¿Qué es la Versión Septuaginta y qué lugar ocupó en la iglesia primitiva?


¿Qué es la Versión Septuaginta y qué lugar ocupó en la iglesia primitiva?

La primera traducción de la Biblia Hebrea (nuestro Antiguo Testamento) se llama la Septuaginta, palabra en latín que significa setenta. Este nombre se debe a una tradición errada, fundada en la pretendida Carta de Aristeas, en el sentido de que había alrededor de 70 traductores de esta versión. Según documenta Julio Trebolle, «la traducción de todo un cuerpo de literatura hebrea a la lengua griega constituye un esfuerzo único de interpretación en todos los sentidos: ortografía, morfología, sintaxis, semántica, teología, etc.» (1)

«El rey de Macedonia, Alejandro Magno, abrió un área enorme a la influencia de la cultura griega cuando, entre 334 y 320 a.C., marchó hasta la frontera de la India e introdujo como medio de comunicación el idioma de Aristóteles y Plutarco en muchos pueblos que solo conocían sus lenguas particulares. Militares, comerciantes y obreros se servían de la nueva lengua, modificándola con expresiones vernáculas. Tal vehículo de relaciones humanas recibió el nombre de koineOE o lenguaje cotidiano y por ende común.

Un grupo de judíos helenizados tradujo al griego koineOE el Antiguo Testamento ca.250 a.C. en Alejandría, capital de Egipto. Esta versión de los «setenta intérpretes» (la LXX) expresó, entonces, en lengua vulgar, los términos religiosos y éticos de los hebreos, cuya civilización era tan distinta. Para tal efecto, crearon locuciones con sabor hebreo, por ejemplo, «toda carne» y «fruto de las entrañas», y en vocabulario y sintaxis enriquecieron la lengua franca. Según la enciclopedia católica «La versión de los Setenta es la primera mencionada en una carta de Aristeas a su hermano Filocrates» La Carta de Aristeas pretende haber sido escrita por un oficial de la corte de Ptolomeo II Filadelfo, emperador de Egipto (285-247 a.C.). Relata el deseo de dicho emperador de tener en la Biblioteca Imperial de Alejandría una copia de todos los libros de ese tiempo.

Según la enciclopedia católica «Ptolomeo II Fue persuadido por Demetrio de Falero, bibliotecario jefe, que la enriqueciera con una copia del libro sagrado de los hebreos» Por lo tanto estaba haciéndole un pedido al sumo sacerdote en Jerusalén, rogando que 72 hombres capaces (seis de cada tribu) tradujeran la Ley de Moisés al griego. Según la enciclopedia católica «La traducción fue leída en presencia de los sacerdotes judíos y de la gente reunida en Alejandría. Todos ellos reconocieron y alabaron su perfecta conformidad con el original hebreo. El rey quedó muy complacido con el trabajo y lo entregó a la biblioteca». (2)

Debido a los muchos anacronismos que contiene, los eruditos han dudado «generalmente de su veracidad. Sin embargo, es una fuente valiosa de información de las opiniones existentes en la antigüedad acerca del origen de la LXX.»  (3)

Los 72 hombres trabajaron en el tranquilo retiro de una isla, la enciclopedia católica dice que «fueron llevados a la solitaria isla de Faros”, completando la traducción en 72 días.»(4)

«Filón, el gran filósofo judío de Alejandría (30 a.C. -45 d.C.) dijo que los traductores trabajaron independientemente. Cuando uno había terminado la traducción completa, todas las 72 traducciones resultaron idénticas. Cualquier persona que tenga conocimiento alguno respecto al trabajo de traducción sabe que esto es completamente absurdo. Un escritor posterior, Epifanio, aun pretende que en ese tiempo todo el Antiguo Testamento (inclusive los libros Apócrifos) fue traducido. Pero sabemos que los Apócrifos se escribieron más tarde. ¿Cuál es la realidad? Generalmente se acepta que los cinco libros de Moisés fueron traducidos más o menos a mediados del tercer siglo a.C. y que el resto del Antiguo Testamento se tradujo al griego durante los cien años siguientes (250-150 a.C.). Estrictamente hablando, el término Septuaginta debe aplicarse solamente a la traducción griega del Pentateuco. Pero por los siglos se le ha aplicado a todo el Antiguo Testamento en griego, y por tanto seguimos esa costumbre. Todos admiten que la versión de los Setenta se hizo en griego popular, el koine

