “Murió Boby Fischer” se expresa que «La pérdida de este verdadero genio es impactante. El ajedrez le debe mucho a Fischer, y no sólo en los aspectos meramente técnicos -era un jugador realmente genial, infatigable buscador de la victoria, jugador de ataque, táctico sin igual- sino también en que lo situó en un lugar que nunca tuvo cuando se enfrentó a Boris Spassky por el título mundial en el año 1972, en la ciudad Islandesa de Reykjavik, en el llamado Match del Siglo, y lo venció por un categórico 12,5 a 8,5, proclamándose campeón del mundo. Y fue una verdadera guerra, en plena “guerra fría” entre occidente y la URSS y un tremendo golpe para el orgullo soviético, que les había permitido mantener el título mundial de ajedrez en sus manos por muchísimos años.»

Este genio del ajedrez, a pesar de su “locura”, como muchos dicen que el tenía, era un hombre creyente en Dios, de la fe católica”

Leyendo un comentario sobe la muerte de este gran jugador de ajedrez, una de las personas se preguntaba «si las expresiones de Fischer sobre el “Holocausto” surgían de su mente excéntrica o bien de su convicción profunda al respecto»

Parece que Fischer hizo muchos comentarios negativos sobre el holocausto judío, y lamentablemente y eso le trajo muchísimos problemas.

Es posible que se haya hecho el loco, para evitar la persecución ideológica.

Recordaba un momento en la vida del Rey David, cuando se hizo pasar por loco para evitar que los filisteos, enemigos acérrimos de su nación, lo maten.

“Los oficiales le dijeron a Aquis: — ¿No es éste David, el rey del país? ¿No es él por quien danzaban, y en los cantos decían: «Saúl destruyó a un ejército, pero David aniquiló a diez»? Al oír esto, David se preocupó y tuvo mucho miedo de Aquis, rey de Gat. Por lo tanto, cuando estaban por apresarlo, fingió perder la razón y, en público, comenzó a portarse como un loco, haciendo garabatos en las puertas y dejando que la saliva le corriera por la barba. Aquis dijo entonces a sus oficiales: — ¿Pero qué, no se fijan? ¡Ese hombre está loco! ¿Para qué me lo traen? ¿Acaso me hacen falta más locos, que encima me traen a éste para hacer sus locuras en mi presencia? ¡Sáquenlo de mi palacio! “(I Sam. 21:11-15 NVI)

Muchas veces, hasta los hombres mas valientes pasan por momentos de miedo o temor, y se hacen los locos para evitar males peores. A lo mejor esto es lo que hizo el Bobby Fischer.

O quizás como comenta otro comentarista de una de las notas que tomé por fuente para hacer esta reflexión, «que él lo conoció al Bobby Fischer y que no cree que fuera un “loco”, en el sentido habitual de la palabra.»

Solo Dios sabe la verdad, solo Dios conoce el corazón del Hombre. A lo mejor, algunos creían que estaba loco, quizás. A lo mejor le pasó, como dice el apóstol Pablo, que “…El conocimiento envanece, mientras que el amor edifica. El que cree que sabe algo, todavía no sabe como debiera saber. Pero el que ama a Dios es conocido por él. “. (I Cor. 8:1-3 NVI)

Hay una canción de MARC ANTHONY LYRICS llamada “Tu Amor Me Hace Bien”, que dice así: “Tu amor me desarma, me controla, me endulza me encanta, me vence me amarra”

Creo que tranquilamente podríamos usar estas palabras para expresar como es nuestro amor a Dios

El amor verdadero es el manifestado por Dios en toda la historia de la humanidad, un amor que soporta pacientemente al irreverente y blasfemo, un amor que en todo el antiguo testamento refleja la paciencia de Dios, dando otra oportunidad, un amor que advierte con toda severidad que sin Dios hay condenación, un amor que extiende sus manos a un pueblo rebelde y contradictor y un amor que termina con Cristo clavado en la cruz , por que de otra manera Dios nos hubiera tenido que condenar a todos sin excepción, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. Este el amor que hemos recibido y el que debemos transmitir porque si nuestro Padre es así, nosotros también debemos ser así.

Hace unos siglos atrás, Sor Juana Inés de la Cruz escribió este hermoso poema, que expresaba su amor hacia el Señor.