dialectos. ¿Pero es el griego de Antiguo Testamento un idioma especial? Muchas autoridades así lo afirman, aunque estén en desacuerdo respecto a su carácter real. El “Dict. de la Bible”, s.v. Grec biblique, afirma que era el griego hebraizante hablado por la comunidad judía de Alejandría”, el griego popular de Alejandría “con una gran mezcla de hebraicismos”, El mismo diccionario, s.v. Septante, menciona la más reciente opinión de Deissmann que el griego de los Setenta es meramente el griego ordinario vernacular, el puro koiné de de su tiempo. Deissmann basa su teoría en el perfecto parecido del idioma de los Setenta y el de los papiros e inscripciones del mismo aquel tiempo y cree que las peculiaridades sintácticas de los Setenta, que al principio parecen favorecer la teoría del idioma especial, un griego hebraizante, se explican suficientemente por el hecho de que los Setenta son una traducción de libros hebreos.

Ya hemos notado que el alfabeto hebreo tiene solamente consonantes. En consecuencia, el texto hebreo del Antiguo Testamento es más corto que la traducción griega, siendo que el alfabeto griego incluye vocales. Como resultado, los libros de Samuel, Reyes y Crónicas resultaron demasiado largos para caber cada uno en un solo rollo. De modo que los tres se dividen cada uno en dos libros. Sin embargo, en la Septuaginta los dos libros de Samuel se llaman I y II Reyes, y nuestros dos libros de Reyes son III y IV Reyes. Este cambio se llevó a la Vulgata Latina y a las Biblias católicas en inglés.

Ya que la mayoría de las citas del Antiguo Testamento que se hacen en el Nuevo Testamento son de la Septuaginta, esta versión tiene grande significado para nosotros. Y además de las citar, directas, mucha de la terminología del Nuevo Testamento en griego tiene su base en la Septuaginta.

En el primer siglo, la LXX (Septuaginta) llegó a conocerse cada vez más como la Biblia de los cristianos. De ella sacaron sus textos de prueba para establecer que Jesús era el Mesías, y para respaldar sus argumentos en contra del judaísmo.- De modo que, no obstante el hecho que la LXX era muy popular entre los judíos de habla griega de la Diáspora.

La enciclopedia católica dice que la septuaginta «fue bien acogida por los judíos de Alejandría, se extendió rápidamente por los países de habla griega, fue utilizada por diferentes escritores y suplantó al texto original en los servicios litúrgicos. Filón de Alejandría la usó en sus escritos y pensaba que los traductores estaban inspirados como los profetas. Por fin fue recibida hasta por los judíos de Palestina y fue empleada notablemente por Josefo., el historiador palestino judío. Sabemos también que los escritores del Nuevo Testamento hicieron uso de ella, tomando de ella la mayoría de sus citas. Se convirtió en el Antiguo Testamento de la Iglesia y se la tenían en tan alta estima por los primitivos cristianos que muchos escritores y Padres declararon que estaba inspirada. Los cristianos habían recurrido a ella constantemente en su controversias con los judíos, que pronto reconocieron sus imperfecciones y finalmente rechazaron a favor del texto hebreo o de traducciones más literales (Aquila, Teodocion)..»(5)

Restauración del texto de la septuaginta

«Las copias de los Setenta se multiplicaron para ser distribuidas entre los judíos helenizantes y los primeros cristianos. Y como era de esperar, se colaron muchos cambios deliberados o involuntarios. Se Sentía la necesidad de restaurar el texto en lo posible a su prístina pureza. La siguiente es una relación de esos intentos de corrección: a. Orígenes reprodujo el texto de los Setenta en la quinta columna de sus Hexapla, marcando con “obeliscos” los textos que ocurrían en los Setenta que no estaban en el original, añadiendo, según la versión de Teodoción, y distinguiendo con asteriscos y “metobeliscos” los textos del original que no estaban en los Setenta adoptando el texto, de entre las variaciones, que estuviera más cerca del texto hebreo y finalmente trasponiendo allí donde el orden de los Setenta no se correspondía con el orden del hebreo. Su recensión, copiada por Panfilio y Eusebio se llama hexaplar, para distinguirla de la previamente empleada y que se llama común, Vulgata, koiné o antehexaplar. Fue adoptada en Palestina.

B. S. Luciano, sacerdote de Antioquía y mártir. A principios del siglo cuarto, publicó una edición corregida de acuerdo con el hebreo, que retuvo el nombre de koiné, edición Vulgata y a veces llamada Loukianos por su autor. En tiempos de S. Jerónimo se utilizaba en Constantinopla y Antioquía. c. Finalmente Hesiquio un obispo egipcio, publicó por el mismo tiempo una nueva

recensión empleada principalmente en Egipto.

Manuscritos

Los tres más celebrados manuscritos de los Setenta que se conocen son el Vaticano, “Codex Vaticanus” (siglo cuarto), el Alejandrino “Codex Alexandrinus” ( siglo quinto) ahora en el Museo Británico de Londres y el del Sinai “Codex Sinaiticus” ( siglo cuarto) encontrado por Tischendorf en el convento de Santa Catalina en el Monte Sinaí en 1844 y 1849, y que ahora está parte en Leipzig y parte en S. Petersburgo. Todos ellos escritos en unciales. El “Codex Vaticanus” es el más puro de los tres. Generalmente da le texto más antiguo, mientras que el “Codex Alexandrinus” toma mucho prestado del texto hexaplar y está cambiado siguiendo el texto masorético ( Al Codex Vaticanus se le asigna la letras B, al Codex Alexandrinus la A y y al Codex Sinaiticus la primera letra del alefato hebreo Alef o la S). La Bibliotheque Nationale de París posee también un importante manuscrito palimsesto de los Setenta “Codex Ephraemi rescriptus” (designado por la letra C) y dos manuscritos de menos valor (64 y 114), en cursivas, uno perteneciente al siglo diez u once y el otro al trece (Bacuez and Vigouroux, 12th ed., n. 109). Todas las ediciones impresas de los Setenta se derivan de las tres recensiones mencionadas arriba · La editio princeps es la Complutense o de Alcalá. Fue impresa en 1514-18 del texto hexaplar de Orígenes y no fue publicada hasta que apareció en la Biblia Políglota del cardenal Jiménez de Cisneros en 1520. La Edición Aldina (comenzada por Aldus Manucius) apareció en Venecia en 1518. El texto es más puro que el de la edición Complutense. Y más cercana al Códice B. El editor dice que cotejó manuscritos antiguos pero no los especifica. Se ha reimpreso varias veces. La más importante es la Romana o Sixtina que reproduce el “Codex Vaticanus” casi exclusivamente. Se publicó bajo la dirección del cardenal Caraffa con la ayuda de varios sirvientes en 1586 por la autoridad de Sixto V, para asistir a los que estaban revisando para una nueva edición de la Vulgata latina ordenada por el Concilio de Trento. Se ha convertido en el textus receptus del Antiguo Testamento Griego y ha tenido muchas nuevas ediciones, como la de Holmes y Pearsons (Oxford, 1798-1827), las siete ediciones de Tischendorf que aparecieron en Leipzig entre 1850 y 1887, las dos últimas publicadas tras la muerte del autor y revisadas por Nestlé, las cuatro ediciones de Swete (Cambridge, 1887-95, 1901, 1909), etc. · La edición de Grabe publicada en Oxford, de 1707 a 1720, reproducía imperfectamente, el “Codex Alexandrinus” de Londres. Para las ediciones parciales ver Vigouroux, “Dict. de la Bible”, 1643 sqq. »(6)