«No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tu me mueves Señor; muéveme al verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme Señor, tu costado prosternado tus clavos clavados con tanta ira. Muéveme ver tu cuerpo tan herido; muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme Señor, muéveme al verte con tu corona llena de sangre y sus espinas. Tú me mueves Señor, con tanta holgura, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. Muéveme, al fin, tu amor y en tal manera, que aunque, el corazón latiera como late, faltaría tu aliento, para amarte todo lo que abarca cielo, mar y tierra. Créeme que al verte, veo todo lo que sea, pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera. No me tienes que dar porque te quiera;
lo que existe entre Tú, y mi amor de veras. Duele tus pies, duele pisar las llagas de tu costado aunque amo todo lo tuyo; y lloro porque llorar pluguiera cuanto mis ojos derraman, lágrimas vivas quiera»

Más allá que dedicaba casi toda su fuerza vital en el ajedrez, era en el buen sentido de la palabra, un hombre con valores éticos. Pese a que leía Playboy (¿?) era casi totalmente indiferente a las mujeres, poco trato tenia con ellas, pero no significa que fuera homosexual, simplemente no eran importantes en su vida»

Bobby Fischer

Recuerdo cuando yo empecé a estudiar ajedrez, cuando era adolescente, «Fischer ya se había retirado del ajedrez activo al negarse a defender su título mundial con el aspirante Anatoly Karpov, y yo estudiaba las partidas de ambos y muchos otros grandes ajedrecistas y me costaba decidirme quien me gustaba más. Había un choque cultural y de estilos muy fuerte. Si el estilo más bien frío y pragmático de Karpov -un magnífico jugador- o el estilo más impulsivo de Fischer, más alegre y arriesgado. Me incliné más por el soviético, ya que Fischer comenzaba a ser leyenda y Karpov estaba en la cumbre defendiendo su título primero contra Korchnoi (un par de veces, en encuentros memorables) y luego contra la aparición del nuevo genio del ajedrez, Gary Kasparov, Fischer será recordado como un genio del ajedrez -su vida fuera de este ámbito dejó mucho que desear- y sus partidas se seguirán reproduciendo por siempre. Este será su mejor homenaje.»

Me viene a le mente el testimonio del Apóstol Pablo cuando realizo la defensa de su testimonio ante un rey, el rey Agripa, quien creyó que tanto conocimiento lo había vuelto loco. Sabe pasarle a mas de uno, que su gran capacidad intelectual lo hace loco a los ojos de los hombres.

“Entonces Agripa le dijo a Pablo: A ver, explícanos qué está pasando. Pablo extendió la mano e inició así su defensa: Me siento feliz, rey Agripa, de poder defenderme en tu presencia de todas las acusaciones que los judíos han lanzado contra mí, porque sé que eres un experto en las leyes y costumbres judías. Te ruego, pues, que me escuches con paciencia. Todos los judíos conocen bien mi vida y conducta desde mi juventud hasta hoy. Saben que desde el principio he vivido en mi propia nación, en Jerusalén; y podrían atestiguar, si quisieran, que siempre he estado sujeto a las reglas de la secta farisea, que es la más rigurosa de todas en cuanto se refiere a la obediencia a nuestras leyes y costumbres. Pero la verdadera razón que se oculta tras la acusación presentada contra mí es la esperanza que tengo puesta en la promesa que Dios hizo a nuestros antepasados. Porque las doce tribus de Israel se esfuerzan día y noche en servir a Dios, a fin de alcanzar esta misma esperanza que yo tengo. Sin embargo, rey Agripa, según ellos, en mí es un delito. Pues qué, ¿os parece cosa increíble que Dios pueda devolver la vida a los muertos? En verdad yo antes creía que era mi deber acabar con los que invocan el nombre de Jesús de Nazaret. Por eso, con la previa autorización de los principales sacerdotes, me dediqué a meter en la cárcel a muchos de los que en Jerusalén pertenecen al pueblo santo; y cuando se les condenaban a muerte, yo daba mi voto de aprobación. Con frecuencia los torturé en todas las sinagogas, hasta obligarlos a blasfemar; me opuse, pues, a ellos con tal violencia que incluso me lancé a perseguirlos por ciudades extranjeras. Pero cierto día me dirigía a Damasco con la autoridad que me daba el ir comisionado por los principales sacerdotes, cuando a mediodía, yendo por el camino, vi una luz del cielo, más brillante que el sol, que de pronto nos envolvió a mí y a mis compañeros de viaje. Todos caímos a tierra, y yo oí una voz que me decía en hebreo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra la aguijada. Yo pregunté: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor me respondió: Soy Jesús, el que tú persigues. Pero levántate, porque me he aparecido a ti porque quiero que seas servidor mío y testigo mío, para que hables de las cosas que ya has presenciado y de aquellas otras por cuya razón me presentaré a ti en el momento oportuno. Yo te protegeré de tu propio pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora voy a enviarte para que les abras los ojos y comprendan que están en tinieblas, pero que Dios los llama a volverse a su luz; que están bajo el poder de Satanás, pero que por la fe en mí podrán recibir el perdón de sus pecados y la herencia que Dios les reserva junto con todos los consagrados a él. Por todo esto, rey Agripa, yo no podía desobedecer aquella visión celestial, así que fui primero a predicar a los habitantes de Damasco, después a los de Jerusalén y de toda Judea, y luego a los gentiles, exhortando a unos y a otros a arrepentirse de sus pecados, volverse a Dios y demostrar con su conducta la sinceridad de su arrepentimiento. Por predicar estas cosas me arrestaron los judíos en el templo e intentaron matarme, pero Dios vino en mi auxilio, por lo cual aún estoy vivo y dispuesto a seguir dando testimonio ante todos, sean pequeños o grandes. Mis enseñanzas no se salen de las mismas cosas que Moisés y los profetas anunciaron que habían de suceder, esto es, que Cristo había de sufrir, y que sería el primero en resucitar de entre los muertos para proclamar la luz de Dios a judíos y a gentiles. En este punto de su defensa, Pablo fue interrumpido por Festo, que de pronto gritó: ¡Pablo, estás loco! ¡El mucho estudiar te ha trastornado el juicio! No, ilustrísimo Festo, no estoy loco le contestó, sino que mis palabras responden a la cordura y la verdad. El rey Agripa sabe que es así; y yo he hablado con total libertad, convencido de que él conoce bien todas estas cosas a las que me he referido, ya que no se produjeron en ningún rincón oculto. ¿Crees, rey Agripa, a los profetas? ¡Yo estoy seguro de que sí los crees! Agripa exclamó: ¡Por poco me persuades a hacerme cristiano! Y Pablo dijo: ¡Pues ojalá Dios quiera que, por poco o por mucho, todos los que me están escuchando lleguen a ser tal como yo, salvo en el estar atados con estas cadenas!” (Hch. 26:1-29 CST)