Respecto de su valor crítico y lenguaje, la enciclopedia católica nos dice que” La Versión de los Setenta, mientras que daba exactamente tanto en la forma como en la sustancia el verdadero sentido de los Libros Sagrados, difiere considerablemente de nuestro texto hebreo actual. Estas discrepancias, sin embargo, no son de gran importancia, cuestión solamente de interpretación. Pueden clasificarse así. Algunos resultados de los traductores que habiendo tenido a su disposición recensiones hebreas que diferían de las que eran conocidas por los Masoretas. Algunas veces los textos variaban, otras eran idénticos, pero leídos en diferente orden. Otras diferencias se deben a los mismos traductores, por no hablar de la influencia ejercida sobre su trabajo por sus métodos de interpretación, las inherentes dificultades del trabajo, su mayor o menor conocimiento del griego y del hebreo, de vez en cuando eran traducidos de forma diferente de los Masoretas, porque leían los textos de forma diferente, lo que era natural ya que el hebreo, escrito en caracteres cuadrados y con ciertas consonantes que eran iguales en la forma, era fácil confundirlas ocasionalmente y por ello dar una traducción errónea; más aún, como el texto hebreo se escribía sin espacios entre las palabras, podían fácilmente cometer un error en la separación de las palabras y finalmente, el texto hebreo que tenían a su disposición no llevaba vocales y podían poner vocales diferentes de las que después usaron los Masoretas. Es más, no debemos pensar que tenemos actualmente el texto griego tal como fue escrito por los traductores. Las frecuentes transcripciones durante los primeros siglos, de la misma forma que las correcciones y ediciones de Orígenes, Luciano y Hesiquio, perjudicaron la pureza del texto. Voluntaria o involuntariamente los copistas permitieron que muchas corruptelas textuales, transposiciones, adiciones y omisiones se colaran en el primitivo texto de los Setenta. En particular podemos notar la adición de pasajes paralelos, notas explicatorias o traducciones dobles causadas por notas al margen. Sobre ésto, consultar Dict. de la Bible, art. cit., and Swete, “An Introduction to the Old Testament in Greek”.(7)

Yehuda Ribco dice que a la septuaginta los judíos «la consideran notable por su cercanía a la Torá, su precisión en ciertos pasajes de difícil captación y un uso de técnicas interpretativas similares a los deltargum (del que hablaremos en siguientes textos). En el Talmud se la considera como la versión griega de la Torá (atento, de la Torá solamente, no del Tanaj). Se asumió como real una leyenda que enfatizaba su inspiración (TB Meguilá 9a), pero realmente, cuenta con defectos, aumentados por el paso de los milenios.» (8)

“Para los judíos de habla griega establecidos en Palestina y los habitantes de la Diáspora -y más tarde para los cristianos- la Septuaginta tuvo el carácter de texto inspirado. En este sentido la “Carta de Aristeas” expresó que la traducción fue realizada de forma milagrosa con la intervención de Dios. Aristeas narró cómo,”tras haber dado lectura a los libros, los sacerdotes y los ancianos traductores y la comunidad judía y los líderes del pueblo se colocaron de pie y manifestaron, que habiéndose realizado una tan excelente y sagrada y precisa traducción, era correcto que se conservase como estaba, y ninguna alteración debía hacérsele. Y cuando toda

la comunidad expresó su aprobación, pronunciaron un anatema de acuerdo a sus costumbres, para que nadie se atreva a realizar ninguna alteración, añadiendo o cambiando de ninguna manera su contenido, y ninguna de las palabras que hayan sido escritas, o cometer ninguna omisión. Esta fue una precaución muy sabia para asegurar que el libro se preserve inalterado en el tiempo futuro” (9)

Opiniones de los Padres respecto a la septuaginta:

«El filósofo judío Aristóbulo, que vivió en Alejandría durante el reinado de Tolomeo VI Filometor(181-145 A. d. C.), confirmó la existencia de la versión de los Setenta con anterioridad a la carta de Aristeas. Aristóbulo atribuyó incluso a Platón el conocimiento de la Ley Mosaica. El filósofo judío alejandrino relata en una carta al rey Tolomeo que “la completa traducción de todos los libros de la Ley (fue hecha) en los tiempos del Rey llamado Filadelfo, vuestro ancestro» (10)

«A pesar de la acción tardía de los dirigentes del Judaísmo Rabínico, la tradición que consideró la Septuaginta como divinamente inspirada fue reconocida por autores hebreos como Flavio Josefo y Filón, así como por la Patrística cristiana. Filón afirmó, en su “Vida de Moisés”, la inspiración divina de los traductores de la Septuaginta» (11)

«A mediados del siglo II D. de C., San Justino, el filósofo cristiano, describió cómo se reverenciaban copias de la Septuaginta en algunas sinagogas judías, aun cuando un influyente número de rabinos había renegado de su empleo por considerar que el Cristianismo las había hecho suyas.» (12)

«San Ireneo de Lyon se refirió a la Septuaginta como “auténticamente divina”. “Las Escrituras fueron interpretadas con tal fidelidad y por la gracia de Dios, y de la misma forma en que Dios preparó y formó nuestra fe hacia su Hijo, ha preservado inadulteradas las Escrituras en Egipto”, sentenció San Ireneo»(13)

«En el siglo IV D. de C., Eusebio, obispo de Cesárea e historiador de la Iglesia, desarrolló con amplitud el camino seguido para la realización de la Septuaginta y su carácter inspirado: “Antes que los romanos establecieran su gobierno, cuando aun los Macedonios poseían Asia, Ptolomeo, hijo de Lago, muy ansioso por adornar su biblioteca, que había fundado en Alejandría, con las mejores obras de todos los hombres, requirió de los habitantes de Jerusalén obtener una traducción de sus Escrituras al griego. En ese tiempo estaban sujetos a los Macedonios. Por lo que enviaron a Ptolomeo setenta sabios, los más experimentados en las Sagradas Escrituras y en ambos lenguajes (hebreo y griego), deseando Dios que se laborase.

Pero Ptolomeo, queriendo probarlos a su manera, y temiendo que hayan hecho algún acuerdo previo para esconder las verdaderas Escrituras mediante su traducción, los separó uno del otro, y les mandó escribir la misma traducción. Y esto hizo en el caso de todos los libros. Pero, cuando fueron reunidos por Ptolomeo, y compararon cada uno sus traducciones, Dios fue glorificado y las Escrituras fueron reconocidas como divinas, porque todos presentaron las mismas cosas en las mismas palabras y en los mismos nombres, de principio a fin, así que incluso los paganos que estaban presentes supieron que las Escrituras fueron traducidas por la inspiración de Dios”.» (14)

Opiniones actuales

«El Dr. Julio Trebolle Barrera (Miembro del Comité Internacional de edición de los Manuscritos del Mar Muerto, autor de varios libros de critica textual y literaria de la Biblia, Profesor del Dpto. de estudios hebreos y arameos. Director del Instituto de ciencias de las religiones de la U. Complutense de Madrid. Doctor en Filología Semítica y Teología, Licenciado en Filosofía Pura y en Ciencias Bíblicas y élève honoraire de l’Ecole Biblique de Jerusalén), quien escribe: “Si desde el punto de vista de la crítica textual la versión de los LXX refleja en ocasiones un texto hebreo diferente del TM (texto masorético), desde el punto de vista de la interpretación targúmica y de la historia de la religión, la versión de los LXX es reflejo a un tiempo de las ideas teológicas y de las tendencias hermenéuticas del judaísmo de la época. La versión de los LXX constituye una verdadera obra de exégesis judía, comparable en ocasiones a un Tárgum. (Fränkel, Prijs, Seeligman, Gehman, Gooding, Le Deaut, etc.).

Las tendencias teológicas de la versión griega aparecen con mayor claridad en versiones más librescomo la de Isaías ó de Proverbios que más parecen un midrás judío helenístico que no una verdadera traducción al griego a partir de un original hebreo.”» (15)

«La traducción de Isaías es muy libre. No es apenas utilizable para la crítica del texto hebreo de este libro. Representa, por el contrario, una fuente inestimable de datos para el estudio de la antigua exégesis judía, pues se basa en tradiciones exegéticas que aparecen más tarde en el Tárgum y en la Pesitta. Las frecuentes citas del texto de Isaías en el NT y en la apologética cristiana y judía confieren a esta traducción un valor añadido.” Mas adelante añade: “Las numerosas y significativas coincidencias existentes entre LXX y manuscritos hebreos de Qumram, ha revalorizado el testimonio del texto griego frente a las corrientes imperantes en la época anterior al descubrimiento (1947), que consideraban el texto griego desprovisto de valor crítico y muy valioso en cambio como testimonio de la exégesis judía contemporánea de la época de la traducción.” Es decir que, si por una parte la mayoría de los críticos estaban de acuerdo en que representaba un fiel reflejo del pensamiento judío de su tiempo ahora, desde la comparación con los manuscritos de los esenios, es reconocido también como una fuente muy precisa y fidedigna del texto original. Esto ratifica la afirmación de Josefo en el capítulo antes mencionado, párrafo 13, donde dice que “con toda atención y celo se dieron a la tarea de traducir la ley”.» (16)

«El Padre Pierre Benoit ha sostenido el carácter inspirado de la Septuaginta. Benoit argumentó que el extenso uso de los LXX, realizado por los autores sagrados del Nuevo Testamento se  debía a que los evangelistas la consideraron como fidelísima traducción del original hebreo. Por lo tanto, asumieron que sus palabras reunían las mismas condiciones de inspiración debida a la Biblia judía. Esta inspiración se había hecho extensiva a los traductores. En este sentido Benoit y quienes se adhirieron a esta enseñanza repetían las enseñanzas antiguas de los Padres, particularmente de San Justino” el P. Benoit empleó una referencia penetrante de San Juan Crisóstomo para ilustrar su tesis: el Espíritu Santo habría “inspirado” a Moisés la composición de las Escrituras; “inspiró” a Esdras su restitución en Judá, cuando concluyó el destierro de Babilonia; envió a los Profetas y, finalmente, “dispuso” a los Setenta para traducir.