Otro comentarista dice: Es posible que muchas veces nos quedemos en la apariencia del mal que tiene un acto íntimo y secreto de caridad y de infinito amor a Dios, el único que conoce lo secreto del corazón. Es como quien viera a un padre corrigiendo a un hijo y se quedara en el castigo, en vez del bien mayor que allí está y no se ve; o (el caso inverso) como quien elogiara las palabras dulces y halagadoras del demonio a la hora de tentarnos. Tal vez este texto lo ayude a “imaginarse” otra realidad de fondo: “Es verdad que de los pecadores infames, públicos y notorios, se puede hablar libremente, con tal que se haga con espíritu de caridad y de compasión y no con arrogancia y presunción, ni para complacerse en el mal ajeno, porque esto sería propio de un corazón abyecto y vil. Exceptúo, entre todos, a los enemigos declarados de Dios y de la Iglesia, porque a éstos es menester desacreditarlos cuanto se pueda; tales son las sectas heréticas y cismáticas y sus jefes; es un acto de caridad gritar contra el lobo, dondequiera que sea, cuando se encuentra entre las ovejas.” (San Francisco de Sales- Introducción a la Vida Devota)»2

Un comentarista de esta nota comenta que al leer la vida de algunos “santos” (de la iglesia católica) verá que por ejemplo, hubo “santos” «que las tenían en cuenta como San Francisco de Asís, pero otros como Santo Domingo no tanto. Don Bosco mismo no era amigo de tratar con damas. Pero Fischer no era un santo (ni un demonio).»

Es posible que haya sucedido como continua diciendo este comentarista que «su idealismo lo llevo a tener una visión del mundo exacerbada y con errores». Es probable, solo Dios conoce el corazón del hombre, como ya lo hemos dicho

Parece ser, según comenta este comentarista que Fischer «era un hombre que se desprendía de todo. Hizo muchas obras de caridad, procurando que no se publicitaran, vivía sin lujos y con lo esencial. Era cristiano (de una manera personal) fuera de toda religión establecida, pero siempre le rezaba a Nuestro Señor y dicen que en sus últimos días pidió recibir los Sacramentos.»

A último momento desde su fe católica buscó ponerse a cuentas con el creador. Esto me hizo recordar la historia del Ladrón en la cruz, que a último momento, se arrepintió de sus pecados y creyó de todo corazón en Jesús.

«También los soldados, ofreciéndole vinagre, se burlaban de él: ¡Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo! Porque en lo alto de la cruz, por encima de la cabeza de Jesús, habían puesto Nos enseña también acerca del poder de la conciencia. La conciencia reprende al pecador toda una vida y aun lo hace a la hora de la muerte.