Muy claramente Benoit afirmó que podría hablarse de “inspiración” para todo ese impulso que suscitó y llevó a cabo la transposición del mensaje bíblico en pensamiento griego, y de “revelación” para todas las verdades nuevas que los traductores recibieron antes de su trabajo o en el curso del mismo y que han enseñado en nombre de Dios a través de su obra. “La Iglesia -escribió Benoit-, ha admitido ciertamente la inspiración de los Sesenta en los primeros siglos (…) esta creencia es al mismo tiempo convincente y posible”.» (17)

¿Por qué el Judaísmo Rabínico posterior a la destrucción de Jerusalén el año 70 D. de C. abandonó la Septuaginta? (18)

«a. La confrontación con el Cristianismo y el abandono de la Septuaginta: El empleo que hicieron los cristianos de la Septuaginta, sobre todo en lo referente a los pasajes que mostraban el cumplimiento en el Señor Jesús de las profecías mesiánicas, determinó que a finales del siglo I de la era cristiana los rabinos reaccionasen contra el antiguo texto. A partir del siglo II D. de C. intervinieron para que se proscribiese su empleo. Los rabinos y los hebreos en general comenzaron a considerar erróneamente a la Septuaginta como la “Biblia de los Cristianos”. Este criterio está equivocado porque al mismo tiempo que los primeros cristianos, la Septuaginta fue venerada y empleada por las comunidades de judíos helenizados. Sin embargo cerca del ochenta por ciento de las citas del Antiguo Testamento contenidas en el Nuevo Testamento pertenecen a la versión de los LXX. Como evidencia Trifón, los judíos se vieron en la disyuntiva de negar el valor textual de los Setenta. Tampoco aceptaron como “inspirados” ciertos libros Septuagintos (Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico, 1 y 2 Macabeos y Sabiduría), que según las enseñanzas rabínicas, databan de una época posterior a Esdras y Nehemías, cuando ya habría culminado la época de los Profetas. En realidad la exclusión de la Septuaginta y los siete libros erróneamente llamados en la época contemporánea “Deuterocanónicos”, se produjo de forma gradual El proceso culminó bien entrado el siglo III D. de C., definitivamente con posterioridad a la supuesta definición de los libros inspirados en las deliberaciones que los rabinos sostuvieron en Jamnia (aprox. año 90 D. de C.). Los descubrimientos de manuscritos bíblicos y extrabíblicos en las cuevas de Qumrán han demostrado que los judíos en Palestina conocían y empleaban los libros “Santos” o “Hagiógrafos”. En grutas y cuevas del Mar Muerto se hallaron fragmentos de tres textos: del Eclesiástico (cueva n. 3); de Tobías (cueva n. 4) y Baruc (cueva n. 7).Tras de la destrucción de Jerusalén en el año 70 D. de C. ocurrió un cambio radical en la actitud de aquellos judíos que aceptaron el liderazgo de los rabinos fariseos. Como expone Lee Martin McDonald, “los límites finales que se le señalan al Canon hebreo del Antiguo Testamento parecen haber sido determinados en el contexto de los conflictos judeocristianos, cuando los judíos intentaron apartar a su pueblo de la lectura de los libros considerados como cristianos” Ese ánimo explica el violento y apasionado abandono de la Septuaginta ocurrido entre las comunidades hebreas. En lugar de la fiesta que se celebraba en tiempos de Filón (m. 42 D. de C.), para solemnizar la traducción griega de los LXX, se mandó observar un día de ayuno para llorar el día en que la Ley fue traducida a una lengua profana.

b. El abandono de la Septuaginta y los conflictos entre griegos y judíos: El abandono de la antigua Septuaginta, alentada por círculos rabínicos de Palestina, fue facilitado por la precaria situación por la que atravesaba la influyente comunidad judeo-helénica de Alejandría. El texto de los LXX, venerado como exponente fiel de las Escrituras Sagradas, conformó el núcleo del culto y del estudio de la Ley en las sinagogas Alejandrinas. El gran puerto mediterráneo había sido el principal lugar de encuentro y acrisolamiento entre la cultura helénica y el judaísmo. Pensadores judeo-helénicos como Filón creyeron firmemente que la Revelación de Dios, manifestada al pueblo hebreo a través de la Torah y los Profetas, junto con la filosofía racional de los griegos, debía constituirse en base del pensamiento humano. En este sentido, Filón sostuvo que la Septuaginta fue inspirada en orden a iluminar el mundo grecorromano en su camino a Yahvé. A principios del siglo I D. de C. una serie de prejuicios religiosos, raciales, económicos y sociales enfrentaron a judíos y griegos. La marginación ritual practicada por la mayoría de los judíos, separándose de sus vecinos gentiles, tampoco contribuyó a mejorar las cosas. El conflicto fue asusado por la colaboración que la comunidad hebrea prestaba a los romanos. Los griegos, desilusionados tras medio siglo de gobierno imperial romano, favorecieron un partido de nacionalistas antiromanos extremistas. Al alinearse contra Roma, asumieron una postura antijudía militante. En el año 38 de la era cristiana la comunidad judía solicitó al emperador Calígula la concesión de la ciudadanía alejandrina, privilegio reservado solamente a los griegos. La mayoría griega consideró la solicitud como una grave usurpación. La reacción violenta no se hizo esperar. Hordas helénicas descontentas y vengativas invadieron los barrios hebreos, entregándose al pillaje y la matanza. Las sinagogas fueron saqueadas. Las viviendas, los comercios y los talleres artesanales fueron arrasados. La violencia obligó a la población hebrea a emigrar a una estrecha localidad en el delta del Nilo. Este barrio sobrepoblado, asediado por la enfermedad y el hambre, se transformó en el primer “ghetto” de refugiados judíos en el mundo romano. La antigua comunidad judía de Alejandría, otrora la más rica y poderosa del Imperio, cayó en una situación de pobreza y destitución de la que nunca se recuperó. Estos enfrentamientos se multiplicaron en otras localidades donde convivían judíos y griegos. Los griegos fueron quienes llevaron la peor parte en Cesárea de Filipo, Gaza y Jamnia,. La revisión de la Septuaginta coincidió con el clima de rencor generalizado contra toda expresión de Helenismo. El antiguo texto hebreo perdió a sus abogados y difusores más calificados entre los judíos. Al debilitarse la cultura judeo-helénica en

Alejandría, el venerable texto de los Setenta solamente tuvo defensores entre los cristianos. Como explicó el historiador Michael Grant, “el judaísmo helenizado desapareció sin dejar rastro alguno, sustituido por la tradición rabínica” Filón, el principal exponente del helenismo judío, se transformó en anatema para los autores rabínicos. Su nombre nunca fue mencionado en el Talmud o en otros libros religiosos. “El fariseísmo fue promovido al rango de forma normal del judaísmo”, expone Schalit.

Al rechazar la antigua Septuaginta, los hebreos intentaron reemplazarla con otras versiones en griego, más ajustadas al texto llamado Proto-Masorético. El reto de preparar una nueva traducción fue asumido por un prosélito judío del Ponto, llamado Aquila. La versión de Aquila (c. 128 D. de C.) fue tan textual y similar al texto judío, que solamente podía ser comprendida por quien supiese leer hebreo. »

Notas:

  1. http://www.parresia.org/teologia/teo_02a.htm
  2. www.enciclopediacatolica.com/v/versiondelossetenta.htm
  3. Ibid
  4. Ibid
  5. www.enciclopediacatolica.com/v/versiondelossetenta.htm
  6. http://www.enciclopediacatolica.com/v/versiondelossetenta.htm
  7. Ibid
  8. http://serjudio.com/rap601_650/rap619.htm
  9. Ibid
  10. http://www.parresia.org/teologia/teo_02a.htm
  11. Ibid
  12. Ibid
  13. Ibid
  14. Ibid
  15. http://estudios.iglesia.net/index.php?/estudios-biblicos/leer/la-virgen-concebir/
  16. Ibid
  17. http://www.parresia.org/teologia/teo_02b.htm
  18. http://www.parresia.org/teologia/teo_02b.htm#n6
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