Nos habla también del tremendo valor de una fe sencilla pero firme. Observamos que este ladrón, había oído de Jesús… y nadie podrá salvarse si no ha oído primero de El; la fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios (Ro 10:17)

Jesus crucificado junto a los dos ladrones

Este ladrón, creyó las palabras de Jesús, aunque no entendía por qué, siendo Justo tenía que padecer así. Creyó que era el Rey de los judíos y el Hijo de Dios. Creyó que su reino no era terrenal y que regresaría después de levantarse de la muerte. El dijo: “Acuérdate de mi cuando vengas en tu reino…” Creyó que Su misericordia alcanzaba a un perdido como el. No era fácil para el, creer. Quizá fue fácil para Pedro, creer después de presenciar la pesca milagrosa; quizá fue fácil para Natanael, después que el Señor le dijera qué estaba pensando y haciendo debajo de la higuera; quizá fue fácil para Saulo después de haber visto el resplandor del cielo, pero no fue fácil para este ladrón, creer en aquel que estaba siendo crucificado.

Vemos también a través de este ladrón, cuán maravillosa es la salvación de Cristo“… hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Hoy estarás, sin pasar por un juicio previo. Hoy estarás porque ninguna condenación hay para los que están en Cristo.

Hoy estarás, sin buenas obras, habiendo sido toda la vida un ladrón. Porque la salvación es por gracia, por medio de la fe. De esa fe que alcanza para decir ” Acuérdate de mi cuando vengas en tu reino”.

Una salvación instantánea, sin pasar por un largo proceso de maduración y aprendizaje. Hoy, con toda seguridad y sin espera, estarás en el paraíso. Una salvación amplia porque dice “estarás conmigo en el paraíso”. No en un rincón escondido del cielo, no en le patio de afuera; conmigo dice el Señor, sentado a mi mesa. No en un lugar de segunda categoría, sino en el mejor lugar: “al que venciere le daré que se siente conmigo en mi trono”(Ap 3.21).El dijo: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré conmigo; para que donde yo esté, vosotros también estéis.”(Jn 14:3). Una salvación obtenida no a través del bautismo; no que estemos diciendo que no debemos bautizarnos. Todo creyente verdadero debe obedecer al mandamiento de ser bautizado en el nombre del Padre el Hijo y el Espíritu Santo. Pero la palabra de Dios nos enseña por medio de este ladrón que el bautismo no salva a nadie. Si los hombres se salvaran por ser bautizados como enseñan algunos, entonces debiéramos tomar un balde con agua y mojar a cuanta persona anduviese por allí.

Finalmente, podemos ver que no todos le rechazaron. Dijimos al principio, que los gobernantes, los soldados y los ladrones tentaban al Señor de la misma manera, diciéndole: “A otros salvó. Sálvese a sí mismo, si es el Cristo”. De los gobernantes, sabemos que algunos entre ellos José de Arimatea, creyó en Jesús; uno de los soldados, el centurión que nos describe el versículo 47, ” dio gloria a Dios, diciendo: –¡Verdaderamente, este hombre era justo!” y el ladrón del cual hemos hablado, también creyó en el Señor. Ellos como tantos otros son el fruto de la aflicción de Su alma.(Is 53:7). ¿Quién podrá contar su generación? Que grandioso será aquel día cuando los miles y millones de redimidos estén en la presencia de Aquél que quiso poner su vida por ellos. Que gozo será arrojar la corona y aún nuestra propia vida a sus pies.

Cristo muerto

Cristo muerto

Estarás tú allí?

En esta hora y en su sublime presencia, de lo mas hondo de tu alma, confiesa y pídele perdón por tus pecados y como ese ladrón de la cruz, dile:acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”

Amén

Fuentes:

Te quiero así deliciosa insospechada
Porque creo en tu palabra
Porque yo siento que aún te necesito
Porque me alteras las ganas
Te quiero así estruendosa y delicada
Entre alegría y nostalgia
Porque me gusta tenerte vida mía
Y no quiero que te vayas
Porque el amor cuando es verdad sale del alma
Nos aturde los sentidos
Y de pronto descubrimos que la piel
Se enciende en llamas
Bien, tu amor me hace bien
Tu amor me desarma
Ay, tu amor me controla
Me endulza, me encanta
Pero bien, tu amor me hace bien
Tu amor me desarma
Ay tu amor me controla
Me vence, me amarra
Mira que me hace bien, que me hace bien
Te quiero así tan precisa equivocada
Con tus detalles que matan
Porque tenerte a mi lado me hace fuerte
Si eres mi reina y mi espada
Te quiero así cuando ríes cuando callas
Porque al caer me levantas
Porque mi voz y mi espíritu se agitan
Cuando dices que me amas
Porque tu amor como es verdad me vuelve el alma
Me despierta los sentidos
Y de pronto descubrí que aquí en mi piel
Se encienden llamas
Bien, ay tu amor me hace bien
Tu amor me desarma
Tu amor me controla
Me endulza, me encanta
Pero bien, tu amor me hace bien
Tu amor me desarma
Tu amor me controla
Me vence, me amarra